José Luis Bolívar Aparicio*La educación durante la adolescencia, es la formadora de las principales dotes que favorecerán o condenarán al hombre durante el resto de su vida y por eso de la importancia de sus características, tanto en el contenido de su pensum estudiantil, de las facilidades o perjuicios en la instrucción, de la calidad y cantidad de sus maestros y compañeros de clase, pero sin duda, sobre todo de la calidad de disciplina o indisciplina que haya en su establecimiento durante el periodo escolar.El colegio es pues luego del hogar, donde la persona forma todas las virtudes y defectos y dependerá mucho de eso para saber a qué puede apuntar cada uno de nuestros hijos. También existen las honrosas excepciones en ambos lados, entre los buenos y los malos, y es que si no fuera por ellas no habría las reglas.Por ello, todos los establecimientos escolares, para favorecer a quienes realmente quieren aprovechar su paso por las aulas y controlar a quienes prefieren divertirse y hasta hacer maldades en lugar de estudiar, crean y adoptan medidas disciplinarias que van desde las más drásticas hasta las más absurdas para poder contener a los muchachos que en su mayoría además, están atravesando por la edad del burro.Desde tratar de que lleguen siempre a tiempo, no coman en aulas, no fumen en los baños, no falten el respeto a un maestro, no se distraigan en clases, hagan debidamente su trabajo, etc., etc., etc., hasta llegar a que no hagan trampas en los exámenes, todas las normas tienen un objetivo, aunque éste, por muchos factores, tenga que estar sometido a un cambio dinámico permanente debido a los adelantos, sobre todo de la ciencia y su influencia en las nuevas generaciones, a la hora de rendir una prueba o presentar un trabajo que no sea precisamente el propio.Es imposible imaginar un colegio gobernado con las reglas de mis tiempos en la actualidad, cuando lo más tramposo que se nos podía imaginar era un pedazo de papel en el que quepa con una letra diminuta lo que podríamos imaginar que se le ocurra preguntar al profesor.Hoy en día una enciclopedia completa cabe en la memoria del más modesto de los celulares y hay aplicaciones a las que les alcanza con fotografiar una fórmula para que desarrolle el ejercicio completo y te puedas sacar 100 en matemáticas sin siquiera saber la tabla del 5.Padres y maestros deben estar conscientes que hoy por hoy lo importante ya no es forzar a que el joven estudie sino motivarlo con ejemplos, no de lo que les podría pasar si no estudian, sino más bien de lo buena que sería su vida si se esmeran.Muchos por entonces, en lugar de hacer lo debido, en lo que empleábamos nuestra mente e ingenio, era en buscar la manera más ingeniosa y sencilla de engañar al profesor con algún chanchullo, hacer de cuenta que las horas de holgazanería habían sido bien invertidas pues de cualquier modo tendríamos mejor nota que todos los waskiris que nos hacían quedar mal.Obviamente nada estaba más lejos de la realidad, y como la vida es justa, los aplicados siempre sacaban buenas notas y los otros terminábamos con un rojo en la libreta, una paliza a cargo del progenitor y seguramente horas extras de estudio a la hora del desquite.En todo caso lo que era digno de reconocer eran las astutas mañas que se daba uno al momento de la inventiva, y pues cuando lo que fallaba no era la trampa en sí, sino la estrategia con la que se lo empleaba, los escritorios y cajones de los maestros y directores, se llenaban de artilugios y aparatos que hoy por hoy llenarían un museo mucho más interesante que el erigido en Orinoca.La cosa es que en cierta oportunidad para cumplir un castigo que ya ni recuerdo su razón, me tocó hacer limpieza en la dirección, en cuyas instalaciones pude acceder a ver uno de esos cajones que tenía por lo menos 300 objetos incautados a los porfiados estudiantes que o habían querido tomarle el pelo al educador o simplemente llegaron al colegio con un elemento prohibido y claramente no tuvieron los argumentos para reclamarlos.Calculadoras en cantidades ingentes, algunas de ellas absurdamente grandes, bandas elásticas, walkmans, radios, lentes falsos, y hasta un yeso para algún brazo tramposo estaban entre los artilugios de aquel singular cajón.Pero lo que me llamó la atención fue la ingente cantidad de yoyos de Coca Cola y marcas similares que habían sido decomisados durante ese año lectivo. Resulta que durante el año 1986, los promotores de la popular bebida, tuvieron como idea hacer que todo el mundo se divierta con el singular juguetito que últimamente había sido echado al olvido.Aparte de un diseño interesante y muy llamativo, su estructura permitía hacer varios trucos con los mismos y trajeron de gira por las principales ciudades del país a los “campeones mundiales del yoyo”, como si alguien en este planeta se le pudiera ocurrir la singular iniciativa de organizar un encuentro planetario para este particular juguetito.Los tales campeones eran unos jovenazos muy simpáticos, uniformados con un llamativo terno rojo y hacían de las suyas de colegio en colegio demostrando sus habilidades con la rueda sujeta al hilo y como quedábamos impactados con las piruetas de estos atletas, todo el mundo quería tener uno para hacer el perrito, el caminante, la torre Eiffel o la vuelta al mundo a nivel campeón mundial.Al principio era interesante ver a todos vista al piso sube y baja el opa redondo colgado del dedo, pero cuando los profesores se dieron cuenta que ese elemento podía quitarles la atención incluso de sentados y más de uno le había roto la cabeza al compañero por tratar de sacarle el pucho de la oreja, dejó de ser instrumento de diversión y pasó a ser un enemigo del estudiantado, así que se procedió a prohibirlo primero y luego decomisarlos como si fueran hechos de algún elemento narcótico. Al parecer, 3 décadas después de que aquel inofensivo par de ruedas con eje de metal tuviera ese calificativo, para el primer mandatario, un elemento igual de nocivo, es ahora el teléfono inteligente, cuyo servicio a la humanidad al parecer es tan adictivo que es capaz de alejar a cuatro ministras de Estado al mismo tiempo, de poner la debida y patriótica atención al interminable desfile de colegios e instituciones que rendían su homenaje al Héroe del Topáter.No solo eso, puede hacer que cualquier miembro de las Fuerzas Armadas le demuestre al mundo entero su tendencia pro imperialista y anti nacional a través de su carcasa.En fin, lo que provocó ese maléfico instrumento del imperio es que a partir de ahora, a quien vea manipulando su teléfono en reuniones o actos cívicos, el presidente se los va a decomisar, a la moda de mis viejos profesores. Seguramente va a ser una caja mucho más grande que la de los yoyos diabólicos que vi yo.*Es paceño, stronguista y liberal