Fanáticos, hijos de la propaganda


Andrés Gómez Vela¿Cómo hubieras reaccionado si tu hijita hubiera sido ataviada con una boina que simboliza una ideología y hubiera cantado alabanzas al gobernante de turno? ¿Qué hubieras hecho, si tu wawa hubiera sido llevada por una mujer enojada a la plaza principal de tu ciudad a gritar consignas contra el gobernante de turno? No sé cómo reaccionaron los progenitores de esos niños expuestos, en Chimoré y en Santa Cruz, a un adoctrinamiento, desde todo punto de vista, antitético a la educación. Los niños van a la escuela a adquirir conocimientos y no a ser enajenados. Sería pretensioso decir que asisten a ser educados porque la educación está en casa, donde los padres tenemos el deber de moldear almas libres con valores y principios como para que cuestienen, incluso, la religión o la ideología que abrazamos. Lo que pasó en febrero en Santa Cruz de la Sierra y en marzo en la entrega de una escuela en Chimoré era una práctica común del fascismo, el nazismo y el estalinismo. Por ello debe alarmarnos cuando aparecen actos iguales en nuestra cotidianidad, si no queremos terminar siendo gobernados por la violencia verbal y fáctica. En ambos casos, hemos visto propaganda pura y dura. Para comprender mejor y alertar sobre las consecuencias, recurro a Erich Fromm, que en su libro Psicoanálisis de la sociedad advierte que ese tipo de acciones busca la enajenación de las personas. «El fascismo, el nazismo y el stalinismo (…) son la culminación de la enajenación. Se hace al individuo sentirse impotente e insignificante, pero se le enseña a proyectar todas sus potencias humanas en la figura del jefe, en el Estado, en la «patria”, a quien tiene que someterse y adorar. Escapa de la libertad hacia una nueva idolatría”, escribió Fromm. ¡Cuánta razón! Los regímenes totalitarios son estructurados sobre mentiras flagrantes, pregonados por sacerdotes de la política para alienar y fanatizar. En un régimen totalitario, la propaganda no solo pasa por los medios de comunicación, sino por la vida diaria de la gente, a la que somete a la mentira sistemática para mantenerla hipnotizada, y, a las pasiones más bajas para convertirla en religiosa. Por definición, es todo lo contrario a un gobierno democrático, que privilegia la información, como insumo de transparencia, control y participación social, para formar ciudadanos libres capaces de autogobernarse. En cambio, un régimen totalitario articula una «irrupción violenta en el mundo de representaciones del prójimo, destinada a privarlo del régimen de su propia consciencia y a reducirlo en su condición humana”, diría el escritor español Francisco Ayala, en su ensayo Propaganda y política. Como verán, toda propaganda es sistemática y deliberadamente falaz. Para ese fin, se vale, incluso, de elementos verídicos demostrables; o busca que sus contenidos objetivos coincidan con la verdad, pero siempre con la intención de lavar cerebros. Su fin último es formar fanáticos a través de la acción monológica y violenta al límite de la tradición religiosa, que termina en la adoración o idolatría de un individuo llamado «El Jefe”, «El Führer” o «El Duce”. Ante este peligro, Adrián Huici y Antonio Pineda advierten que la propaganda es «una dinámica de desplazamiento, que arranca a aquellos a quienes quiere convertir en adeptos de su lugar, de su ámbito, de su plexo; que los traslada a otro espacio real y simbólico en el que se crea una nueva comunidad interpretante cerrada, que debilita los nexos y las relaciones con el mundo de la vida y potencia un hilo conector con el absoluto de la idea o la causa y que por todo ello, en efecto, es una práctica mendaz y enajenadora”. En otras palabras, la propaganda termina arrancando a una persona de su red social o de su conexión a la vida real hasta hacerlo repetir que todo lo que afecta a su jefe es un invento de la derecha, un ataque del Imperio o una mentira neoliberal. ¿Cómo reaccionarías si te enteras que en la escuela están formando a tu hijito o hijita para adorar a una persona que circunstancialmente es gobernante? Página Siete – La Paz