Pedro Portugal Mollinedo*Suele suceder que al buscar un fin utilizando medios altisonantes y acomodadizos lo que se consigue, más bien, es alejarlo. Es lo que puede suceder con la actual campaña por el Mar para Bolivia que lleva adelante el Gobierno.Evidentemente, el tema del mar toca las fibras íntimas de todo boliviano, pues es una cicatriz que nos retrotrae a frustraciones y agravios. No es sólo cuestión de recuerdos; las insatisfacciones de nuestra todavía difícil situación nacional y social encuentran fácil expiación si las inmolamos en el altar de nuestra situación mediterránea. Reparación fácil, pero ilusoria.Todo trauma merece ser solucionado o, por lo menos, superado. Si la pérdida del Litoral obedeció en buena parte a la desidia de nuestros gobernantes, a nuestra personalidad social endeble y a nuestra débil estructura socioeconómica, es razonable suponer que recuperar el acceso al mar sería factible con administraciones responsables, identidades nacionales consolidadas y potenciamiento económico evidente.Sin embargo, Bolivia arrastra todavía sus problemas constitutivos. Así, el tema marítimo es solamente conato de catarsis – es decir, intento de purificar las pasiones de nuestro ánimo, tratando de eliminar ese pasado que altera nuestro equilibrio social y nacional- y nada más. Empero, en lugar de exorcizar esos demonios, esa catarsis fallida los aviva aún más.Cada mes de marzo, desde hace más de 100 años, lamentos, desfiles, declaraciones grandilocuentes e iniciativas originales saturan el entendimiento y el sentimiento de los ciudadanos. En lo político, ellas desembocan en un nacionalismo espurio, pues todavía son inconsistentes las bases nacionales de nuestra Bolivia. Ese impulso nacionalista «ejerce un enorme atractivo, ya que permite aliviar esos conflictos interiores, contradicciones e inseguridades que aquejan a todo ser humano, proyectándolo hacia el ‘enemigo’”, señalaban Javier Benegas y Juan Blanco en su libro Catarsis. Se vislumbra el final del régimen”, publicado en España, al fin del régimen político surgido de la Transición. En todo lugar ese recurso al nacionalismo es dramático, en el nuestro adquiere tintes tragicómicos.En las redes comentaristas hacían notar que los desfiles son propios de los victoriosos. En Bolivia se desfila para conmemorar y «festejar” las derrotas. Para «honrar a Eduardo Abaroa”, estudiantes y funcionarios desfilan con sus mejores galas, al son de fanfarrias relucientes. En este último desfile se escuchaba una adaptación del grito de guerra en nuestras movilizaciones sociales:¿Qué queremos?El mar.¿Cuándo carajo?Ahora, carajo.En nuestra psicología, el usurpador chileno es un badulaque y nosotros unos perdonavidas. Pero como no basta para explicar cómo hasta ahora no tenemos mar, el resultado es la confusión y sumirnos más en la mediocridad, y el conformismo.El Ejército boliviano ha planteado condecorar a los oficiales y personal de Aduana recientemente secuestrados por policías chilenos en —según el Gobierno— territorio boliviano. La banalización y del descrédito de lo que debería ser el heroísmo.La propaganda oficial logra convencer a muchos ciudadanos que la solución al enclaustramiento está en el recurso presentado por el Gobierno ante La Haya. Si el fallo fuese favorable a Bolivia, ello significaría solamente que Chile estaría «obligado” a negociar con Bolivia… a lo que Chile podría sencillamente negarse.Todos ansiamos el mar pero para lograrlo es necesario patriotismo, no patrioterismo.*Director de Pukara, es autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de BoliviaPágina Siete – La Paz