Agonía del separatismo catalán

Álvaro Riveros Tejada 

Confirmando ese antiguo proverbio popular que reza: “alegría en casa de citas dura una noche”, los festejos de unos afiebrados independentistas que celebraban la emancipación de Cataluña del Reino de España, declarada horas antes en el parlamento autonómico por la ridícula cuenta de 70 votos, fueron a dar al traste ante la multitudinaria, como apoteósica manifestación realizada este pasado domingo en Barcelona, por catalanes opuestos a la secesión; a su apoyo innegociable a la unidad de España; y a su firme lealtad a la Corona.

 



Pese a las múltiples advertencias opuestas a ese descabellado propósito formuladas por todos los países de la Comunidad Europea; por los EE.UU; por Canadá; así como por varios países latinoamericanos, la pertinacia de los sediciosos no tuvo límites y, desoyendo tales admoniciones, decidieron saltarse la torera y proseguir con su infructuoso intento.

 

Lo sorprendente de este episodio es el mínimo esfuerzo empleado por los subversores, para casi lograr su enorme objetivo, si lo equiparamos con el de la banda terrorista vasca ETA, que en su afán separatista se mantuvo incólume por cerca de 43 años, dejando un saldo de 829 víctimas mortales en su intento, e incalculables pérdidas económicas.

 

Los líderes independentistas, con Carles Puigdemont a la cabeza, han insistido astutamente en su intención de lograr su objetivo por vías pacíficas empero, aunque la ley pone la violencia como requisito de la rebelión, estos facciosos han encontrado en la jurisprudencia ese sutil resquicio para introducir matices que los absuelvan de su avieso propósito.

 

Entretanto, el presidente Mariano Rajoy, demostrando una admirable habilidad de experto estadista, logró mitigar el conflicto y pacientemente esperó la reacción de las autoridades judiciales  que, no demoraron en anunciar, a través del fiscal general del Estado, José Maza, la presentación de dos querellas contra los alzados en el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional por los delitos de: rebelión, sedición, malversación y otros conexos que conllevan, según el Código Penal español, penas de 15 a 25 años de prisión.

 

Como fruto de su desesperación, Puigdemont y cinco ex consejeros están buscando refugio en Bruselas, paradójicamente la capital donde debieron recalar estos facciosos, antes de cometer semejante estropicio, ya que allí se asientan aquellas instituciones defensoras del Estado de Derecho, de la legalidad y de los valores constitucionales que ellos estuvieron al borde de echar por tierra.

 

Sin embargo, como colofón de esta pesadilla que les tocó vivir a los españoles, es bueno escudriñar en las causas y la logística que la promovieron y es allí donde nos encontramos con las huellas de una izquierda trasnochada, coludida con países interesados en demoler el proyecto unitario europeo, así como la inconfundible y nítida participación de Vladimir Putin, cuyo ojo en tinta por Ucrania tarda en sanar y el fin de la Unión Europea se ha convertido en su prioridad impostergable.

 

En cuanto a lo económico, ya no nos sorprende la incautación en costas españolas de 3.800 kilos de cocaína, a sólo una semana del referéndum trucho y cuyo precio hubiera superado los 100 millones de euros, ello revela la creciente actividad de la transnacional del narcotráfico, que en los puertos de Cataluña ha encontrado su más preciada ruta para ingresar a Europa, y su interés por contar con hegemonía política, pese a la agonía en la que se encuentra el separatismo catalán.