Disección de los protestantes

Ignacio Vera Rada

Al recordarse los 500 años del gran sisma producido en el seno de la iglesia católica, llamado Reforma, o nacimiento del protestantismo, creo pertinente hacer un análisis somero de algo concerniente a este culto.

Combatir al protestantismo, así como lo hacen todavía algunos católicos rancios y obcecados, no conduce a nada ni puede tener resultado bueno alguno. Lutero no era, como dicen, un orate ni Calvino un esquizotímico. Lo cierto es que también los primeros cristianos fueron calificados de locuelos y chiflados, y hasta ahora la psiquiatría no ha trazado un límite demasiado perceptible entre la locura y la genialidad/santidad. Dígase de entrada que el que escribe esto siente un profundo respeto por los protestantes y su religión.

Analizar las causas de la Reforma es una empresa complicada. Es cierto que el desquiciamiento de la iglesia católica en esos tiempos fue un factor decisivo para que se produjera, pero reducir y simplificar las cosas hasta el punto de afirmar que la Reforma fue el fruto directo de la avidez de los contratistas cuyos patrimonios querían enriquecer corresponde al análisis del materialismo histórico, pero a nada más, y pensar eso es, cuando menos, una estulticia.

La gran rebelión anticatólica entraña una serie de causas que trascienden el plano material y visible. La metafísica e incluso la ontología podrían ayudar a explicarla. Doctrinas, moralidades y psicologías de la época batiéndose en un remolino desordenado nos pueden ayudar a entenderla.

Martín Lutero tenía una teología muy particular. Esencialmente decía que el ser humano no tenía otra opción que pecar, y seguir pecando, para recibir, eventualmente, el perdón de Quien es solamente amor y misericordia, de Quien es la personificación de la indulgencia. Franco pecar y paraíso gratis. La sangre de Jesucristo, eventualmente, decía Lutero, iba a redimir incluso a la más infame de las almas.

Una de las principales obras de Lutero es el De servo arbitrio, cuyos extraños sofismas y elucubraciones no queremos comentar aquí, sino solamente sus conclusiones. Si se lee el libro de manera concienzuda, uno se da cuenta de la contradicción que se halla en él. Hay en aquellas ideas una teoría comodísima para el creyente, pues se dice que, dado que no hay libertad, dado que el alma es un títere del diablo y de la debilidad humana, no se puede hablar de culpa. Parece una doctrina inspirada por el temor a la reforma interior y a la ascesis. Es un miedo a la responsabilidad. Calvino incluso se atreve a ir más lejos, diciendo que el ser humano, incapaz de tener por sí mismo mérito alguno, solo podría aspirar a la virtud si Dios le otorgara una minúscula parte de Él. En conclusión, se puede decir que en esta teología reina la pereza de alma, o la mediocridad, o la inacción. El individualismo de la Reforma viene a maridarse con la divisa: Cada quien para sí y Dios misericordioso para todos.

Y es que el protestantismo ha ido olvidando que la salvación no solamente puede ser producto de la acción de la Divinidad, unilateralmente, sino también del hombre. Aquélla es grandísima y éste diminuto, pero no puede haber salvación sin el papel que debe desempeñar el ser humano en su tránsito por la tierra. El ser humano no puede redimirse por sí mismo, y Dios no puede redimir a quien no hizo méritos. La Redención, teológicamente hablando, es una escalera que bajó a la tierra para hacer posible la ascensión del miserable, dada la ruptura de la relación Dios/ser humano. Para Lutero, basta con que el creyente tenga fe, y tranquilamente puede sentarse en los mullidos asientos del pecado. Pero la fe sin obras es fe muerta.

Filosóficamente analizando la situación, podemos decir que los luteranos se abandonan al fatalismo, a la predestinación ab aeterno, a lo inminente; no son forjadores del futuro ni buscadores de la ventura. Lo cierto es que el ser humano no es un fantoche cuyos hilos son movidos por el hado de una manera inminente, y a pesar de que sí exista el fatalismo en un plano profundo, el hombre es también forjador de destinos.

Si tenemos la certeza de que Cristo lo tiene todo dicho y bajo control, ya nada tiene que hacer la humanidad en este mundo.

 

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