Santiago de Chiquitos, un encanto

Manfredo Kempff Suárez

Regresar a Chiquitos es siempre grato porque toda la región es bella y porque su gente sorprende por su calor humano, por ese sonriente “buenos días”, “buenas tardes”, tan sencillo y fácil, que se pierde en la gran ciudad; por esos rostros de alegría con que los chiquitanos acogen al visitante, carácter que coincide con su paisaje, el que sedujo hace siglos a los religiosos jesuitas que llegaron a esas cálidas tierras para propagar la fe, la cultura y la convivencia armoniosa, que perduran.

Doblemente hermosos fueron esos tres días de viaje con los amigos Tauras, porque, además de la camaradería, la intención fue escarbar en el tiempo e incursionar en lo importante que tenemos. La cultura no es la sabiduría de los libros solamente, sino acercarse a las costumbres, el arte y lo que ellas  irradian. Y los Tauras viajamos a Santiago con el espíritu de disfrutar el momento, por supuesto, pero también de contemplar, de admirar, de aprender.

Todo empezó transitando rápidamente por San José y visitando su vieja iglesia en piedra – algo que jamás se puede pasar por alto –, para después detenernos en una estancia en Chochís, a los pies de la serranía donde destaca el color bermejo, y dicen que provocó que don Ñuflo recordara la sierra trujillana y se la agregara al nombre de Santa Cruz. Ahí fuimos agasajados con deliciosas carnes a la “caja china”, cordialidad del propietario del lugar, uno de nuestros cofrades, el importante empresario “Pili” Roda. A pocos minutos está el magnífico santuario de Chochís, lugar de devoción, que es una conmovedora obra de arte y que fue admirado por los viajeros.

En Santiago, la mayoría de los Tauras nos alojamos en el hotel de nuestro camarada Juan Carlos Balcázar, en calidad de huéspedes, es decir invitados.  Pero no solo eso sino que la comida también corrió por cuenta de nuestro anfitrión, y su esposa, encantadora y amable, que se esmeró muchísimo para  que el yantar fuera una delicia. La verdad es que devoramos de todo. Manjares del lugar como el majadito de guazo y de pato, tatú crocante, carne de res y de cerdo, arroces, ensaladas, chicha camba, somó y “majablanco” de postre. Masaco de yuca y de plátano, sonso, pan de arroz, para el desayuno y la siesta, y todo cuanto a alguien le puede gustar.  La comida es parte de la cultura, es cierto, pero invitar a una treintena de tragones y golosos no es poca cosa. Por lo menos los comparseros llevamos la bebida porque de lo contrario quebrábamos al querido y generoso Juan Carlos.

La vista del valle de Tucavaca desde lo alto de Santiago es algo inolvidable por su grandiosidad. Seguramente que ahí está parte del futuro cruceño y nacional porque esas tierras, bien tratadas y conservadas, producirán mucha riqueza. Y si de placeres se trata, nada mejor que Aguas Calientes y los Hervores, río de poca profundidad, arenoso, transparente, donde brota el agua bajo los pies a una temperatura que ronda los 40 grados. Es el lugar ideal para relajarse y ahí estuvimos todos los viajeros.

No podíamos dejar de lado la música chiquitana, por lo que invitamos al hotel a los niños y niñas del Coro y Orquesta Misional de Santiago, quienes nos interpretaron emocionantes piezas renacentistas y modernas. Fue algo que sobrecogió a muchos. Y naturalmente que el domingo concurrimos al oficio del templo jesuita para oír la misa cantada y acompañada de un órgano de la época misional que, dicen, es único en la Chiquitania.

Tuvimos un hermoso viaje, lleno de sorpresas, abrumados de atenciones de nuestros anfitriones, y con la impecable organización que caracteriza a nuestro eficaz presidente “Chevo” Camacho y su Directorio.

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