
“Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”, decía el padre del liberalismo Edmund Burke, pero entonces uno se preguntaría, si es así, ¿Por qué se los sigue considerando buenos?
La inacción, la omisión, la negligencia y la apatía de los que en determinado momento de la vida están llamados a hacer algo por el bien de los damnificados, es tan peligrosa, morbosa e irresponsable como la acción de quienes están causando el mal.
Y eso fue justamente lo que sucedió entre abril y julio de 1994, cuando mientras en uno de los países más pobres del orbe se llevaba a cabo un genocidio atroz, el mundo entero miraba de palco, o peor, muchos prefirieron ni mirar.
El momento en que el Secretario General de La ONU, Boutros Ghali, pronuncia por primera vez la palabra «genocidio» para calificar las horribles matanzas en Ruanda, Bill Clinton y su sexagenaria colaboradora Madeleine Albright, prohibieron a todas sus dependencias y medios de prensa que se emplee ese término y ordenaron cambiarlo por “hechos de genocidio”, como si la sintaxis o la parafernalia lavaran la sangre u ocultaran el hedor de los muertos cuando estos empiezan a llenar las imágenes de los noticiarios.
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Qué maldición enorme parece ser la que ha caído sobre el continente africano, paraíso del planeta, con la flora y fauna más alucinante que se pueda imaginar y con riquezas fastuosas, que no le permite hasta hoy, poder ser el conductor de su propio destino y quitar de su alma odios intestinos que datan de tiempos del homo erectus y que hasta hoy no curan.Su raigambre tribal sigue encaramada en la médula de sus huesos, hecho que fue aprovechado por los colonizadores europeos, para gobernarlos y dominarlos bajo el sino de “divide para reinar”.Fue justamente en la “Tierra de las Mil Colinas” donde los Belgas cometieron un error imperdonable. Para poder gobernarlos con un mejor control, en el documento de identidad, incluyeron la tribu de origen allá por los años 50, aumentando aún más las diferencias y problemas entre Hutus que eran el 70 % de la población, Tutsis el 29 % y Twas el 1 %.Estas tribus, sedentarias desde los siglos 4 y 5 de la era cristiana, vivieron entre pacífica y belicosamente hasta que la colonización los dividió por completo. Belgas y franceses vieron que era más fácil tener a la minoría Tutsi educada y empoderada para poder así someter a la mayoría Hutu, a la que permanentemente socavaron y degradaron en su autoestima.Los Hutus fueron creando un resentimiento que se acentuó en los setentas, con el país ya independizado y la ONU demandando una democracia participativa, esperar un pluralismo equilibrado era una utopía. Cuando los Hutus fueron gobierno con Grégoire Kayibanda a la cabeza, los Tutsis desestabilizaron al régimen hasta que un Golpe de Estado puso al mando del país a Juvenal Habyarimana, quien trató de llevar las cosas equilibradamente para ambas partes.Mientras tanto en Uganda, país vecino, el presidente Yoweri Museveni de raíces Tutsis apoyó con lo que tuvo a los refugiados de su etnia que fueron expulsados durante el gobierno de Kayibanda, armándolos con lo que tenía a su alcance y dando origen al Frente Patriótico Ruandés (FPR) que invadiría Ruanda en 1990 tomando la capital Kigali, iniciando de esa manera una guerra civil que duraría los próximos tres años.La lucha intestina de estas dos facciones, la decadencia y corrupción del gobierno y la caída del precio del café a menos del 50 % que redujo los ingresos del país en un 40 %, hicieron de esta nación mediterránea una olla de presión que iba a explotar en cualquier momento.Cuando dos misiles hicieron volar por los aires el avión en el que viajaban los presidentes de Burundi, Ciprian Ntayamira y el de Ruanda, Juvenal Habyarimana, el Cerbero abrió las puertas del infierno y todos los demonios salieron a hacerle guardia de honor a la parca, era el 6 de abril de 1994.Un medio de comunicación, la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas o RTLM que se había hecho muy popular entre la juventud por emitir música pop y rock durante los 80’s, fue usada por los radicales Hutus para emitir durante 24 horas al día mensajes de odio y racismo, exacerbando la rivalidad tribal y llamando a la limpieza étnica para extirpar de Ruanda a los Tutsis.Y casi lo logran, durante los cuatro meses que duró el genocidio, se exterminaron a aproximadamente 800.000 personas en una orgía de dolor y sangre que no respetó familias, amistades o cualquier otro tipo de relación humana. El machete reinó y la violencia fratricida tuvo en el complemento sexual además, un ingrediente que marcó la vida de millones de mujeres y niños que vieron y vivieron los pasajes más espeluznantes que uno pueda imaginar.Lo peor de todo fue que durante todo este tiempo, nadie del mundo “civilizado” hizo algo por parar esa carnicería. Kofi Annan, por entonces Coordinador de las Operaciones de las Fuerzas de Paz de la ONU, ordenó mantenerse al margen a los cuerpos de paz, pese a que un día antes la Cruz Roja clamó por ayuda ante una masacre que cobraba la vida de más de 2.000 personas al día.Este sangriento episodio llegó a su fin el 22 de junio y mucha gente fue condenada en las Cortes Internacionales de Justicia de La Haya. En esas audiencias, cuando le preguntaron a uno de los comandantes Hutus el porqué de tanto odio y cómo hacía para distinguir a quien matar y a quien no, el interrogado simplemente atinó a responder que “ese rencor” se lo inculcó su padre y que para distinguirlos usaban los documentos de identidad hechas por los Belgas y si carecían de este carnet, sólo podía fijarse en la forma de la nariz, porque aparte de eso, no había ninguna otra señal física notoria que los pudiera distinguir a los unos de los otros, en resumen, se mataban entre semejantes.Pasando al episodio de hace pocos días en Santa Cruz, es muy probable que si se le preguntara a la señora del micro, protagonista de un video que se hizo viral en las redes sociales, por qué no le permitía a la señora de pollera sentarse a su lado, tenga un sinnúmero de respuestas y excusas, pero si le cuestionaran el origen de su racismo, es muy probable que el silencio sea su respuesta más acertada, puesto que en países como Bolivia y los latinoamericanos en general, muy difícilmente vamos a encontrar ciudadanos que puedan calificarse como racialmente puros o de abolengo y si los hubiera realmente, es muy difícil que estos se transporten en un micro.En lo personal, desde niño me ha tocado vivir y experimentar actos de racismo y discriminación de todas las formas posibles. Mi familia, pese a vivir en un conventillo de clase media baja, sin siquiera servicios básicos, ha fomentado en mí, toda forma de estereotipos para que seleccione con quien jugar y con quién no. Mi paso por diferentes instituciones educativas hizo que sea discriminado y discrimine a la par, tanto por mi condición económica como por mi color de piel y ni qué decir de mi formación como militar. En el alma matter del Ejército Boliviano a inicios de los 90 he visto y hasta participado de hechos tan vergonzosos, que me hacen saber y reconocer que yo he sido y soy parte de una sociedad que se marca, ofende y trasgrede a sí misma por el simple hecho de no poder reconocerse diversa y multicultural.Sería incapaz de gritar como si fuera un cristiano bautizado que se siente salvo del pecado, si yo he podido limpiarme del todo de esa serie de taras mentales, pero sé que en base a la educación y al conocimiento, al menos he tratado de superarlas, de saber quién soy y de quiénes vivo rodeado.Creer que todos somos iguales (así nos lo diga la Ley) es una absoluta falacia. No lo somos. Somos diversos, somos infinitamente desiguales entre todos, somos multiculturales y debemos y podemos estar orgullosos de ello. Eso en sí no es malo, lo malo es no respetarnos, no aceptarnos como tales y no ser tolerantes ante lo diverso y diferente. Creer que somos buenos o que somos mejores, es la marca de lo mediocre y malo en sí. No somos mejores ni peores, somos diferentes y solamente la luz del conocimiento nos va a permitir entender que en la diferencia está el gusto y en la complementariedad está la magia de sabernos e interactuar como humanos.Nadie nace racista, nos volvemos o nos vuelven así, pero existe una cura universal para este mal, se llama educación. Quien tenga una dosis a la mano, siempre podrá mantenerse vacunado y vivirá en armonía con el universo que lo rodea. Sólo la lectura podrá extirpar al Hutu o al Tutsi que mora en nosotros y que debe morir. *Es paceño, stronguista y liberal