Memoria nómada.
Cleverth Cárdenas Dr. (c) en Estudios Culturales LatinoamericanosCuentan los habitantes de San Buenaventura que en las décadas de los sesenta y setenta la selva amazónica se convirtió en una fuente de riqueza por la venta de cueros de tigre. Los rescatistas de cueros llegaban a pagar un equivalente a 100 dólares por cada piel sana. Para dejar claro, con ese dinero era posible comprar una “salón”, así se llama allí a una escopeta de salón, un arma apreciada por los cazadores. Entonces quien menos o quien más se dedicó al oficio de la cacería furtiva, incluso se acuñó un término para ello: tigresillar. Cuando bajó la demanda de pieles esa actividad, aparentemente, dejó de practicarse y sólo quedó en la memoria.No obstante, la población amazónica ya conoció de otros auges que fueron injustos con ella: la cascarilla (XVII-XVIII) y la goma (XIX-XX). Estos auges de explotación forestal supusieron pingües ganancias, pero la riqueza se concentró en los empresarios que se apropiaron de las concesiones. De hecho, durante el auge de la goma hubo trabajo cautivo, por medio del enganche o habilito, que implicaba a muchos siringueros trabajando en condiciones infrahumanas por el derecho a comer o, simplemente, por su derecho a vivir; no es una exageración decir que allí imperó la ley del más fuerte. En este caso, el más fuerte tenía mercenarios que se encargaban de hacer respetar los derechos del empresario, aprovechando que allí había ausencia de Estado. De hecho, la ley era el hacendado. Un ejemplo claro, un poco más al Norte fue la Casa Suárez, que logró concentrar tal cantidad de riqueza que en Riberalta se contrató a contadores suizos, se compraba vajilla europea y se leían periódicos europeos y no los periódicos nacionales. Paradójicamente, allí, en plena Amazonia boliviana, era más fácil un vínculo con Europa por el Atlántico que con la capital del país, por tierra.Cuando pasaron los auges de explotación de la selva apareció el auge del cuero de tigres y el tigresilleo era el único modo que tenían sus pobladores de conseguir dinero contante y sonante. Tanto dinero daba la actividad que muchos cazadores se hicieron famosos por su puntería, por sus anécdotas y por la cantidad de dinero que ganaban. Una de esas historias cuenta que cuando el avión del Transporte Aéreo Militar (TAM) llegó a Rurrenabaque, el piloto y los pasajeros vieron que la pista estaba limpia y de tan limpia estaba blanca. Considerando que la tierra allí es rojiza les sorprendió ver lo que habían hecho los militares para adecuarla de ese modo y procedieron al aterrizaje, en esos tiempos no había torre de control, por lo menos Rurrenabaque no la tenía. Ocurrió que el avión aterrizó sobre la pista atiborrada de pieles de jaguar y era blanca por la sal que los militares habían esparcido sobre los cueros. Esta pantagruélica historia ilustra que en el auge, furtivamente, participaron los militares que aprovecharon la tropa y las instalaciones. Por otro lado, suelen ser abundantes en las comunidades chicas como San Marcos, Barracón y Napashi historias de tigres que se entran al pueblo y allí mismo devoraban un chancho o una gallina. Las historias de caza van desde anécdotas jocosas de los cazadores hasta hechos heroicos contados por los sobrevivientes de sus ataques. Yo mismo tengo mi historia de tigres una vez que fui a la única serranía del piedemonte amazónico en Tumupasa, escuchamos cómo un tigre silbaba y nos arrepentimos de comer sardinas como único tapeque. Naturalmente, esa noche de acampada nadie durmió.En todo caso convivir en la selva implica coexistir con un ecosistema que debe ser armónico y, curiosamente, la matanza de tigres se justificaba porque mantenía cierto equilibrio en la naturaleza; pero además, el hombre se representaba como el héroe mítico que restituía el orden quebrantado por la sobreabundancia de tigres. Naturalmente, ello sólo era una exageración que, sin embargo, explicaba transparentemente el auge del tigresilleo, sin resolverlo. Los pobladores indígenas habían explotado a los animales hasta llevarlos al punto de su extinción. Por el año 2001 me encontré con un ambientalista en uno de los pueblos amazónicos y él veía con zozobra las trampas para jaguares que todas las casas tenían, aunque en esas épocas no las usaban. No se cansaba de criticarlos y daba cuenta documentada de la cantidad de jaguares y otras especies que estaban en vías de extinción.En esos días fuimos testigos de que los habitantes de la zona no solían tener la carne como su principal fuente de alimento. Es más, cuando los niños pequeños comían mucha carne se enfermaban porque sus cuerpitos no estaba acostumbrado a las proteínas. La falta de dinero efectivo era tal que tener 100 bolivianos, en una comunidad chica, era como no tener dinero porque nadie te los podía cambiar, ni siquiera por tres kilos de charque de monte. Por eso yo entendí, incluso el ambientalista lo hizo, que una ganancia extra para ellos era de vida o muerte.Con el discurso medioambiental, con la ácida crítica que se hizo a la absurda moda europea de usar pieles de animales para la confección de abrigos, poco a poco el oficio de cacería fue menguando, porque la demanda fue desapareciendo. Así, los diseñadores, cambiaron de materia prima, no por sus principios, sino por la presión internacional. Aunque no falta algún inadaptado que todavía intenta usar groseramente pieles de animales en extinción. Lo cierto es que se comercia muy poco cuero de jaguar en le mercado global.En la actualidad, la Amazonia enfrenta otra vez un auge y otra vez el mismo se vale de la pobreza, la globalización y la postergación de la región. Ocurre que la cultura china, aunque esa generalización es muy peligrosa pero necesaria en esta ocasión, considera al tigre como un animal mágico y lleno de energías, motivo por el cual se consume casi todo el animal. Por estas prácticas en el Asia casi extinguieron muchas especies de tigres y desde hace algunos años les tocó el turno a sus primos: los jaguares amazónicos. Igual que la moda de la década de 1960, los animales son víctimas de un fenómeno global que vincula la geopolítica expansiva China y las necesidades materiales de los más pobres. Además se trata de un negocio redondo y poco arriesgado: el tráfico de colmillos de jaguar no es un delito grave para nuestra legislación. Y el colmillo de jaguar molido en el Asia vale más, por gramo, que la cocaína, por lo menos eso informa la prensa internacional. Entonces tenemos una combinación nefasta: tráfico ilegal, pero no delito peligroso.En los últimos años, la actividad de estos traficantes se incrementó a consecuencia del arribo de personal chino que vino a trabajar en los contratos internacionales de carreteras, plantas procesadoras y otras, es decir, los rescatistas aprovechan que están acá para procurarse una ganancia extraordinaria. De esa manera el enriquecimiento de los traficantes está garantizado. Mientras que en la selva amazónica los cazadores tendrán que ser más creativos para explicar la matanza a los guardianes de la selva, porque ya es de su conocimiento el peligro de su extinción.Esperamos que el Gobierno y sus autoridades ambientales digan algo, también creativo, para justificar su inoperancia en el momento que les correspondía protegerlos.Página Siete / La Paz
Cleverth Cárdenas Dr. (c) en Estudios Culturales LatinoamericanosCuentan los habitantes de San Buenaventura que en las décadas de los sesenta y setenta la selva amazónica se convirtió en una fuente de riqueza por la venta de cueros de tigre. Los rescatistas de cueros llegaban a pagar un equivalente a 100 dólares por cada piel sana. Para dejar claro, con ese dinero era posible comprar una “salón”, así se llama allí a una escopeta de salón, un arma apreciada por los cazadores. Entonces quien menos o quien más se dedicó al oficio de la cacería furtiva, incluso se acuñó un término para ello: tigresillar. Cuando bajó la demanda de pieles esa actividad, aparentemente, dejó de practicarse y sólo quedó en la memoria.No obstante, la población amazónica ya conoció de otros auges que fueron injustos con ella: la cascarilla (XVII-XVIII) y la goma (XIX-XX). Estos auges de explotación forestal supusieron pingües ganancias, pero la riqueza se concentró en los empresarios que se apropiaron de las concesiones. De hecho, durante el auge de la goma hubo trabajo cautivo, por medio del enganche o habilito, que implicaba a muchos siringueros trabajando en condiciones infrahumanas por el derecho a comer o, simplemente, por su derecho a vivir; no es una exageración decir que allí imperó la ley del más fuerte. En este caso, el más fuerte tenía mercenarios que se encargaban de hacer respetar los derechos del empresario, aprovechando que allí había ausencia de Estado. De hecho, la ley era el hacendado. Un ejemplo claro, un poco más al Norte fue la Casa Suárez, que logró concentrar tal cantidad de riqueza que en Riberalta se contrató a contadores suizos, se compraba vajilla europea y se leían periódicos europeos y no los periódicos nacionales. Paradójicamente, allí, en plena Amazonia boliviana, era más fácil un vínculo con Europa por el Atlántico que con la capital del país, por tierra.Cuando pasaron los auges de explotación de la selva apareció el auge del cuero de tigres y el tigresilleo era el único modo que tenían sus pobladores de conseguir dinero contante y sonante. Tanto dinero daba la actividad que muchos cazadores se hicieron famosos por su puntería, por sus anécdotas y por la cantidad de dinero que ganaban. Una de esas historias cuenta que cuando el avión del Transporte Aéreo Militar (TAM) llegó a Rurrenabaque, el piloto y los pasajeros vieron que la pista estaba limpia y de tan limpia estaba blanca. Considerando que la tierra allí es rojiza les sorprendió ver lo que habían hecho los militares para adecuarla de ese modo y procedieron al aterrizaje, en esos tiempos no había torre de control, por lo menos Rurrenabaque no la tenía. Ocurrió que el avión aterrizó sobre la pista atiborrada de pieles de jaguar y era blanca por la sal que los militares habían esparcido sobre los cueros. Esta pantagruélica historia ilustra que en el auge, furtivamente, participaron los militares que aprovecharon la tropa y las instalaciones. Por otro lado, suelen ser abundantes en las comunidades chicas como San Marcos, Barracón y Napashi historias de tigres que se entran al pueblo y allí mismo devoraban un chancho o una gallina. Las historias de caza van desde anécdotas jocosas de los cazadores hasta hechos heroicos contados por los sobrevivientes de sus ataques. Yo mismo tengo mi historia de tigres una vez que fui a la única serranía del piedemonte amazónico en Tumupasa, escuchamos cómo un tigre silbaba y nos arrepentimos de comer sardinas como único tapeque. Naturalmente, esa noche de acampada nadie durmió.En todo caso convivir en la selva implica coexistir con un ecosistema que debe ser armónico y, curiosamente, la matanza de tigres se justificaba porque mantenía cierto equilibrio en la naturaleza; pero además, el hombre se representaba como el héroe mítico que restituía el orden quebrantado por la sobreabundancia de tigres. Naturalmente, ello sólo era una exageración que, sin embargo, explicaba transparentemente el auge del tigresilleo, sin resolverlo. Los pobladores indígenas habían explotado a los animales hasta llevarlos al punto de su extinción. Por el año 2001 me encontré con un ambientalista en uno de los pueblos amazónicos y él veía con zozobra las trampas para jaguares que todas las casas tenían, aunque en esas épocas no las usaban. No se cansaba de criticarlos y daba cuenta documentada de la cantidad de jaguares y otras especies que estaban en vías de extinción.En esos días fuimos testigos de que los habitantes de la zona no solían tener la carne como su principal fuente de alimento. Es más, cuando los niños pequeños comían mucha carne se enfermaban porque sus cuerpitos no estaba acostumbrado a las proteínas. La falta de dinero efectivo era tal que tener 100 bolivianos, en una comunidad chica, era como no tener dinero porque nadie te los podía cambiar, ni siquiera por tres kilos de charque de monte. Por eso yo entendí, incluso el ambientalista lo hizo, que una ganancia extra para ellos era de vida o muerte.Con el discurso medioambiental, con la ácida crítica que se hizo a la absurda moda europea de usar pieles de animales para la confección de abrigos, poco a poco el oficio de cacería fue menguando, porque la demanda fue desapareciendo. Así, los diseñadores, cambiaron de materia prima, no por sus principios, sino por la presión internacional. Aunque no falta algún inadaptado que todavía intenta usar groseramente pieles de animales en extinción. Lo cierto es que se comercia muy poco cuero de jaguar en le mercado global.En la actualidad, la Amazonia enfrenta otra vez un auge y otra vez el mismo se vale de la pobreza, la globalización y la postergación de la región. Ocurre que la cultura china, aunque esa generalización es muy peligrosa pero necesaria en esta ocasión, considera al tigre como un animal mágico y lleno de energías, motivo por el cual se consume casi todo el animal. Por estas prácticas en el Asia casi extinguieron muchas especies de tigres y desde hace algunos años les tocó el turno a sus primos: los jaguares amazónicos. Igual que la moda de la década de 1960, los animales son víctimas de un fenómeno global que vincula la geopolítica expansiva China y las necesidades materiales de los más pobres. Además se trata de un negocio redondo y poco arriesgado: el tráfico de colmillos de jaguar no es un delito grave para nuestra legislación. Y el colmillo de jaguar molido en el Asia vale más, por gramo, que la cocaína, por lo menos eso informa la prensa internacional. Entonces tenemos una combinación nefasta: tráfico ilegal, pero no delito peligroso.En los últimos años, la actividad de estos traficantes se incrementó a consecuencia del arribo de personal chino que vino a trabajar en los contratos internacionales de carreteras, plantas procesadoras y otras, es decir, los rescatistas aprovechan que están acá para procurarse una ganancia extraordinaria. De esa manera el enriquecimiento de los traficantes está garantizado. Mientras que en la selva amazónica los cazadores tendrán que ser más creativos para explicar la matanza a los guardianes de la selva, porque ya es de su conocimiento el peligro de su extinción.Esperamos que el Gobierno y sus autoridades ambientales digan algo, también creativo, para justificar su inoperancia en el momento que les correspondía protegerlos.Página Siete / La Paz