Patria o muerte, ficharemos…

José Luis Bolívar 

«Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos. Y apunta ahora contra los explotadores del pueblo». Así rezaba el primer comunicado que lanzaba el grupo guerrillero M-19 de Colombia el 17 de enero de 1974, después de robar la espada del Libertador Simón Bolívar.

La sociedad colombiana entró en shock, Colombia vivía una escalada de violencia política desde los años 50 y desde 1964 tanto las FARC como el ELN incursionaron en diferentes enfrentamientos con el Ejército Colombiano, pero un golpe de mano de tal magnitud, que tocaba lo más profundo del sentimiento cívico general, era sin lugar a dudas un acto que socavaba los cimientos de la nación caribeña.



Una fotografía mostraba la bandera del M-19 de fondo y encima de un mapa de Sudamérica, el botín militar compuesto por el sable, las espuelas y los estribos que pertenecieron al Padre de la Patria queriendo certificar tan abominable fechoría.

Pero semejante oprobio no era del todo original en el continente, años antes, el 16 de julio de 1969, el OPR-33, un grupo anarquista proveniente de los Tupamaru, liderado por Carlos Mejías y Hugo Cores, robó la “Bandera de los Treinta y Tres Orientales”, un emblema de las gestas libertarias uruguayas durante la Guerra de Independencia, en este caso, dicho símbolo no fue devuelto ni se supo su destino.

Otra iniquidad de iguales dimensiones, tuvo lugar años antes y en doble partida. A la salida de Juan Domingo Perón del gobierno argentino luego de la revolución del 55, el peronismo se vio acorralado, muy venido a menos y proscrito de la política argentina.Un grupo denominado Juventud Peronista, liderado entre otros por Osvaldo Agosto, no tuvo mejor idea que levantar la moral de sus huestes con un acto de real impacto. Para tal propósito, pusieron los ojos en el “Sable corvo del General José de San Martín”. El 12 de agosto de 1963 buscando poner en “ridículo” al Gobierno y al Ejército que estaba a cargo de su custodia (cualquier similitud con la actualidad es mera coincidencia), un equipo comando sustrajo el arma del Museo Histórico Nacional.La idea era llevarlo hasta Paraguay y desde ahí hacerle llegar el sable a Perón que estaba exiliado en Madrid. Fue tal la reacción, la cantidad de arrestos y la crueldad de las torturas, que tuvieron que devolver el arma al Ejército. Pero no terminó ahí la odisea de tan famosa espada, el 19 de agosto de 1965, otro grupo de ideología también peronista, insistió en el periplo, aunque felizmente volvieron a fracasar. La espada hoy se luce nuevamente en el mismo museo.Con tales antecedentes, los M-19 colombianos, se dieron cuenta que nada les podría dar  más publicidad que un golpe tan fuerte como la sustracción de semejante joya histórica, con todo lo que representaba el símbolo de mando del gran prócer americano.Cuatro delincuentes subversivos se hicieron presentes en el Museo Quinta de Bolívar en el centro de Bogotá y a la hora que se cerraba para las visitas, secuestraron a los custodios, rompieron los candados de la pieza de Manuelita Sáenz y quebraron la urna para llevarse el valioso tesoro.El primer lugar que dispusieron los guerrilleros para ocultar el arma, fue nada más y nada menos que un prostíbulo, seguramente el lugar menos imaginable para ser el paradero de ese emblema. Quizás porque nadie lo buscaría en una casa de citas, ahí permaneció por dos meses, siguiendo luego un periplo por casas de poetas, intelectuales y otros simpatizantes de la izquierda colombiana. En 1980 fue llevada a Cuba y después un grupo denominado “la orden de los guardianes de la espada” compuesta por Fidel Castro, Omar Torrijos, las Madres de la Plaza de Mayo y una pléyade de comunistas y extremistas, se creyeron dueños de la historia y se atribuyeron roles que obviamente nos les correspondían.Existe una versión, que indica incluso que Omar Ospina, segundo al mando del M-19 le entregó el sable a Pablo Escóbar (según el por qué iba a ser el próximo presidente de los colombianos, pero según uno de los sicarios del patrón de la droga, se la vendió por una blasfema cantidad de dinero), y este narco en uno de sus ataques de locura, se la dio a su hijo como un regalo de cumpleaños.El regreso del sable a las autoridades colombianas, coincidió en tiempos con la entrega del capo y su posterior encierro en la cárcel de La Catedral. No existen referencias fehacientes pero se cree que esta reliquia fue uno de los términos negociados para la entrega del bandido.Por lo dicho anteriormente, los latinoamericanos damos serias muestras de desconocer el verdadero valor que tienen ciertas reliquias relacionadas a la historia y a la identidad de las naciones.Cuando me anoticié del robo de la “Medalla Presidencial” realmente me sentí devastado, la sola idea de que semejante joya estaba en las manos de una persona incapaz de valorar (no lo monetario sino lo histórico y sentimental) y que la pudiera destrozar para convertirla en una masa de metal y piedras preciosas para la venta, me desgarraba el alma.El año 1992 tuve la fortuna de verla y sopesarla por unos 30 segundos y su hermosura es sobrecogedora, sin contar el hecho de saber que le pertenecía al mismo Libertador y que luego de un magnánimo desprendimiento estuvo en el pecho de tantos personajes buenos y malos pero que condujeron los derroteros de nuestra nación, su sola presencia a uno lo conmueve y es lógico pensar que su existencia es de un significado más que prodigioso para los bolivianos.Por todo ello es que cuando me enteré que el Teniente a cargo de su transporte pensó que estaba llevando el falucho de un preste mayor, me di cuenta que no todos los bolivianos sentimos en el alma, el mismo fervor cuando pensamos en la Patria.Sé que somos muchos a los que se nos quiebra la garganta cuando escuchamos el Himno Nacional o vemos flamear nuestra bandera, que cantamos a viva voz la marcha naval, que mojamos ojos con el Salve Oh Patria, que todavía sentimos escalofríos cuando pensamos en Avaroa, Marzana, Busch o Bilbao, que saltamos por dentro cuando nos acordamos del golazo de Etcheverry o que nos emocionamos cuando suena el Viva mi Patria Bolivia.Pero lastimosamente no somos todos, para algunos, ese tipo de sentimientos son fatuos y muy banales, pasados de moda, para ellos, lo que gobierna es don dinero y a ese dios le entregan su alma, el placer los corroe, la riqueza los corrompe y su carencia de valores hace que puedan jugarse los sentimientos de un pueblo en una corrida de póker o una pasada de burdel.El 2010, un chofer del presidente, se fue a comprarle marraquetas frescas a su excelencia en un auto oficial, como no encontró el producto dejó el vehículo con la llave puesta y alguien que dijo al que madruga Dios le ayuda, se encontró un carrazo con la llave puesta y se lo llevó. No supimos nada ni del carro, ni del choro ni del chofer ni si el pobre presidente esa mañana habrá desayunado sarnitas o bilis, pero lo que si ya sabemos es cómo se maneja la cosa pública.Obviamente, la joya de Bolívar no podía pasar desapercibida, pero uno piensa un poco y se dice: si semejante patrimonio era transportado sin ninguna medida de seguridad y además fue encomendada a tremendo irresponsable, de la cantidad de cosas que se habrán extraviado durante estos 12 años aún no nos hemos enterado y de las que faltarán por perderse.Lo que está mal no es ni la moral del teniente, ni la laxitud en los controles, ni siquiera la falta de autocrítica del gobierno. Lo que está mal es el todo, es el límite al que ha llegado y lo están atravesando las autoridades que gobiernan con la política del “le meto nomás”.Afortunadamente la joya volvió a su lugar y la historia seguirá viva en ella pero no deja de ser triste que tanto la medalla como el sable de Bolívar tuvieran que conocer un burdel gracias a hombres que no tuvieron nunca la oportunidad de entender el valor de La Patria y su historia.