Ñembiguasu es el más afectado. No hay registro de fuego en la zona y no se sabe cómo reaccionará. Otuquis y San Matías tienen mayor resiliencia, pero se necesitan planes para protegerlo. Monteverde deja de ser un oasis en Concepción
“Esto era el infierno. Usted se sentaba aquí y lo veía arder todo al frente”, dice Pablo Chávez, desde el corredor de su casa a orillas del pueblo de Taperas. Al frente, el fuego se apagó hace un mes, pero el infierno sigue allí. Ahora es un monte carbonizado.
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La hojarasca quemada cruje a cada paso, se desprende del suelo arenoso del que surgen gajos y troncos como dedos de penitentes. Cierran todos los caminos, se prenden a la ropa, a la piel, al alma. Nada ha retoñado.
Pablo Chávez, alto, fuerte, hábil con las palabras, recuerda que aquí corrían zorros, chanchos troperos, jochis, urinas, víboras venenosas, que daba gusto sentarse a escuchar el recital de loros y parabas al anochecer, que de noche cantaban las pavas.
Ahora no hay nada. Hasta los dos loros que tiene de mascotas se han unido al silencio. Su propiedad, de 27 hectáreas, que se salvó del fuego, ha sido tomada por animales silvestres y él deja vasijas con agua en las esquinas para que tengan algo qué beber, para evitar que se acerquen a la casa donde sus perros tigreros acabarían con la agonía iniciada por el fuego.
Pablo Chávez confiesa que hasta antes de esto fue cazador, como todos en el campo, pero hoy cambiaría la escopeta por una cámara fotográfica.
Hoy él es una víctima más de este desastre: todo se ha secado. Las pocas tareas que sembró con frejol no vivieron para formar vainas; la huerta y el jardín que cuidaba su mujer está yermo. Solo sobrevive una planta de pimentón de la que salen frutos lánguidos. Después del fuego quedó la sequía en el campo, la tos y la conjuntivitis en niños y en viejos, y una sensación de derrota más fuerte que el humo que hoy respiran.
-¿Cómo comenzó el fuego?
-Empezó por la quema indiscriminada. Prendieron fuego a sus cordones algunos ganaderos y agricultores. O tal vez por algún camionero que pasó fumando, agarró su cigarrillo y lo botó. No teníamos conciencia, había lugares que no se quemaban hace años. Esto era un polvorín.
Nadie -en Taperas, en Roboré, en Otuquis, en Concepción o San Matías- se atreve a decir dónde, quién comenzó el incendio. El fuego es una especie de demonio mitológico que siempre viene de lejos, anónimo. “Entró desde Brasil y Paraguay”, dicen cerca de Otuquis. “Vino de lejos, comenzó fuera del área protegida”, dicen en San Matías.
“Un cazador que no apagó bien su fogata, vino del monte”, dicen en Santa Mónica, en la TCO Monteverde. Ese villano sin rostro, al 25 de septiembre, ya había devorado 3,9 millones de hectáreas cruceñas y, mientras el comandante de las Fuerzas Armadas aseguraba que lo tiene rodeado, a punto de exterminarlo, ha dejado a tres áreas protegidas y un territorio indígena en terapia intensiva.
Así lo ve Gabriela Tavera, que recogió carbón del suelo del monte que crecía frente a la casa de Pablo Chávez y no se atrevió a pronosticar qué crecerá allí cuando las lluvias vuelvan. “Hay partes donde se ha quemado hasta el subsuelo”, diagnostica.
Ñembiguasu
Aquí todo es igual, no importa para dónde se mire. La camioneta lleva hora y media levitando sobre el camino arenoso, en medio de gajos retorcidos y calcinados. Cuando se detiene, hay tres cerditos de monte calcinados, colocados en fila, como versión macabra de un cuento infantil.
Este bosque encantando huele a muerte, está muerto. Hace pocas semanas, menos de 20, era el área protegida más joven de Bolivia, el orgullo del municipio de Charagua, el parche que conectaba el Kaa-Iya con Otuquis: era el refugio grande de los ayoreodes que aún se niegan al yugo de la modernidad. Hoy, Ñembiguasu -dice la bióloga Tavera- es una enorme herida abierta que nadie sabe por dónde comenzar a suturar.
“Estoy segura, voy a pasar la vida trabajando en su restauración y no lo veré restaurado”, reniega. Ha llorado varias veces en los últimos 90 minutos y llorará otras más antes de que se ponga el sol. Ella trabajó en la investigación que llevó a Ñembi a ser área protegida, había recorrido sus matorrales, sus estancias, pero entre toda la quemazón le costó reconocer dónde había estado antes.
Ñembiguasu es la segunda área protegida más grande del Chaco americano. Tiene 1,2 millones de hectáreas, de las cuales más de 400.000 fueron arrasadas y le dejaron una brecha vertical de más de 100 kilómetros de largo por cuatro de ancho y otra transversal que mide unos 20 kilómetros.
Ñembi se quemó por joven, indígena y pobre. En sucesivas oleadas de fuego ardió por más de un mes y nunca nadie movió un dedo para apagarlo.
La ayuda estaba cerca, en Roboré, pero como pertenece a Charagua y su capital está a más de 300 kilómetros, no se escucharon las súplicas.
No tiene comunidades al interior, solo unas pocas estancias desperdigadas, que en la última década han visto multiplicarse su valor, desde unas pocas decenas de miles de dólares, hasta más de un millón por 1.000 hectáreas. Así, mientras todos defendían el paisaje icónico de Tucabaca, el chiribital austero de Ñembiguasu ardió en soledad.
Ahora, Juan Carlos Catari, biólogo especialista en flora que trabajó en la zona, teme que haya la tentación de cambiar el uso de suelo al parque, que los ganaderos quieran sembrar pasto sobre lo arrasado. En los últimos cinco años, el Instituto Nacional de Reforma Agraria dotó tierras a 58 comunidades, por lo que Catari llama a exigir la inmovilización de toda el área siniestrada.
“Ñembiguasu tardará décadas en recuperarse -dice-. Ese ecosistema era virgen, tenía muy poca intervención humana, estaba sobre un suelo como el de las lomas de arena. Imagínese lo que ha tenido que pasar la vegetación del lugar para evolucionar. Toda la hojarasca que caía al suelo se reciclaba rápidamente. No hay bancos de semillas y lo que surgirá ahí después de las primeras lluvias serán especies pioneras”.
No es muy común que llueva en Ñembiguasu. Tiene un clima xérico y la lluvia se concentra en tres meses del año. Tras el fuego, la sequía continúa la matanza. A unos cien metros de las osamentas tres cerditos troperos, un jochi calucha se rindió. No estaba quemado. Tenía las patas el pelo tiznados por el camino recorrido en su búsqueda inútil de nuevos brotes y de agua. Quedó tendido en el arenal con un gesto que combinaba alivio y resignación.

San Matías
“El fuego llegó cuando yo no estaba. Habíamos defendido bien la hacienda, ya había pasado, pero volvió”, dice un hombre que tal vez se llame Saúl.
El fuego siempre llega cuando el que está a cargo de la hacienda no está. Nunca tiene testigos directos, solo héroes que lo apagan o víctimas que lo sufren.
Esto es Turubai, una estancia en medio de San Matías, pero el hombre zarco, de unos 50 años, acaba de decir que esto se llama El Porvenir. Está sentado debajo de un jorori monumental que aleja los 40 grados del suelo. A su alrededor, el beso del fuego sobre el pasto es evidente: el suelo tiene un color negro gomoso, como un desastre petrolero.
Sobre las manchas negras vuelan las parabas azules, las más raras del mundo. En Bolivia, solo quedan 300 y anidan aquí, en medio de San Matías, entre estancias ganaderas, pampas, palmares y restos de bosque cerrado que ya fue visitado por el fuego. Están más hurañas que de costumbre. Cuando un humano se acerca, salen volando en pareja, se alejan de la amenaza.
“No sabemos qué efecto va a tener el incendio sobre las parabas -dice la bióloga Tavera-, si los pichones van a sobrevivir, si los nidos de esa zona van a volver a ser utilizados. Esta es la especie emblemática del ANMI San Matías. Es como un paciente en terapia intensiva, necesita vigilancia, cuidados especiales”.
El fuego que pasó por debajo de las parabas azules -las más grandes del planeta, las únicas filmadas usando herramientas para romper las nueces de motacú- fue defendido por seis guardaparques, que, apoyados por un grupo de estancieros y sus maquinarias, no pudieron detenerlo ni abriendo brechas.
“Mientras nosotros apagamos las llamas aquí, el incendio ya estaba 200 metros más adelante”, dice Danner Flores, jefe de conservación del ANMI San Matías, que para mediados de septiembre llevaba 20 días perdiendo la batalla contra el fuego.
Estaba desmoralizado. Desde Candelaria, sin señal de celular, sin cisternas y con apenas equipamiento, se preparaba para mudar su campamento a San Fernando, para tratar de defender los nidos de parabas y las comunidades. El fuego se comió más 714.000 hectáreas del parque nacional y hasta ese momento, solo habían recibido ayuda de una cuadrilla de 120 soldados y dos grupos de bomberos profesionales, que se quedaron en la zona mientras las comunidades estuvieron en peligro.
Los guardaparques del ANMI San Matías son una radiografía de cómo están cuidadas las áreas protegidas del país. Los tres millones de hectáreas son cuidadas por una docena de hombres, de los cuales solo un 20% tiene ítem del Estado. El resto es recontratado año a año, por un sueldo mensual por debajo de los 500 dólares. Cuando llegó el incendio, la recontratación estaba en trámite. La mayoría de los ‘guardas’ que combatieron en San Matías se enfrentaron al fuego por amor al área, no por una obligación contractual.
Ricardo Barbery, el jefe de la zona norte de este parque nacional, es quizá el hombre que mejor lo conoce. Nació en Pozones y lo ha recorrido de cabo a rabo.
Tiene una visión distinta al resto. Es, además, cacique de Candelaria, una comunidad chiquitana que se queja de la posta de salud mal construida y de un puente de madera que costó más de Bs 2 millones y que tiene las vigas maltrechas.
Él cree indispensable la coexistencia del área protegida con los hacendados, los únicos que dan trabajo a los chiquitanos de la zona. Dice que su parque se ha convertido en el último refugio para jaguares y pumas -tigres y leones, dice él- que huyen de los desmontes en Brasil y del avance de la frontera agrícola en la carretera bioceánica. Un ganadero de San Matías sabe que, por año, los grandes felinos reclamarán medio centenar de reses.
Ricardo Barbery no recuerda un año tan seco como este, ni un incendio tan grande. Para este hombre, el ANMI San Matías es un lugar casi místico. Cuenta historia de borochis, antas y venados albinos, de cómo el agua sube hasta un metro en los meses de lluvia, de lo difícil que es vivir aquí entre la inundación y la sequía. Esa noche, sentado en la cabaña de su casa, estaba convencido de que el humo no podría apagar el fuego.
“Para el hombre hay hospitales, médicos, pero para los animales no hay nada. No hay animal que se haya escapado del fuego. He visto antas, jochis, urinas quemadas. Los que están sobreviviendo están lleningos de cicatrices”, contó.
Ricardo Barbery está convencido que sus bisnietos le reclamarán por este incendio. Cuando cae la noche, sale a patrullar en una camioneta destartalada en busca de cazadores que se apostan en las pocas aguadas a esperar a los animales. “Se aprovechan de la desgracia -lamentó-. Uno queda de enemigo de ellos, pero tiene que haber un poquito de conciencia, no debemos abusar de la naturaleza. Hay personas a las que no les interesan, si pillan cinco troperos, a los cinco lo matan. No les interesa a ellos el futuro, solo les interesa ese momento”.

Monteverde
A veces los santos no escuchan las plegarias. El 29 de agosto, Juan José Leigue, dirigente de Santa Mónica, una las comunidades de Monteverde, la TCO de los chiquitanos en Concepción, rezaba a Santa Rosa para que al día siguiente les traiga agua.
“Santa Rosa es brava. Hay años que trae agua, otros, trae fuego”, reflexionaba. Para ese momento, Juan José calculaba que ya habían ardido unas 5.000 hectáreas de monte.
El fuego había comenzado en la banda de río blanco y la pelea era para que no se acercara a la comunidad. Este año, la santa patrona de los tuberculosos, trajo fuego y Santa Mónica se convirtió en el campamento de los ejércitos argentinos y bolivianos que luchaban, hombro a hombro, contra el temible invasor.
La TCO Monteverde no es un territorio virgen, pero es -o lo era- el bosque en mejores condiciones que había en los alrededores de Concepción y San Xavier. Según la bióloga Tavera, se trata de un bosque secundario, intervenido por humanos, que demuestra que le han sacado grandes árboles, pero aún tiene árboles de gran porte y un sotobosque en buenas condiciones. No es el estado óptimo de conservación, pero era una isla en medio de un mar de estancias y desmontes.
No lejos de Santa Mónica, en Urkupiña, el panorama era desolador. Lo que había sido un monte de ambaibos, hoy son sombras blancas, zarpazos de ceniza sobre el suelo quemado.

Otuquis
Dicen que Otuquis estaba retoñando dos días después de que el fuego lo arrasó. Dicen que ni bien las últimas brasas se apagaron, la lluvia torrencial y el granizo se comenzó a convertir en nueva vida.
Hoy, el parque nacional Otuquis es como esas escenografías de Hollywood, una fachada brillante y luminosa que esconde lo que hay detrás. Por la carretera se ve llena de vida, verde, con flores amarillas y nuevas hojas en las palmeras que fueron arrasadas por el fuego. Desde el aire, pocos cientos de metros más allá, se ve que aún el pasto no lo ha cubierto todo, que el pantano se va recuperando por parches, ahí donde almacenó más humedad, pero que hay zonas, grandes zonas, que aún no han reaccionado.
Otuquis, al igual que algunas zonas del ANMI San Matías, es un ecosistema dependiente del fuego, arde cada cierto tiempo, tiene la fortaleza como para sobreponerse a largos periodos bajo el agua, otro tanto de sequía y a incendios ocasionales. Hay registros de quemas similares al comienzo de la década. El problema está en la periodicidad entre quema y quema.
“Si estos eventos son cada vez más seguidos, no se le da tiempo a que las especies se recuperen”, dice Tavera. Detrás del verde de la carretera, más apegado hacia Ñembiguasu, hay todo un monte de abayoy que también fue devastado.
Allí no hay la humedad del pantano y ese parche no está tan verde ni floreciente como el resto. Este tipo de ejemplos hace que las evaluaciones del efecto del incendio sean cada vez más complejas. Hay que hacer estudios, que serán como armar un rompecabezas sin saber cuáles son las piezas que faltan”, dice Tavera.
Esto no ha terminado. Mientras los últimos fuegos de la Chiquitania y el pantanal se extinguen, comenzó a arder Guarayos y la zona de Choré. La frontera agrícola sigue su avance, el bosque cede.
Esto no terminará este año. Ricardo Barbery dice que el fuego ha dejado un montón de árboles muertos en pie, que esos troncos tardarán cinco años en estar completamente secos. Ahí, todo el pantanal volverá a arder. Será otra vez un espectáculo infernal.
Fuente: eldeber.com.bo

