Cómo fueron los últimos días del doctor Óscar Urenda

Lo relatan quienes estuvieron cerca suyo, en la primera fila de la trinchera desde el Sedes. El Secretario de Salud no se guardó del peligro, se entregó todo, en servicio a su gente.

Gina Justiniano Cuéllar

No se guardó del peligro, se entregó todo



El Deber

“(Se siente) un dolor inmenso. Es una cosa de no creer, estamos en una pesadilla buscando despertar”, dice una de las funcionarias del Servicio Departamental de Salud (Sedes). Ver a diario al doctor Óscar Urenda era parte de su rutina. Ahora el virus se ha llevado también eso.

Desde que la pandemia del Covid-19 aterrizó en Santa Cruz el 10 de marzo los funcionarios de salud empezaron a acostumbrarse a llevar golpe tras golpe. El doctor Urenda no fue la excepción. No se guardó del peligro, se entregó todo.

“Es algo –un dolor- que viene desde adentro”, intenta explicar el doctor Carlos Hurtado, responsable del equipo de primera respuesta al Covid-19 de la Gobernación. Él es uno de los que está en la trinchera, que junto a Marcelo Ríos y Dorian Jiménez salen a buscar el virus, bajo el brazo del líder que era Óscar Urenda.

Le tocó ver a su superior con el respirador puesto, y constató que llevaba el tratamiento adecuado en la clínica donde fue internado. Lamentablemente esta enfermedad-el Covid-19- es dramática, invade los pulmones y los destruye.

¿Pudo estar a su lado cuando expiró el último suspiro de su aliento? Físicamente no. Nadie pudo hacerlo. “Esta enfermedad nos ha quitado hasta ese lazo humano, el abrazo, el poder estar junto al paciente, visitarlo, llevarle su jugo, una fruta, es decir, todo lo que siempre se ha hecho con los pacientes. Este virus hasta eso nos ha arrebatado. Estábamos pendientes de él, todos los días recibíamos su reporte viral”, confiesa Hurtado.

Las horas siguientes a su fallecimiento sus colaboradores más cercanos estuvieron en la clínica donde estaba internado, apoyando moralmente y con lo que fuera necesario a la familia.

Se sabe que el gobernador sigue consternado por su amigo de toda la vida. Juntos habían dado una lucha  sin cuartel desde el primer día. Los últimos 136 días fueron intensos. “Se me hace difícil asimilar tu partida Osquitar, siempre te admiré porque más de una vez preferiste dar tu vida por los demás, con ese corazón noble y desinteresado. Hoy nuestro país pierde un héroe de la salud, que lideró más de una lucha en el pueblo cruceño. Con dolor y el pesar que embargan mi alma, pido al divino creador que te dé el descanso eterno”, escribió la primera autoridad departamental.

 Del 9 al 23 de mayo el doctor Urenda estuvo en aislamiento y con tratamiento médico. Entonces reportó algunas molestias como dolor de garganta y fiebre. Antes de que acabe el mes ya estaba de mejor talante, fortalecido por haber vencido al virus y tranquilizado por haber “cruzado el charco” cuando salió negativa la prueba que marca la carga viral.

El deber lo volvió a llamar y estuvo de pie, viajando a Beni y luego a Montero, para apoyar en las estrategias contra la pandemia en el primer lugar y acelerando la implementación del hospital de tercer nivel de la ciudad del norte cruceño.

En ambos lugares estuvo expuesto a una alta carga viral. Todavía no hay una explicación detallada, los cruceños solo saben que el doctor Urenda, aquel hombre que salía todas las noches a dar el reporte epidemiológico y que llamaba a la reflexión y a la cordura, ya no estaba más frente a las pantallas.

El 1 de junio el secretario de Salud reveló que había dado positivo por segunda vez al Covid-19. Su estado de salud  fue decayendo con el pasar de los días. El 6 de junio la Gobernación anunció que el secretario de Salud había sido intubado y, a partir de allí, su estado se mantuvo estacionario, hasta la madrugada de este viernes, cuando su vida se apagó y abandonó su cuerpo.

El último encuentro

“El día que fuimos a su tomografía yo estaba ahí, al lado de la computadora y vi una mancha en sus pulmones, él se vino rápido, sin ponerse los zapatos y me dijo: ‘contame la verdad, de nuevo estoy enfermo, ¿no?’ y le respondí vamos a tener que confirmar. Él me dijo ‘no me mintás, yo estoy preparado para todo. Como hemos estado hasta ahora’”, reveló su colaborador, el doctor Hurtado.

Ese fue un día domingo, después de la tomografía se fue a descansar a su casa y  se despidió de su colega diciendo: “Nos vemos en la noche, en el reporte diario (de casos nuevos de coronavirus en el departamento)”. Sin embargo al otro día se internó.

“Fui a verlo unas horas antes de que lo ingresen, entonces me dijo: ‘apoyalo a Marcelo (Ríos, director del Sedes) que yo vuelvo y vamos a seguir siendo los mismos de siempre”, recuerda Hurtado, que apenas tiene tiempo para digerir la ausencia del secretario de Salud de la Gobernación y que sigue con el corazón en vilo pensando en la suerte que correrá su padre, el epidemiológo tan querido, el doctor Roberto Tórrez, que lleva más de un mes  internado por culpa del mismo indecente virus (ingresó a mediados de junio).

Se restableció y se embarcó a Beni

“Cuando fuimos –a Beni- me dijo: ‘Carlos nos vamos a tu pueblo, alistá las vacas’, luego en tono de broma y desde el avión expresó: ‘lo veo flaco tu ganado porque la gente se ha tomado toda la ivermectina y no dejaron nada para las reses'».

¿Cómo era el hombre canoso y del bigote bicolor? Era un hombre que siempre daba certidumbre. Un amigo ideal, honesto, íntegro. “Siempre nos decía que no nos peleemos con nadie, todos nos vamos a necesitar, esa es una frase que la guardo siempre y me sirve cada vez que tengo algún problema», sigue recordando Hurtado, mientras alista su semblante y el barbijo para acudir a los honores fúnebres de la institución que tuvo a Urenda trazando los designios de la salud del departamento por una década.

Los grandes hombres son aquellos humildes y sencillos, con vocación de servicio. Él no tenía ninguna necesidad de exponerse tanto, pero el amor al trabajo y al prójimo siempre lo gobernaron. Era una persona que contestaba el teléfono siempre, eso lo dicen todos. Podían ser las cinco de la madrugada y me decía: ‘Carlos, mandá una ambulancia a tal parte. Andá ve tal paciente’, él nunca fue una persona que imponía, el pedía por favor y siempre nos daba certidumbre, tranquilidad y esperanza», concluyen sus colaboradores. Gente que conoció a un verdadero líder y que hoy los embarga una profunda sensación de pérdida.