10 de Febrero de 1781: El movimiento criollo que enarboló la bandera de la libertad

El 10 de Febrero fue el hito histórico que marcó el destino de una nación / LA PATRIA
Fuente: La Patria

Los anales de la historia están cimentadas en páginas escritas con heroísmo y bravura, y no básicamente establece lo que los cronistas intentan hacer prevalecer, según su criterio o sentimiento, proporcionando preconceptos que dañan las pléyades actuales, sumidas en vaciedad y desconcierto.

Lo cierto, es dar su lugar a los personajes que forjaron un destino, del cual hoy somos dichosos de vivir, no por las circunstancias actuales que matan sin piedad, sino por el simbolismo que representa Oruro, en toda su dimensión y de lo cual, en la boga, sus habitantes olvidaron por completo, el verdadero sentido de su significado.

Un hecho filosófico adelantado a su tiempo

El 10 de Febrero de 1781, no puede ser considerado un episodio más de los sucesos pre-independentistas, sin realce en los escritos reflejados en los libros de historia comunes que solo le quitan protagonismo a su valía, al contrario, es un hecho inminente filosófico, adelantado a su tiempo y que clamaba con ansias: “¡Libertad!” y que implícitamente dio una directriz, la democracia.



La efemérides de Oruro, marcó a profundidad aquel mensaje, que 44 años después, haría realidad el surgimiento de una nación libre, soberana e independiente, que si en su momento se hubiese entendido en toda su dimensión, hoy quizá su reconocimiento sería de mayor valor o simplemente la historia hubiese tenido un camino diferente.

Para entender lo que pasó aquella fecha, es necesario remontar el tiempo a 1739, cuya base ideológica fue patentada en el Manifiesto de Agravios de Juan Bélez de Córdoba, un documento que poseía una filosofía contra la opresión y cuya idea de libertad llegaba como producto del raciocinio coherente ante la injusticia desproporcionada que impuso el europeo saqueador.

La Proclama de Sebastián Pagador fue la mecha que encendió la chispa de la libertad / LA PATRIA

“Se suplica a los criollos y a los caciques y a todos los naturales le den la mano para que esta tan heroica acción de restaurar lo propio y libertar la patria, purgándola de los Guampos que nos consumen y cada día va a más nuestra ruina”, reza un párrafo del Manifiesto.

Cuando todo parecía darse, hubo un “judas” insano, matando cualquier espíritu libertario, llevando a su ideólogo a la cuerda de la desazón, cuya horca se encargó de destruir al hombre, mas no a las ideas que se sembraban en aquel momento.

Ese brío rebelde perduraría en la Villa San Felipe de Austria y cuyas venas estaban muy enraizadas en sus habitantes que a la postre harían temblar los pilares de la corona, que no esperaba la acción temeraria de los héroes orureños, quienes decidieron enarbolar la bandera de la libertad y ahí está su mérito, al constituirse como el primer grito de la América morena.

El alzamiento del 10 de Febrero fue de criollos, que inicialmente se preparaban a defenderse de los indios que venían de Sora-Sora y otras latitudes; que luego, ante la invasión se los aceptó como aliados, un día después de la revolución, pero por el vandalismo que demostraron al final, se los tuvo que combatir también para reducirlos a sus poblados naturales.

Jacinto Rodríguez fue uno de los principales promotores del 10 de Febrero / LA PATRIA

La bandera de la libertad

No se debe olvidar que el 10 de Febrero de 1781 no fue por el interés de adueñarse por una riqueza económica como ocurrió con los sucesos independentistas de otros departamentos, sino que la idea de los habitantes era clara y se resumía en una sola palabra: “¡Libertad!”. Tampoco tuvo relación con la rebelión de Túpac Amaru, como confunden y afirman muchos historiadores.

La revolución del 10 de Febrero fue una rebeldía propia de todos los orureños, cuya causa y doctrina se puede pesquisar en la filosofía que aunó a los insurgentes de febrero a sola voz.

Las premisas de la insurrección fueron: Por el abuso de los corregidores sobre criollos e indios; por el descontento de la mita; por la imposición de compras inútiles de baratijas; por la discriminación racial de pertrechos y alimentos, así como en el material de explotación de la mina; por el cobro exorbitante de materiales vendidos por los españoles y la estafa en la comercialización de los minerales; y finalmente, por la imposición de autoridades europeas suplantando a las autoridades criollas nombradas para la Alcaldía de la Villa.

Los héroes que sucumbieron ante la corona

No cabe duda que el 10 de Febrero tuvo un caudillo, Jacinto Rodríguez de Herrera, junto a él actuaron otros protomártires como Menacho, Herrera, Flores, Azurduy, Mejía, Caro, Montesinos y el sargento mayor Sebastián Pagador.

En sus manos tuvieron el destino de aquella epopeya que se inició aquel 10 de febrero, que tuvo un componente esencial, una proclama que nació del sentimiento más noble de los insurrectos americanos, en la voz de Pagador, que transmitía la convicción y la pretensión de dar fin con el desleal sojuzgador.

La traición indígena hizo que se condenara a muerte a los héroes / LA PATRIA

“Amigos, paisanos y compañeros: estad ciertos que se intenta la más aleve traición contra nosotros por los chapetones, esta noticia acaba de comunicárseme por mi hija, en ninguna ocasión podemos mejor dar evidentes pruebas de nuestro amor a la patria, sino en ésta. No estimemos en nada nuestras vidas, sacrifiquémoslas, gustosos en defensa de la libertad, convirtiendo toda la humanidad y rendimiento, que hemos tenido con los españoles europeos, en ira y furor y acabemos de una vez con esta maldita raza”.

Sonaron las campanas de la Iglesia de la Matriz y el plan estaba en marcha, simultáneamente, llegaba herido de muerte a la casa de José de Endeiza, donde ahora es el edificio de Entel, José Cayetano Casas, quien daba la alerta a los chapetones de aquel alzamiento, que era protagonizado por criollos y no por indios como corrió la voz días antes.

Endeiza obligado por el destino y sabiendo que era el final de sus vidas se dirigió a sus congéneres: “Amigos y compañeros: Se hace cierta la sedición de los criollos contra las extranjeros. Nuestro delito es éste, el haber venido de otras tierras. Por esto nos quieren a mal. No hay remedio… que moriremos…”.

Minutos después, se libra una encarnizada lucha, los españoles utilizan sus armas con el propósito de terminar con los criollos, pero estos armados de piedras y hondas contraatacan, incluyen entre sus elementos, ají encendido para vencer al enemigo.

Ríos de sangre real corrieron por ese sector, convirtiéndose la casa real en cementerio de terror. El objetivo se había dado y aquel 10 de Febrero, no solo veía la luz de la libertad, sino que se establecía por primera vez en la América morena, la democracia, era el pueblo que comenzaba a gobernar su propio destino.

Sin embargo, aquel fin se convirtió en un despropósito al día siguiente, cuando los indios invadieron la Villa. En su afán de defender las Cajas Reales, Sebastián Pagador es desollado vivo por la indiada, solo con el único fin de saciar su sed de saqueo.

Los criollos tuvieron que vestirse de indios para resistir varios días de pesadilla instaurado por el régimen que llegó de los alrededores, quienes entregan la Villa a Urrutia, y éste pueda imponer una vez más el poderío colonial con su ejército, matando las aspiraciones criollas de libertad.

Los héroes que sobrevivieron a la ambición de los indios, fueron entregados a la corona y desterrados de su propia tierra para morir en el abandono en la cárcel de Oruro en Buenos Aires Argentina, muchos de ellos, sin un juicio.

Es la historia que demanda de sus hijos el reconocimiento eterno del primer grito libertario de América, que mediante aquella epopeya, construyó el sendero de la liberación y a la postre allanó los cimientos del surgimiento de una nación.