El sin fin del pin

¿Con qué frecuencia les pasa que intentan ingresar a un sitio web, una aplicación, una cuenta digital —de las muchas que se tienen—, y no se acuerdan la contraseña, el pin, el password o cualquier clave que les es exigida para autentificar que son ustedes los que dicen ser?

En los últimos tiempos, para casi todas nuestras actividades digitales, tenemos que tener en mente un usuario y un número de identificación personal (PIN: Personal Identification Number), es decir, un código —que puede ser alfanumérico—, para ingresar a los sistemas y/o acceder a los servicios que estamos requiriendo.



El “santo y seña” de los lugares y aparatos electrónicos que visitamos con cierta frecuencia (teléfono celular, computadora, tableta, correo electrónico, redes sociales, cuentas bancarias, tarjetas de débito y crédito y un largo etcétera) los recordamos, casi automáticamente. Sin embargo, existe otro largo etcétera (páginas de suscripción, blogs, aplicaciones, sitios web, revistas, servicios en la nube, publicaciones, etc.) a los que visitamos con menos regularidad, y por lo tanto, es casi imposible que nuestra memoria pueda recordar las llaves secretas que nos permitan abrir, con la misma facilidad, esas mágicas puertas virtuales.

Mentalmente, cuando hacemos un balance entre seguridad y comodidad, apostamos por la comodidad y utilizamos una misma clave para todos los espacios donde la protección a la integridad y confidencialidad de la información y de nuestros datos personales no sea tan importante. De esta manera, y en función del número de caracteres que nos exijan, vamos acomodando y teniendo diversas versiones de una misma clave para diferentes sitios. Los más perezosos, optamos por no complicarnos y hacer lo obvio: según un estudio de la consultora estadounidense, DataGenetics, de una muestra de más de tres millones de usuarios, el PIN más popular es 1234, con casi el 11%; el siguiente es 1111, con el 6%; y el tercer lugar, con 2%, le corresponde al 0000.

En uno de los capítulos de la serie de televisión francesa de suspenso y misterio, Lupin (Netflix), cuyo protagonista se inspira en las aventuras de Arsène Lupin, el ladrón de guante blanco, se desbloquea un aparato celular robado con la siguiente lógica: si el dueño ya tiene arriba de cuarenta años, hay muchas posibilidades de que los cuatro dígitos para desbloquear su teléfono móvil coincidan con el año en que nació. ¿Alguno de ustedes, nacidos antes de los ochenta, ya usó el año de su nacimiento como contraseña? No lo hagan. Es un mecanismo tan obvio como el 1234.

Investigando sobre el tema, descubrí que las empresas de la esfera tecnológica, le dan tanta importancia a este tema que han seleccionado un día del año, el primer jueves de mayo, para organizar el Día Mundial de las Contraseñas, como medida para reforzar el uso de contraseñas seguras que protejan la identidad digital de los usuarios.

En principio, si los campos lo permiten, una contraseña fuerte o segura debe tener una considerable extensión y ser una combinación de símbolos, mayúsculas, minúsculas y números. Para suerte de los despistados usuarios, están apareciendo, cada vez más, aparatos con reconocimiento facial, aunque todavía se confunden si se usa barbijo. Lo ideal es hacer uso de un software o herramientas que crean y administran contraseñas. Son útiles porque importan datos, automatizan, crean y almacenan claves. Además que simplifican esa molesta recomendación: “cambiar las contraseñas de manera periódica”. ¡Justo cuando ya habíamos memorizado las anteriores!