Con o sin vacunas la olimpiada por la vida no se detiene

No podemos huir de la realidad, ni escondernos bajo tierra. Lo que hay que hacer es controlar la realidad, ser parte de ella, asumirla, vivirla y superarla. Jaime Barylko, filósofo argentino, nos habla del camino del medio, el más valioso, como el oro, el que nos aleja de los extremos opuestos, de la ira y de la indiferencia, del amor absorbente y de la frialdad extrema, de la exagerada generosidad y de la mezquindad, de la severidad y de la indulgencia.

Es tiempo de filosofía, de pensarnos, de leernos por dentro. De mirarnos a fondo y con sinceridad. No hay por qué tener miedo. Es buena la lectura del alma. No cerrar tus páginas de tu propio libro. Antes de buscar las salidas a tus problemas en un bar, en un prostíbulo, o en la cerveza, hay otros caminos. Necesitas filosofar y convertirte en filósofo de la vida. No cuesta, casi nada. Solo sumérgete en tu propio yo, en tu verdad, al fin y al cabo, todo hombre tiene la verdad en su interior. De eso nadie te lo puede arrebatar. “Para ser filósofo no basta tener pensamientos sutiles ni siquiera fundar una escuela; basta con amar la sabiduría, de modo que podamos vivir, según sus preceptos, una vida sencilla, independiente, magnánima y confiada”, ha dicho Thoreau, escritor estadounidense.



Aristóteles agrega a este fin: “Obtenemos las virtudes ejercitándolas en primer término como ocurre también en el caso de las artes. Las cosas que debemos aprender antes de hacerlas, las aprendemos haciéndolas; los hombres se vuelven constructores construyendo y ejecutantes de la lira tocando la lira; también nos volvemos justos ejecutando actos justos; moderados, ejecutando actos moderados…los legisladores crean buenos ciudadanos formando hábitos en ellos…ejecutando ciertos actos en nuestras transacciones con otros hombres nos volvemos justos o injustos. Así pues, es muy importante que formemos hábitos de una u otra clase en nuestros jóvenes”.

Además toma nota de estos consejos Arthur Schopenhauer: “De hecho la ausencia de toda meta, de toda frontera, pertenece a la esencia de la voluntad en sí, que es un tender infinito…esto se manifiesta de la manera más simple en el grado más bajo de la objetividad de la voluntad; a saber, en la gravedad, cuya tendencia constante está a la vista con una imposibilidad evidente de una meta final. Por eso tender de la materia puede ser siempre sólo obstaculizado, nunca jamás realizado o satisfecho…Cada meta alcanzada es a su vez el principio de una carrera nueva, y así hasta el infinito”.

El filósofo español José Ortega  y Gasset te lanza a dar grandes saltos: “Para que la filosofía surja en un pueblo tiene que haber ocurrido una ruptura en el mundo real. Entonces, la filosofía es la reconciliación de la decadencia que el pensamiento ha empezado; esta reconciliación ocurre en el mundo ideal, en el mundo del espíritu, en que el hombre se refugia, cuando el mundo terreno ya no lo satisface”.

Pero desde lo profundo del alma y la fe en Dios hay otra salida, como nos lo plantea San Agustín en Confesiones:  “Yo, Señor, sé con certeza que os amo y no tengo duda en ello. Heristeis mi corazón con vuestra palabra, y luego al punto os amé…Pero ¿qué es lo que yo amo cuando os amo? No es hermosura corpórea, ni bondad transitoria, ni luz agradable a estos ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores…Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios; y no obstante eso, amo una cierta luz, una cierta armonía, una cierta fragancia, un cierto manjar y un cierto deleite cuando amo a mi Dios, que es luz, melodía, fragancia, alimento y deleite de mi alma”.

En tiempos de postconfinamiento, de vacunas, de terceras, cuartas olas, no le des un milímetro de espacio al miedo y a la angustia, puedes cobijarte en los brazos de la filosofía. Si estimado lector, es tiempo de filosofar tu vida, pensar tu diario vivir, que te dejes atrapar por estos aires de virtudes, conocimientos, sueños, consejos, palabras de esos seres de luz que la humanidad ha parido en cada periodo histórico.

No importa ganar una presea de oro en la olimpíada por la vida, sino competir y sentirte orgulloso por cada paso que recorres.

Hernán Cabrera M. es Lic. en Filosofía y Periodista