Internet y la red GPS quedarían ‘KO’ tras una gran tormenta solar (y se avecina un ciclo de gran actividad solar esta misma década)

En 1859, las líneas de telégrafo —el tatarabuelo de Internet— ya conectaban entre sí los países avanzados del planeta, uniendo Europa y América del Norte a través del Atlántico. Sin embargo, entre el 1 y el 2 de septiembre de ese año, ocurrió algo que provocó que ambos continente volvieran a quedar temporalmente aislados.



Ahora, un estudio científico de la Universidad de California nos advierte que podríamos volver a sufrir algo similar; o, en realidad, algo bastante peor, pues nuestra dependencia de las telecomunicaciones y de la tecnología es ahora muchísimo mayor que entonces.

Y es que, en ambos casos, el culpable de ambos sucesos sería el mismo: el propio Sol. O, más concretamente, las tormentas solares.

¿Qué efectos tiene una tormenta solar?

Las tormentas solares son un fenómeno bastante habitual. Pero ni siempre muestran la misma virulencia, ni siempre afectan con la misma fuerza a nuestro planeta. Sin embargo, en algunos casos, la ‘llamarada solar’ es tan potente y nos da tan de lleno que la magnetosfera terrestre queda temporalmente deformada.

Esto tiene un lado bueno y otro terrible. El primero es que, durante unos días, el mundo entero —incluso en los Trópicos— podrían presenciar unas magníficas y descomunales auroras boreales (un fenómeno habitualmente relegado a los círculos polares). ¿El lado malo? Un apocalipsis de las telecomunicaciones: la red GPS y los grandes cables submarinos que vertebran Internet quedarían inmediata e irrevocablemente ‘KO’.

La fibra óptica de los cables submarinos no se vería afectada por la tormenta solar… pero sí los componentes electrónicos de las decenas o cientos de repetidores que esos cables contienen cada 50/150 kilómetros.

Limitándonos a lo que afecta únicamente a Internet, la pérdida de conectividad que eso generaría sería masiva: países enteros se verían aislados y otros, aún conservando conectividad local (la fibra óptica no es especialmente sensible a las tormentas solares), se verían desconectados de las fuentes de datos, no sólo por la imposibilidad para conectar con plataformas online de otros continentes, sino porque el mismo servicio de DNS podría caer a causa de las interrupciones en cadena.

Lo ocurrido en 1859 se conoce ahora como el Evento Carrington en honor al astrónomo aficionado de la época que lo estudió: fueron sus observaciones las que permitieron descubrir que —más allá de los titulares de la prensa de la época de los telegrafistas afectados por descargas eléctricas, de los postes de telégrafo soltando chispas, e incluso de las líneas que seguían retransmitiendo una vez desconectadas— nuestro planeta había sido golpeado por la mayor tormenta solar jamás registrada.

Pero tormentas solares mucho más pequeñas que aquella también se han dejado notar, y en fechas mucho más recientes: una llamarada lanzada por el sol en marzo de 1989 provocó el Gran Apagón de Quebec, dañando el transformador de la central nuclear de Salem. Unos cuantos kilómetros al sur, en Florida y Cuba, los cielos brillaron con auroras boreales.Telegraph

Las tormentas solares ya provocaron el caos cuando esto era el último grito en tecnología. Ahora sería mucho peor.

¿Estamos preparados?

En 2015, el presidente estadounidense Barack Obama firmó una orden presidencial para impulsar medidas capaces de «preparar a la nación para eventos climáticos espaciales».

En 2016, un estudio encargado por la Agencia Espacial Europea reflejaba que cabía estimar el daño socioeconómico de un único fenómeno meteorológico espacial extremo en hasta 15.000 millones de euros, sólo en nuestro continente».

Un par de años más tarde, una entidad denominada AEPCCE (Asociación Española de Protección Civil para el Clima Espacial, el EMP y los fenómenos ‘Black Swan’) presentó ante el parlamento nacional y los 17 parlamentos autonómicos solicitudes para la promulgación de normativa capaz de hacer frente a las tormentas solares y a otros de los llamados eventos ‘HILF’ (siglas de ‘baja frecuencia, alto impacto’).

Si bien nunca llegó a aprobarse nada al respecto, la Estrategia de Seguridad Aeroespacial Nacional (PDF) aprobada en 2019 por el Departamento de Seguridad Nacional de nuestro país sí mencionaba las tormentas solares como «amenaza de potencial catastrófico»:

«cuyas consecuencias más adversas son el bloqueo de radiocomunicaciones, los daños de componentes electrónicos de satélites y en redes de transmisión de electricidad, la degradación de señales de sistemas satelitales de navegación y los daños por radiación a tripulantes de vehículos aeroespaciales».

Ninguna referencia a los cables oceánicos ni a Internet, por otro lado. Justo a continuación señala que estos eventos extremos de meteorología espacial son «raros (estadísticamente se producen cada 100 o 200 años)», pero no hay que olvidar que ya han pasado 160 años desde el Evento Carrigton.

Y… sorpresa: según un estudio de mayo de este año, elaborado por la Univ. de Reading, se avecina un ciclo de enormes tormentas solares entre 2026 y 2030.

Pere Puig, uno de los investigadores de la Univ. Autónoma de Barcelona que en 2019 estudiaron la probabilidad de que volviéramos a experimentar un ‘evento Carrigton’, afirmaba lo siguiente:

«Una probabilidad alrededor del 2% como la que hemos calculado para una tormenta muy intensa no es nada despreciable teniendo en cuenta las consecuencias de este evento. Los gobiernos deberían tener protocolos de actuaciones ante desastres de este tipo, para informar y tranquilizar a la población […] Habrá muy poco margen temporal antes de la llegada imprevista de una tormenta de estas características».

La matemática Isabel Sierra, otra de las investigadoras implicadas en aquella investigación, recordaba que un estudio previo de 2013, realizada por la compañía de seguros Lloyds y de la Atmospheric and Environmental Research, estimaba que los efectos en las infraestructuras derivados de una tormenta solar de ese calibre podrían durar más de un año. Desde luego, ni los satélites de la red GPS ni los repetidores de los cables oceánicos son algo que pueda reponerse en unos días.

Imagen principal | NASA

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