“Le pido a mi hijo que venga, nada más quiero”: el sufrimiento de los abandonados en la vejez

Los adultos mayores no solo sufren por la pandemia, que los ha obligado a vivir casi en el encierro, también lo hacen por el abandono. Estas son sus historias.

 



Fuente: Unitel

Hay un antes y un después de la pandemia. El Covid-19 cambió la vida de todos. Sacó a relucir luces y sombras de mucha gente que ayudó a los más necesitados y otra que se aprovechó de los más vulnerables o los dejó en la calle, aun cuando se tratase de sus propios padres o abuelos.

Rodrigo Vásquez, director de Atención Social Integral de la Alcaldía de La Paz revela la triste realidad de la tercera edad: «por lo menos al mes tenemos alrededor de 12 a 13 casos de adultos mayores abandonados, hemos tenidos en estos tres meses un promedio de 18 rescates aproximadamente», relata.

En la ciudad de El Alto la situación es similar. Los adultos mayores sufren más los efectos de la pandemia cuando son excluidos, incluso de sus propias familias que los abandonan a su suerte.

Maribel león, responsable de la Unidad del Adulto Mayor de la Alcaldía de El Alto explica: «en el tema del último trimestre 800 casos hemos recibido, el 40 por ciento es de violencia, de maltrato al adulto mayor, maltrato psicológico, físico, el despojo de sus bienes, de sus renta y finalmente el abandono«.

Ese abandono que figura en estadísticas del Estado tiene nombres y apellidos. Agustín Rocha tiene 82 años, tiene un hijo que se olvidó de él, con suerte lo visita una vez al año. Agustín vive en una habitación precaria, tiene su ropa y enseres apilados. Cocina y duerme en el mismo espacio y además es ciego.

«De qué sirve que uno tenga un hijo si ni se acuerda de uno, me dejó su número, llamo y está apagado, no funciona, pero es asá, a veces hay que tener suerte para los hijos”, cuenta Agustín a Unitel. Cuando le preguntamos qué le diría responde con tristeza: “que venga, que se eche de menos, no le pido nada más”.

Lo cierto es que Bolivia es un país que cada vez tiene mayor población adulta mayor. Según registros del Viceministerio de Igualdad de Oportunidades, en 2001 había 579 mil adultos mayores en todo el país, para 2012 esa cifra subió a 878 mil adultos mayores y con ese incremento subieron también las necesidades para ese sector vulnerable.

“Se está proyectando, según el INE para esta gestión 2021, aproximadamente 1.136.274 personas adultas mayores, eso significa que la tendencia va a crecer«, señala Miriam Huacani, viceministra de Igualdad de Oportunidades.

De ese millón de adultos mayores miles viven hoy en pobreza y en situación de calle. Afrontar la pandemia sin un techo, sin familia y sin dinero pone en jaque a esa población. El Gacip es un grupo de apoyo social que especialmente en la cuarentena rígida trabajo sin pausa. Carlitos fue uno de los beneficiados, nació en 1938. Tiene 83 años y cuando la Policía lo conoció, el adulto mayor se alimentaba de comida que encontraba en los contenedores de basura.

«No tenía documento de identidad, se le sacó el carnet, puede cobrar ahora su rentita y está cubriendo los gastos de alimentación y vivienda que necesitaba, estaba totalmente abandonado, comía lo que encontraba en la basura», cuenta el mayor Jorge Ruiz, comandante del Gacip La Paz.

Volvamos a ese poco más de un millón de adultos mayores que viven en el país. Según estadísticas del Ministerio de Justicia, solo 176 mil viven de su jubilación y el resto sobrevive con los Bs 350 mensuales del bono por la edad.

La viceministra de Igualdad de Oportunidades señala que «el 16,72 por ciento serian jubilados o rentistas y una gran mayoría, el 83.28 por ciento subsiste de alguna u otra forma con el pago de la renta Dignidad».​

Y así, miles de adultos mayores en vez de descansar, siguen trabajando, muchos en las calles. Las cuarentenas por la pandemia los dejaron sin ingresos económicos. A casi un año y medio del inicio de la pandemia en Bolivia muchos hombres y mujeres de la tercera edad decidieron dejar el confinamiento y volver a ganarse el pan diario a pesar de los riesgos.

Máximo Mamani tiene 85 años, vende chicles: “Sin trabajo no se puede también vivir, 30, 40 (bolivianos) me gano vendiendo así”, cuenta.

Rosario Choque, de 82 años, es comerciante de ropa usada: “Me canso pero qué voy a hacer, también mi vista está mal no veo bien».

La pandemia no solo hizo trizas la economía sino la salud mental de los adultos mayores. Muchos estuvieron y están aún aislados de todos, incluso de sus familias. Así, la depresión es otra consecuencia de la pandemia en esta población de riesgo.

En el hogar estatal Maria Esther Quevedo de la ciudad de La Paz viven 27 adultos mayores. Todos fueron abandonados por sus familias y se encontraron casi al final de sus días para ser ellos una nueva familia que se acompaña en estos momentos difíciles. Tienen diferentes terapias para combatir la depresión, hacen gimnasia, tienen sector de lectura y también tardes de karaoke.

El paso del tiempo es implacable, y todos en algún momento estarán en los pies de estos hombres y mujeres que hoy necesitan del afecto de sus seres queridos. 

Vivir en el abandono
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