Radmila Jovicevic de Marinkovic, una baluarte de la agroindustria cruceña

La empresaria nacida en Montenegro llegó a Bolivia en 1958 luego de enfrentar los horrores de la Segunda Guerra Mundial y posteriormente el azote del régimen comunista de Yugoslavia. Su esposo fue un héroe que combatió contra el nazismo y paradójicamente después tuvo que enfrentar la violencia de los socialistas.

 



 

Fuente: eldia.com.bo

Radmila Jovicevic de Marinkovic, una de las pioneras de la industria aceitera en Bolivia, falleció este martes a la edad de 90 años y deja un profundo vacío en su familia, que lleva adelante un legado que construyó junto a su esposo, Silvio Marinkovic.

La empresaria nacida en Montenegro llegó a Bolivia en 1958 luego de enfrentar los horrores de la Segunda Guerra Mundial y posteriormente el azote del régimen comunista de Yugoslavia. Su esposo fue un héroe que combatió contra el nazismo y paradójicamente después tuvo que enfrentar la violencia de los socialistas.

Antes de caer enferma gozaba de una extraordinaria lucidez mental. Casi todos los días acudía a su oficina a revisar las cifras de la primera industria aceitera de Bolivia, soñada y fundada por ella y por su esposo Silvio Marinkovic cuando en Santa Cruz todavía transitaban algunos carretones a los que había que buscar para conseguir agua.

Recordaba hasta los detalles más mínimos la anécdota de una travesura infantil que encabezó con sus primos, cuando era muy pequeña, y que la dejó extraviada sola y junto a una piedra de una playa de su añorada y lejana patria Montenegro, en el sureste europeo.

Radmila Jovicevic de Marinkovic llevaba consigo desde hace tiempo los atributos que la convirtieron en una Matriarca, con mayúsculas. Fue la Gran Dama que luchó cada minuto de su vida en Bolivia para construir una empresa próspera que perdure en el tiempo. Nadie mejor que ella tuvo contacto con la propia entraña del negocio, no solo porque manejó siempre sus números, sino porque empezó en persona cargando a mano las botellitas con aceite, en la etapa aún artesanal de lo que es ahora la gigantesca Industrias Oleaginosas S.A. “Voy casi todos los días a mi oficina del Parque Industrial. Siempre hay algo qué hacer. Sé cuánto vendemos, qué compramos, y cómo nos va”, expresó durante una entrevista que concedió a la revista Forbes Bolivia, en mayo de 2019.

La agrónoma golpeada por el comunismo

Su primer golpe  duro en la vida fue el fusilamiento de su padre Dusan Jovicevic, por el régimen comunista de Tito, en la exYugoslavia. Lo recibió a sus 12 años, cuando todavía era una niña. Un día antes de la tragedia, su progenitor había decidido esperar que uno de sus cuñados se recupere de una enfermedad para sumarse a un grupo que los invitó a escapar de la dictadura. La demora obligada le llevó a una muerte violenta. Su padre, que había conseguido un buen patrimonio con la exportación de maíz, perdió la vida a los 42 años y dejó en la orfandad a ella y a sus cinco hermanos: Vjera, Bojanka, Milan, Liljana y Aleksandra. También el régimen los despojó de prácticamente todos sus bienes.

De ahí en adelante, su madre Stanka Scepovic tuvo que tomar la batuta del mantenimiento del hogar. “Mi padre y sus dos hermanos eran agricultores que se dedicaron a exportar maíz. Mi madre era de una familia más aristocrática y después que fusilaron a su esposo fue a pedir trabajo. ¿De qué va a trabajar usted? Le preguntaron. Ella respondió que de todo lo que fuera posible para criar a sus hijos”, dijo en la entrevista, mientras evocaba que desde entonces ella ayudó a una de sus hermanas a tejer mientras estudiaba.

En la universidad no pudo cursar la carrera de Literatura, que fue la que siempre la apasionó. El régimen comunista la obligó a estudiar Agronomía, que, de todos modos, la ayudó en parte a su actividad que desarrolló años después en Bolivia. “Solo podía estudiar becada y el Estado comunista era el que decidía qué debía hacer la gente. Yo vivía en Cetinje, la ciudad más importante de Montenegro, pero me mandaron a Zagreb, porque el Gobierno de Tito quería mezclar a las personas de distintos lugares para integrarlas. Así como se ve ahora a la gente escaparse de Venezuela, así huía de Yugoslavia”, relató.

Mientras asistía la universidad se enamoró de Silvio Marinkovic, otro estudiante de agronomía. El 19 de febrero de 1955 se casó con él y enviudó en 2003. Su pareja tenía solo 16 años cuando entró a la guerra a ocupar un puesto de liderazgo, hasta que lo pusieron como instructor de la juventud yugoslava comunista. “Comenzaron a haber desórdenes en la universidad y el Gobierno llamó a todos para preguntar quiénes estaban con Tito y quiénes con Stalin, que ya se encontraban enfrentados. Silvio contestó que con ninguno y se lo llevaron junto a varios estudiantes y periodistas durante nueve meses a la Isla Desnuda, donde la pasaron muy mal por el encierro y los trabajos forzados. Si uno no trabajaba en esa época en Yugoslavia no recibía los cupones para alimento y vestimenta”.

A Bolivia, por el padre de Silvio

Su esposo Silvio Marinkovic soñaba con conocer a su padre, en medio de la persecución y de la violencia que sufrían de los comunistas de la exYugoslavia. “Un día llegó contento porque una señora le dijo que necesitaba un joven para conducir uno de sus dos barcos. Ahí me dio la noticia de que había decidido irse para conocer en Bolivia a su padre. Salimos entonces rumbo a Italia.  En la partida estaba todo lindo, pero pasaron unos pescadores a advertirnos de que no debíamos viajar porque se venía una tormenta. Sin embargo, no los escuchamos y cuando ya estábamos algo lejos vino el temporal. No sé cómo Silvio alcanzó a controlar todo el barco. Yo me metí debajo de la proa para no ver lo que pasaba”. Fue una noche de julio de 1955.

En el norte de Italia comenzaron otra odisea, a pesar de que recibieron inicialmente buen trato en condición de refugiados de uno de los países comunistas. Su intención fue conseguir allí documentos, pero no lo pudieron hacer y cruzaron en una arriesgada caminata hasta Francia. “Fue una larga travesía, con mucha hambre y sufrimiento, porque solo teníamos limones para comer”.

La pareja encontró trabajo en una finca cerca de Niza, pero los documentos tardaban, por la corrupción en aquellos años de algunos policías. “Viajar a dedo era una cosa normal y esperamos largo tiempo que nos den documentos”, relata.”Un día nos encontró una persona que nos dijo que su mejor amigo era montenegrino. Gracias a esa coincidencia, nos invitó a su hermosa casa y nos dio apoyo en todo lo que necesitábamos. En poco tiempo ya tenía todo en orden”.

Después de vivir nueve meses en Francia, empezó la misión que se propuso Silvio Marinkovic de viajar miles de kilómetros para conocer a su padre, que vivía en Bolivia con sus otros dos hijos: Tonchy Marinkovic y su hermana. La travesía en barco también fue larga y sacrificada. Bordearon las costas de Río de Janeiro hasta tocar Buenos Aires.

Uyuni fue el primer destino de la pareja en su desembarco en Bolivia, adonde llegaron en tren el 2 de febrero de 1956. “En Potosí la gente era atenta y muy buena. Eso nos hizo sentir muy bien durante nuestra estadía de dos años. El padre de Silvio tenía una fábrica de jabón y de velas, pero mi esposo se dedicó a producir alcohol con el azúcar. Con todo lo recaudado por este pequeño negocio, él compró una pequeña máquina japonesa para producir aceite. Como en Uyuni se sacaba poco, decidimos partir a Guarayos, en el oriente boliviano, donde estaba la materia prima del cusi”.

Así se produjo el aterrizaje de de la pareja Marinkovic-Jovicevic a Santa Cruz, el 2 de febrero de 1958, donde se sintieron a gusto desde el día en que llegaron, a pesar de encontrarse con una emergente población que tenīa limitada sus horas de servicio de energía eléctrica, que tenīa dificultades para abastecerse de agua potable y que solo disponía de algunos caminos para conectarse.

Entre las llantas japonesas y el aceite

En Guarayos despegó a escala muy pequeña y con dificultades la base de la gran industria futura de los Marinkovic. “No había suficiente cantidad de cusi, ya que la gente tenía que extraerlo de los árboles y solo juntaba algo. Yo acompañé un tiempo en Guarayos a mi esposo, que se desplazaba en caballo”.

Del cusi pasaron al macororó. Mientras Silvio se encargaba de la incipiente producción de aceite, ella abrió un local de representación en la norteña Montero, que era ya en esos tiempos el centro agrícola cruceño, de repuestos y de llantas japonesas de la recordada marca Yokohama. “Era lo único que se me ofreció en aquellos años para trabajar”, rememora.

Su primera hija Yasminka nació en septiembre de 1958. La familia se instaló al frente del colegio Santa Ana de la capital cruceña, donde Radmila atendía su negocio de llantas y de repuestos. Silvio tenía a su cargo la producción de aceite que había montado sin ningún colaborador. “Un día pasó uno de los Gasser con un gringo, que se quedó impresionado por cómo mi esposo había montado solitariamente un sistema de producción. El hombre sacó de su bolsillo una moneda americana antigua, que era uno de sus amuletos más apreciados, y se lo regaló deseándole la mayor de todas las suertes”.

El negocio crecía, por lo que un día escuchó a alguien que la aconsejó vender la representación de repuestos para que trabaje con su pareja en la producción aceitera. “Fue entonces que me puse a trabajar con Silvio. Me encargaba de llenar las botellas con aceite, pero también a anotar las entradas y las salidas de las semillas, que en esas épocas eran ya de algodón. A Silvio se le ocurrió la idea de comprarles a los dueños de la cosecha de algodón las semillas y cáscaras que botaban. En ese momento de los años 70, ya teníamos unos nueve trabajadores y yo conocía a todos los que se iban sumando. Yo me encargaba de los cobros, pero también de los pagos y de las planillas. La producción iba inicialmente sobre todo a las minas. Silvio me dijo que aquí y en el altiplano había mucha gente amable y lista para ayudar en todo momento”.

Con el impulso del Banco Central

Un paso clave para impulsar y consolidar la primera industria aceitera de Bolivia fue el préstamo que le concedió el Banco Central de Bolivia a Silvio Marinkovic para que ejecute su sueño de adquirir una maquinaria más nueva y grande. “No había lugares para prestarse dinero y mi esposo fue al Banco Central para conseguir un crédito destinado a hacer la fábrica en Santa Cruz. Le preguntaron si no era muy riesgoso prestarse tanta plata, pero él estaba seguro de poder cumplir los pagos. Entonces nos consolidamos como la primera industria de aceite de Bolivia. Luego abrió Fino, pero cerraron rápidamente. Después llegó SAO”.

Como había ocurrido al principio de la historia con el cusi y el macororó, cuando decae la producción algodonera la aceitera migra a la soya. A inicios de los 80 despega el desarrollo de las oleaginosas y también comienzan a instalarse las empresas en el Parque Industrial de Santa Cruz. Los Marinkovic también trasladan su planta al corazón de la locomotora económica. En esos años ya toda la familia, compuesta por cuatro hijos ingenieros, estaban prácticamente implicados en el negocio. “Los mismos nietos íbamos a jugar a la fábrica en el Parque Industrial. La actividad aceitera está muy arraigada en nuestra familia”, testimonia Nathasa Pedrotti durante la conversación.

Después del impulso de la fábrica vino el auge y la exportación. El mismo Silvio Marinkovic es fundador de la Cámara de Exportadores de Santa Cruz. “Paciencia, aguante y trabajo, es el único secreto del éxito empresarial. Trabajar, paso a paso. En esas épocas no había ninguna fábrica en Santa Cruz, no tocaba competir como ahora, sino que tocaba hacer, crear. Hubo visión para construir todo. No teníamos tiempo para el descanso. A Silvio lo llamaban a las 3 o a las 4 de la mañana cuando algo se descomponía y tenía que intervenir”, resaltó en su narración.

Radmila no ahorra elogios para sus cuatro hijos que la ayudaron a consolidar Industrias Oleaginosas S.A. “Desde chicos tenían que hacerse cargo de las correspondencias o, incluso, de ir al banco a hacer transacciones. Fueron siempre buenos alumnos y buenos trabajadores”, destacó.

La montenegrina que se siente cruceña

Después de haber vivido prácticamente 60 años en Santa Cruz, aseguró que se siente cruceña. “Desde que llegamos siempre nos aceptaron aquí muy bien. Hemos hecho muchas y grandes amistades. Al comienzo nos reuníamos más los de la exYugoslavia.  Antes también me juntaba constantemente con mi grupo de amigas. Eramos 18. Yo veo siempre bien a Santa Cruz, me gusta mucho, aunque hay cosas que se pueden mejorar, como la limpieza de la ciudad. Tantos años viviendo aquí me hacen sentir cruceña. Todos mis hijos y nietas son de esta región”.

Su primer retorno de Bolivia a Montenegro fue 17 años después de su desembarco al país, ya que sus hijos eran aún pequeños y no tenía con quien dejarlos. Solo lo pudo hacer cuando su suegra vino a Santa Cruz a ayudarlos. Prácticamente todos sus descendientes de la segunda generación hablan el idioma serbo-croata. Ella misma ha transmitido su identidad cultural, conservando las costumbres gastronómicas en casa y otras expresiones. Tiene cuatro hijos, siete nietas y cuatro nietos. La mayor de sus tres bisnietas tiene 8 años.

¿Y la clave para conservarse tan bien a los 88 años? “La alimentación es importante, pero, sobre todo, levantarse temprano en la mañana, porque, si se flojea, se pasa todo el día”.

Texto y fotos: Forbes Bolivia