¡Este es el verdadero problema!

¿Es que acaso estamos esperando que sobrevenga un terremoto, una debacle económica o una conmoción social en el país -que nos golpee tan profundamente- como para tener la capacidad de ponernos de acuerdo entre los bolivianos y, a partir de ahí, vivir en paz? Ojalá que no sea así, pues ello traería mucho dolor.

Para entender por qué el mundo anda mal y por qué Bolivia no es la excepción, considerando la situación de confrontación en la que se halla, hay que comprender que la vida del ser humano es el resultado de sus propias decisiones, las que sumadas a las de otros -de forma activa y en conciencia o de manera pasiva y en ignorancia- signan su destino. De ahí, aquello que el “hombre forja su propio destino”, que “cada pueblo tiene el gobierno que merece”, etc., todo lo cual tiene que ver con dos aspectos fundamentales: información y formación.

El hombre, siendo un ser tripartito -espíritu, alma y cuerpo- tiene necesidades por satisfacer para su realización, y del predominio de uno de ellos dependerá que su vida actual y futura sea fuertemente espiritual, almática o carnal.



El hombre natural, por ejemplo, no conoce a Dios, por tanto, él es su propio dios y se maneja de acuerdo a filosofías humanas y a sus propias reglas; es dominado por sus deseos y busca la gloria en la vida (siendo ello insaciable, lamentablemente).

Algo parecido pasa con el ser almático que, pese a saber de Dios, es presa de sus emociones y sentimientos al no tener discernimiento sobre la verdad.

De tales situaciones devienen las aspiraciones desmedidas por el dinero, el poder, la fama y el placer, aclarando que ni la riqueza, el poder, la fama y la pasión -bien encaminadas- son malas per se, lo que es malo es su descontrol.

Pero cuando el cuerpo físico y el ego del hombre son dominados por un espíritu superior, en base a la obediencia de las leyes espirituales dadas por la Palabra de Dios, su prevalencia sobre las fábulas humanas hace que las cosas cambien para bien. El hombre adquiere la capacidad de discernir espiritualmente y cobra conciencia de que, más allá de su cuerpo físico terrenal, su alma es inmortal, y que más allá de la muerte, su futuro por la eternidad -en luz u oscuridad- está en juego; entonces sus objetivos, metas y prioridades, cambiarán.

Esto es lo que explica el estado actual de las cosas, además, escrito está que así iba a ser: que, en los postreros días, enfrentaríamos tiempos peligrosos, con hombres amadores de sí mismos y de las riquezas, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella, y, esto, no solo a nivel del ciudadano sino también de los gobernantes y -más grave aún- de mucha gente que, pese a que dice saber de Dios, lo desconoce o tiene en poco los mandatos divinos. ¿Conoce gente así?

Si reflexiona sobre lo mencionado y llega a la dolorosa conclusión de que el tiempo que nos ha tocado vivir tiene que ver con la proliferación de personas con tales características, estará ante la triste evidencia que esto explica el porqué de la excesiva búsqueda del hombre por adquirir cada vez más poder, más riqueza y más fama para -en ausencia de un espíritu superior que doblegue su corazón, su mente, su alma y su cuerpo- satisfacer sus pasiones descontroladas, buscando llenar un gran vacío interior y encontrar la felicidad a cualquier precio, sin importar el prójimo, para nada…

Por el contrario, cuando el “Yo” es dominado por el Espíritu, el ser humano comprende que la verdadera felicidad está en vivir en paz, siendo la clave para ello, el hacer felices a los demás. ¿Se imagina a gobernantes y gobernados, con un amor así, que considere fuertemente al prójimo? Quien no ama así, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor (cuestión de información y formación). ¡Este es el verdadero problema!

 

Gary Antonio Rodríguez Álvarez