21 de marzo de 1879: Eduardo Avaroa escribe una carta y espera volver con vida del combate

Su epitafio pudo ser lo que él le dijera antes de los combates a don Ladislao Cabrera: “Soy boliviano, esto es Bolivia y aquí me quedo”.

Fuente: ABI

Es viernes 21 de marzo de 1879 y Eduardo Avaroa —que escribía su apellido con “uve”, la vigésima tercera letra del alfabeto español— redacta una carta a una amiga de la familia.



Está en la minera Calama, concentrado con civiles y militares de la región en defensa del territorio.

El desembarco de las tropas chilenas en Antofagasta, el 14 de febrero de 1879 y la desocupación de los funcionarios bolivianos del puerto, sorprendió al joven comerciante quien había viajado a esa población por motivos mineros.

Casado con Irene Rivero, madre de sus cinco hijos, fue uno de cientos de civiles en ofrecerse como voluntario.

Una semana antes había recibido una carta y ese viernes, mientras las tropas se preparaban para el combate, escribió la respuesta, cuyo amarillento papel resguarda la hemeroteca del Museo Histórico Marítimo de la Escuela Naval Militar:

Calama, marzo 21 de 1879

Señora doña Julia H. de Ríos

Atacama, Zoromas

Apreciada doña Julia:

Recién tengo el agrado de contestar su grata fecha 15 de actual, dándole los debidos agradecimientos por lo que en ella me indica.

Quizá en pocos días más tenga el gusto de abrazarlos, pues no espero sino el primer combate con los de Caracoles para poder retirarme de acá, para que la familia esté más tranquila.

En cuanto a la política, don Juan la pondrá al corriente. Va él, le doy algunos datos o noticias que son las últimas.

Sin más y con afectos a toda la familia mande usted a su atento servidor.

Eduardo Avaroa

Dos días después, en el combate del puente del Topáter se rehusó a abandonar su puesto pese a la superioridad numérica de las fuerzas chilenas y luchó hasta quedar atrincherado por el enemigo, que le pidió rendirse.

“Rendirme Yo. Que se rinda su abuela… Carajo”, respondió.

Los soldados chilenos abrieron fuego y lo ultimaron con sus bayonetas.

Su cadáver fue recogido por las tropas enemigas y fue sepultado en el cementerio de Calama, a las cuatro de la tarde del 23 de marzo de 1879.

Su epitafio pudo ser lo que él le dijera antes de los combates a don Ladislao Cabrera: “Soy boliviano, esto es Bolivia y aquí me quedo”.

Bolivia, más tarde, le honró con el grado póstumo de coronel del Ejército boliviano y es honrado como héroe de guerra.