Ellas vivieron el horror de la Segunda Guerra Mundial

Monjas alemandas que sufrieron el horror de la Segunda Guerra Mundial y que viven en Bolivia hace 48 años, brindan un mensaje al mundo en momentos en que parece repetirse la historia.

 

Fuente: Ronald Fessy 



Lecciones de la historia

Bombas cayendo sobre las ciudades, ciudadanos huyendo a los refugios, edificios en llamas, escasez de alimentos, hombres yendo al frente de batalla, familias huérfanas, son parte de las noticias diarias de la guerra que se libra sobre territorio de Ucrania después de la invasión rusa en 2022.

Sin embargo, esas mismas escenas ocurrieron hace más 80 años en el conflicto global que cambió el rumbo de la historia.

Desde 1939 hasta 1945 Europa fue escenario de la Segunda Guerra Mundial y sin importar el país en el que se libraran las batallas los que sufrían eran los habitantes de las diferentes ciudades y pueblos por los que los ejércitos se batían en armas.

Dos de esas personas fueron Juana Baum y Roswitha Stengele, nacidas en diferentes zonas de Alemania, en 1937 y 1938 respectivamente, quienes fueron testigos de la guerra en sus primeros años de vida y los años correlativos hasta la recuperación del devastado país.

Braum nacida en Ruhr-Gebiet, en el oeste y Stengele en PFullendorf en el sur, una región fronteriza con Suiza, vivió cada una, por separado, momentos sobre todo de “miedo”, los que nunca olvidarán y que hoy recuerdan al mundo que las guerras la sufren lo más inocentes.

La región de Ruhr era estratégica porque producía carbón y había fábricas de diferentes tipos, incluso de armas. Por eso el bombardero aliado asedió la ciudad de manera constante.

PFullendorf era un pequeño pueblo y por lo tanto el rigor de la guerra fue menos cruento, pero no por eso dejó de marcar para siempre en sus habitantes el horror de las armas.

Misión Bolivia

Tiempo después se formaron como religiosas católicas y fueron destinadas a Bolivia, donde llegaron en agosto de 1974 en un viaje de cuatro semanas en barco ingresando por Chile.

Ambas religiosas de la orden de los Redentoristas, se establecieron en la zona de Rurrenabaque y el norte amazónico de La Paz desde entonces. Hoy viven aún activas en sus labores de la iglesia en la parroquia de Tumupasa, la capital de la nación Tacana.

Su misión religiosa estaba lejos del pasado bélico y del nuevo esplendor que comenzaba a vivir Alemania y gran parte de Europa de la posguerra, que ellas junto a sus madres, especialmente aportaron a reconstruir.

Desde entonces, han servido a Dios y a las comunidades parroquiales en las cuales fueron destinadas, desde Alto Beni, Beni y norte de La Paz.

Junto a ellas, llegaron otras tres ‘hermanas’, para sumarse a una misión de sacerdotes que habían llegado previamente, en los que destaca la de Diego Schurmann, emblemático y muy querido Padre fallecido en 2010. Dos de las otras monjas ya fallecieron y la otra vive su retiro en su tierra natal.

Juana y Roswitha se resisten a dejar los hábitos y continúan atendiendo en la parroquia, organizándola y celebrando encuentros religiosos a diario, a pesar de haber pasado la barrera de los 80 años.

Alemania en guerra

A poco de terminar la guerra, Hitler aun pensaba que podía ganarla, y enlistó a los más jóvenes de 16 años para enviarlos a los campos de batalla en un acto desesperado.

Pero el final estaba cerca. Con tanta devastación por todos lados, lo mejor que podía pasar era el fin del conflicto, que más allá de los ganadores y perdedores y del nuevo orden global establecido, para los que vivieron el horror tienen otra perspectiva de la guerra. La pagan los que menos culpa tienen.

“Recuerdo que un día escuchamos muchos aviones sobre nosotros y corrimos para refugiarnos, pero veíamos que los demás no lo hacían. Entonces, una señora me paró y me dijo que los aviones ya no eran una amenaza porque ya había paz. Recuerdo bien esa palabra ¡Frieden! (Paz en aleman)”.

“Desde entonces para mí la palabra Paz tiene un significado especial. La guerra había terminado. Ese fue un gran momento”, dice Roswitha Stengele.

Hoy, las hermanas religiosas miran la guerra en Ucrania como un evento triste que les retumba en la memoria aquellos años oscuros que convirtieron a Europa en un infierno y al mundo en un campo de batalla, por lo cual rezan a Dios para que no se repita la historia.