Putin, Zelenski y una guerra transparente

Ir a notas de Gonzalo Sarasqueta
Atono con la guerra vintage que ejecutó, Vladimir Putin está desplegando una campaña comunicacional del siglo XX. Baño de masas, control de los canales de comunicación (bloqueo de Twitter, Instagram y Facebook), retaceo de información (el Estado confecciona y direcciona las noticias) y vigilancia lingüística (el Kremlin define el vocabulario de los medios) son algunos de los rasgos sobresalientes.

“Los rusos están zombificados” afirmó la periodista Marina Ovsyannikova, que irrumpió en pleno noticiero estatal con una pancarta pidiendo paz. Esa manifestación le costó unas 14 horas de interrogatorio por parte de la policía y una multa de 30.000 rublos. La misma suerte corrieron miles de protestantes que fueron encarcelados luego de marchar contra la ocupación del país vecino. Ejemplos concretos de lo riesgoso que es salirse del perímetro de la verdad oficial en Rusia. El objetivo es sancionar rápidamente, para evitar el contagio social.

Esta dinámica panóptica viene acompañada por una imagen (híper)curada de Putin. Cada fotografía o video que circula contiene una estética imperial, donde se lo ve sentado como un zar, lejos de sus ministros, retando o impartiendo órdenes. En este caso, la distancia refleja jerarquía, distinción, poder. Siempre junto a él se encuentra la bandera tricolor, reforzando la fusión entre el líder y la nación. Oponerse a él es sencillamente ser un apátrida, un “mosquito” al servicio de Occidente, como aseveró hace unos días.

Como lo explica su antiguo consultor político, Gleb Pavlovsky, en el documental Putin, de espía a presidente, el mandatario alterna estas geografías verticalistas con una agenda donde se presenta como el arquetipo del ruso ideal: fuerte, patriota y creyente. ¿Algunas de esas actividades? Bañarse en aguas heladas para cumplir con la Epifanía (ritual del cristianismo ortodoxo), volar un avión caza Sukhoi Su-27 sobre Chechenia, andar en Harley Davison o cazar en Siberia.



En la vereda de enfrente, está la horizontalidad de Volodymyr Zelenski. Con su modalidad selfie, el presidente ucraniano muestra el combate en primera persona. Al revés que Putin, sus imágenes son defectuosas, espontáneas e imprevistas. Como la película 1917, de Sam Mendes, todo sucede en un plano secuencia. Si Putin apuesta a ser el estratega frío, el ucraniano aspira a ser el soldado raso que lucha junto a su pueblo. Dos formas de vivir la guerra: desde arriba y desde abajo.

Zelenski fue actor. Y se nota. Varía los tonos, maneja los silencios y calibra el volumen de cada frase. Puso a Marx boca abajo: primero fue farsa y después tragedia. En la serie El servidor del pueblo representó a un profesor de escuela que se convierte en presidente de su país. Años después, como si fuese un spin off, le puso a su partido político el nombre de la tira televisiva, ganó las elecciones y llegó al Palacio Mariyinski con un discurso de outsider contra la corrupción y la clase dirigente.

Pero no fueron todas rosas para él. Luego de ganar los comicios presidenciales del 2019, con el 73% de los votos, su popularidad se vino en picada. Apareció en los Pandora Papers, su vínculo con el oligarca Íhor Kolomoiski despertó varias sospechas y no le encontró ninguna solución al conflicto con los grupos separatistas rusos en la zona del Donbass. Su horizonte era oscuro.

Sin embargo, Zelenski aprovechó una de esas ventanas que, de vez en cuando, abre la historia. El ataque ruso fue una oportunidad para él. Sorprendió a todos (compatriotas, periodistas, presidentes extranjeros) y logró el efecto bandera: unir a toda la nación frente al invasor. Atrás quedaron las críticas. Hoy, para los ucranianos, ya no es un humano, es un símbolo. Un estandarte en esta batalla entre David y Goliat.

Además, supo tejer la épica de la resistencia. No todos los países que sufren ocupaciones encuentran una narrativa para movilizar a su pueblo. Él pudo. Tres ejes vertebran su narrativa: Europa, fortaleza y libertad. A través de ellos, intenta mantener alta la moral de los ciudadanos, las milicias y los soldados que soportan los bombardeos. En cada mensaje busca dejarle un estímulo o una razón a la sociedad. “No bajaremos nuestras armas. Defenderemos nuestro país porque nuestra arma es la verdad”, sostuvo hace pocos días.

Las invasiones de Estados Unidos a Afganistán e Irak fueron el clímax de la televisión. Cobertura profesional, línea editorial y sensacionalismo fueron las características de dichos acontecimientos. Ahora estamos ante una guerra transparente. Todo se ve. La información es constante. Y quizás lo más novedoso: consumimos el material de los medios, pero también el de la ciudadanía. A través de las redes sociales, las víctimas relatan su propio dolor. El prosumidor, en su máximo esplendor. Solo resta saber hasta qué punto la comunicación puede alterar el curso de un enfrentamiento que parece tener el final escrito. O, mejor dicho, en la economía del conocimiento, en qué medida la información es una munición letal.

Profesor, investigador y director del Posgrado en comunicación política e institucional de la UCA

Por: Gonzalo Sarasqueta