Un trastazo diplomático

Existen expresiones en el lenguaje diplomático que deben interpretarse en su justa medida y que no pueden ser ignoradas. No hay necesidad de hacer escándalo, porque eso, en diplomacia, no es recomendable ni bien visto. En ese delicado oficio hay otros medios para decir las cosas, que, sin exabruptos ni vocabulario soez, pueden ser muy duros, para quien los entiende. Se trata de un lenguaje culto, no ramplón, por supuesto. Eso ha sucedido en nuestro país al cumplirse la cuarta semana de guerra en Ucrania, pero, al parecer, el gobierno no se ha dado cuenta.

La Cancillería boliviana, en el colmo de la sumisión y de la cobardía, se ha negado, en cuatro oportunidades (tres en la ONU y una en la OEA), a rechazar la invasión rusa a Ucrania. Lamentablemente, Bolivia ha optado por la “abstención”, es decir, por mirar hacia otro lado en el genocidio que se está produciendo en Ucrania. Nuestra nación que dice caracterizarse por practicar “la cultura de la paz” (Evo Morales dixit), se ha ensuciado ante la comunidad internacional, alineándose con lo que podríamos llamar “el Club de los Canallas”. El Estado Plurinacional está como furgón de cola de los enemigos de Estados Unidos y de la Unión Europea, tolerando cínicamente los crímenes que cometen los rusos bajo la ira demencial de Putin.



Nada menos que diez embajadores y jefes de misión acreditados en La Paz, han hecho público un comunicado conjunto titulado: “Que Rusia ponga fin a la guerra”. Alemania, Canadá, España, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, el Reino Unido, Suecia y la Unión Europea, todos con la firma de sus titulares, han denunciado “la atroz acción del presidente ruso” y que “el mundo entero se ha conmovido”, de lo que realmente los bolivianos no podemos negar conocimiento. Y entre otras muchas cosas más, “el ataque indiscriminado a mujeres y niños”, que, como sabemos, se lleva a cabo en ciudades como Kiev, Járkov, la heroica Mariúpol, Sumy, Leópolis, Chernígov, todas resistiendo con valor la arremetida de unos soldados que obedecen ciegamente a sus jefes, mientras que sus padres y la población civil rusa censuran la guerra y rezan porque cese la matanza.

“Un pueblo que se defiende valerosamente y que no está dispuesto a renunciar a su soberanía y su libertad”, es ignorado por la “diplomacia de los pueblos”, ese burdo invento populista, sin substancia de ninguna naturaleza, que ha llevado a Bolivia de tumbo en tumbo, desde su absurdo propósito de convertirse en nación caribeña a través del ALBA, hasta su catastrófica derrota en La Haya que la ha alejado del Pacífico.

 Jamás hemos hecho alarde de haber tenido un Servicio Exterior ni muy profesional ni muy eficiente, pero tampoco del pobrísimo calibre de los diplomáticos procedentes de los cocales del Chapare, las “bartolinas”, el Pacto de Unidad y del masismo en general. Esos son devotos del Partido, ahora convertidos en exclusivos empleados públicos, que no tienen ni la menor idea de lo que es la diplomacia, porque eso no se aprende en coca.

Pero, en fin, no se le puede pedir peras al olmo. Así anda, el país y su diplomacia no puede caminar de mejor manera aún cuando se acerca la definición del pleito del Silala en La Haya. Dicen que la diplomacia de una nación es, por lo general, fiel reflejo de su gobierno. Si la conducción política es mala, ¿por qué debería tener una diplomacia brillante? ¿Cómo podría suceder eso si tuvimos al esotérico David Choquehuanca como Canciller durante once años? ¿Y si luego lo sucedió Huanacuni, un maestro en luchas marciales de secretas cofradías asiáticas? ¿Y después al profano y folclórico Pary? ¿Y luego al actual?

Hasta hoy martes, en que escribo esta nota, el gobierno del Estado Plurinacional de Bolivia no ha abierto la boca ante el trastazo asestado elegantemente, como una reflexión, que por cierto se deja entender bien. Diez naciones, tradicionalmente amigas de Bolivia, le han mostrado, en un lenguaje que no requiere de ser ningún genio para entenderlo, que se debe enderezar el camino y no aliarse con los enemigos de la democracia. Que en esta guerra hay que elegir entre blanco o negro, sin los recovecos clásicos del altoperuanismo.

Tanto peor, pensamos, cuando ahora el gobierno del Estado Plurinacional se queja, compungido, de la “dictadura” de la señora Añez a quien tortura. Por si acaso, Senkata y Sacaba son cosa de niños ante lo que es Járkov o Mariúpol, grandes masacres extrañamente indiferentes a Bolivia.

 

Manfredo Kempff Suárez