La normalidad anormal

 

Mi hijo, que por cuestiones laborales se ha convertido en un viajero frecuente de vuelos nacionales, está llevando una estadística de todos los minutos (horas) de retraso en sus desplazamientos con la línea bandera. He visto un avance —hasta marzo—, de sus minuciosos registros y el tiempo que pierde sentado en los aeropuertos por la demora, cambio de horarios o cancelación de sus itinerarios entre ciudades bolivianas. Lo he animado a que continúe con este ejercicio y al final del año me pase sus cuadros consolidados para hacer un artículo o una publicación en redes sociales sobre el tema. Y, como un comentario al paso, le sugerí que si ya se sabe que esto siempre ocurre podría aprovechar esos minutos para leer algo interesante. Mi esposa, que no puede con sus indómitos genes balcánicos, le pareció que mi consejo era una actitud de resignación o adaptación inaceptable.



Después de procesar esta perspectiva —más rebelde que la mía—, coincido en que debemos reclamar, hacer públicas nuestras quejas e incentivar a que otros también lo hagan y no conformarnos con lo que expresa esa sentencia, bien boliviana, que dice: “así siempre es”.

En sociología, la normalización es el proceso por el cual ciertos comportamientos e ideas se consideran “normales” a través de la repetición y llegan a tal punto que son considerados naturales y se dan por sentado sin cuestionamientos.

Esto nos ocurre con mucha frecuencia a los bolivianos. Hemos “naturalizado” y se han vuelto normales muchas cosas cotidianas que ni nos damos cuenta que están mal: los vuelos se atrasan, y ya ni reclamamos; cuando se tiene una hora marcada con un médico, sabemos que la espera será larga hasta que nos atienda y nos aguantamos callados; fotocopiamos libros sin ningún remordimiento, ni se nos pasa por la cabeza que estamos violando los derechos de autor; cuando un oficial de policía nos detiene para pedir nuestra licencia de conducir (que la tenemos vigente), en lugar de agradecer y sentirnos protegidos, entramos en pánico porque sabemos que viene para asaltarnos y sacarnos plata de cualquier modo; nos estacionamos en doble fila o frente a un garaje, y nos molestamos si alguien nos toca la bocina para que nos movamos; nos citan a una audiencia judicial, y ésta se retrasa o no se hace, y no nos parece extraño que esto ocurra.

La semana pasada, que traté el tema de las vallas y propagandas en las que los políticos construyen su imagen con nuestra plata, tuve un par de respuestas de lectores que recién se daban cuenta que eso —que se ha hecho siempre—, no está bien; para hacer trámites en reparticiones públicas hay que esperar, muchas veces, a la intemperie con sol, viento o lluvia, sin ninguna consideración ni atenciones con el contribuyente que financia la planilla de esos funcionarios que lo atienden mal; todos los días hay personas que duermen en las veredas en busca de una cita para una consulta médica, o al inicio del año escolar, para un cupo en una escuela pública, y ya dejó de ser noticia, es “normal”; bloquear una calle o avenida como una medida de protesta o reclamo, perjudicando las actividades del resto de la población, puede estar penado por ley, pero se hace todos los días.

El primer paso para “desnaturalizar” es tener conciencia de que eso que reiteramos, reproducimos, o repetimos no está bien y debemos cuestionar, reclamar, interpelar y cambiar. Repetir conductas y reproducir el orden en el cual vivimos, sin cuestionarlo, impedirá nuestro desarrollo y crecimiento.

 

Alfonso Cortez         

Comunicador Social