Los morales inmorales convertidos en amorales del poder

 

 



“Evo Morales Ayma, líder del Movimiento al Socialismo (MAS) puso en duda su participación en el encuentro convocado para este lunes por el Pacto de Unidad. A este acto finalmente no asistió y dejó en evidencia de que existe una división crítica al interior de los masistas”.

Llama la atención la preocupación existente en el denominado Pacto de Unidad, que está conformado, según dicen, por aquellos que manejaron el gobierno amoral de Evo Morales durante 14 años y por el otro lado, por quienes sustentan actualmente el poder del ESTADO, aprendices de las malas conductas de manejo del bien público.

Los inmorales masistas del contorno evista, que demostraron un comportamiento contrario a las normas de conducta aceptadas o siempre vistas como correctas, por una sociedad que estaba regida por valores y principios que favorecían a la buena convivencia y respeto a las personas vecinas, llegaron a tener éxito en imponer la amoralidad en la sociedad boliviana, cuyos frutos, se denotan en la ausencia de una justicia independiente, en la protección al narcotráfico, en la liberación de reos sentenciados, en la aceptación de pedófilos como líderes políticos, en la motivación de ejercer cargos públicos para el enriquecimiento personal, en la aceptación del soborno como medio de subsistencia, etc.

El amoral es quien es indiferente a que esas normas tradicionales de comportamiento, recibidas a través de un periodo educativo de parte de los padres y escuelas, prevalezcan a su alrededor. La muerte de la conducta de moral social para este sujeto, es un claro signo de progreso. Y esto es lo que personifica a varios líderes masistas que siguieron la escuela del mayor “amoral” conocido en nuestro país, que todos los conocemos de una manera sarcástica como “Evadas Morales”

La conducta amoral es la que ha prevalecido durante su periodo gubernamental, y, el mayor discípulo letrado de ese entorno, fue y es el actual presidente, Arce Catacora, quien durante 13 años fue su ministro de Economía. Es por esta razón, que no es de extrañarse, que actualmente la bandera amoral e inmoral, la quieran portar muchos otros, ya que el poder del mal en una sociedad sumisa les genera, ya, un ambiente hostil y de enfrentamiento, porque hasta para robar y corromperse, siempre encontrarán las angurrias de otros zánganos peores

Los buenos gobiernos, en una democracia abierta y transparente, son, los que no se notan y dan buenas leyes para que los ciudadanos resuelvan sus conflictos, intervienen muy poco en las vidas privadas e íntimas, en las relaciones entre personas particulares y en sus negocios. Dejan independiente al poder judicial y procuran que las normas educativas potencien el talento y la inteligencia de los estudiantes y que no los entorpezcan los negados para el estudio. Respetan la objeción de conciencia cuando es de razón respetarla y dejan a los ciudadanos libres con sus pensamientos y obras para que vivan sin temor. Los buenos gobiernos tienen una moral, la que sea, pero clara, y debe parecerse bastante al conjunto de valores morales que tenga la mayoría social de una nación.

Nos desalienta tener que escribir sobre asuntos de los que hasta hace pocos años no se hablaba porque se daba por sentado que todos estábamos en contra de la corrupción y del narcotráfico. Pero cuando sucede, lo que viene sucediendo en Bolivia, donde: el narcotráfico es protegido por las altas esferas políticas y policiales; la justicia libera a sus anchas a los asesinos y violadores sentenciados a 30 años; donde existen presos políticos y sentencias de prisión preventiva de manera indefinida por una justicia partidaria; donde un denunciante de corrupción este preso y muriéndose sin justicia mientras la ladrona está viviendo a costa del dinero robado; donde un vicepresidente menosprecie a los profesionales jóvenes por su odio racista;  donde un presidente no quiera reunirse con los empresarios porque no le da la gana pensando que en el país solo existen trabajadores; donde los líderes oficialistas y opositores, crean que los recursos públicos son de ellos y no de la ciudadanía; donde una metida a bióloga, dice que un feto no es un ser vivo; donde se dan leyes para enfrentar a los bolivianos unos con otros, o se desampara a los hombres para favorecer a las mujeres y forzar una igualdad de sexos imposible porque la naturaleza no la permite; donde el gobierno apoye dictaduras impresentables y temibles, o llama ‘matrimonio’ a las uniones homosexuales y prepara leyes para poco menos que perseguir a la Iglesia Católica; etc. Significa que estamos ante unos gobernantes amorales.

Entendamos que las naciones y las sociedades humanas no son amorales ni pueden serlo, pero los gobiernos sí. Un gobierno inmoral tiene una moral, pero uno amoral no tiene ninguna, no coincide con el sentir de ninguna nación ni de ninguna sociedad humana y, por tanto, es legal porque una mala ley se lo permite, pero es ilegítimo porque no representa a los ciudadanos sobre los que gobierna. A pesar de todo lo dicho, y de mucho más que se podría añadir, no parece que a la población le importe demasiado.

Cuando hablamos con la gente u oímos comentarios en lugares públicos, se deduce que hay hartura de extravagancias, de leyes innecesarias y que nadie ha pedido. No nos impresionan las protestas de una izquierda disfrazada de un gobierno que no puede ser de la izquierda soñada por los totalitarios porque ni ellos se la creen. Todo es como una puesta en escena para contentar a esos serviles ignorantes, que viven de la manga de los líderes populistas, que les regalan dinero para hacer bulto en las calles. Sabiendo, que ya no cuentan con el apoyo que tenían hace años atrás.  

Parece que hay una respuesta fácil al problema implícito en este tópico. Cuando se pregunta si los políticos tienen que ser honestos probablemente se responderá: “¡en principio, sí!”. Las dificultades surgen cuando la pregunta se plantea en términos más precisos. La pregunta no debe ser expresada para interrogar si los políticos tienen que ser honestos, pues nadie puede ser obligado a hacer algo. En cambio, se puede considerar si deben ser honestos, lo cual generaría dudas como quién determina qué podría pasar si los políticos no fueran honestos. En un nivel posterior se puede preguntar si, de hecho, pueden ser honestos.

Hoy la amoralidad corre por cuenta de los masistas. Quienes antes, justamente, criticaban a la vieja guardia de los partidos tradicionales, que se abrazaban entre ellos para generar un pasanacu de poder anteponiendo una hipocresía en relación a los principios y valores que decían tener. Hoy están haciendo exactamente lo mismo, solo que, con el aditivo, de que lo malo es bueno y lo bueno es malo  

Esto es lo que se observa en toda la clase política gubernamental, cuando respaldan a una justicia completamente dependiente del ejecutivo, cuando el tema del narcotráfico y su vínculo cercano con el jefe del partido, quiere ser tratado a puertas cerradas en un teatro llamado “Pacto de Unidad”

 

Está claro que no nos gustan los líderes inmorales, sin embargo, cuando la ausencia de moralidad no produce especiales contratiempos, eso parece decir que tampoco son de nuestro especial agrado los líderes morales ¿Qué nos queda? El líder amoral, adjetivo que la RAE define así: “Dicho de una persona: Desprovista de sentido moral” que para todo mundo entienda, no es más que Evo Morales, quien demostró ser “el” estereotipo y gran ejemplo para la historia de un personaje amoral. Sus cientos de actos reñidos con la moral así lo dictaminan.

La situación como único referente, el relativismo permanente respecto a todo, lo malo de ayer es bueno hoy o las dos cosas a la vez, proclamar a voz en grito su lucha permanente en pro de la reducción de la desigualdad y no mover ni en un solo dedo para atenuarla, muestran que el gobernante masista, el de ayer y el de hoy,  aplica una y otra vez en los más variados contextos, la frase que Groucho Marx inmortalizó, aunque no fuese invención suya: “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros“.

Si hemos creído conocer los valores personales y colectivos que nos animaron a votar por un líder favorito, creo oportuno decirles, que nos hemos equivocado de cabo a rabo. Lo que resulta paradójico es que esa falta de sentido moral, que nos demostraron luego de las elecciones, no resulte un argumento para invalidarlos, y, en muchos casos, ese líder que prefirió seguir el mal ejemplo, consiguió alcanzar el poder político. Quizás eso de deba a que sus votantes sí son seres morales y sí poseen principios, y la gran virtud del líder amoral es hacerles creer que él también los tiene, convirtiéndose en un falso espejo que se apropia de ellos, tan solo para dejarlos atrás tan pronto como las necesidades de su conducta amoral lo requieren.

A primera vista, una reflexión acerca de la calificación moral de la corrupción que se campea en Bolivia, podría parecer una empresa superflua. No habrá duda alguna de que la corrupción será siempre moralmente condenable; ya la misma palabra «corrupción» tiene la connotación negativa de destrucción de algo que se considera valioso. En muchos casos es sinónima de «putrefacción», «disolución».

Las camarillas, que es lo que significa criollamente el famoso “Pacto de Unidad” son una determinada especie de coaliciones de distribución que juegan el juego de la distribución allí donde las reglas no lo prevén, es decir, juegan el juego de la distribución con medios no permitidos.

Las camarillas otorgan a sus miembros una protección más personalizada que la que puede ofrecer la estructura institucional aparentemente más fría y distante de un Estado de derecho. La imagen de una justicia ciega, con los ojos vendados, puede resultar poco atractiva a quienes se sentían protegidos por su membresía en el partido siempre dominante. Pueden preferir entonces la distribución de cargas y beneficios «con medios no permitidos» por un sistema con el que les cuesta sentirse plenamente identificados.

En síntesis, seguiremos siendo gobernados por MORALES, que tienen a la INMORALIDAD como religión lo que los convierten en AMORALES del poder.

 

 

Alberto De Oliva Maya