Spencer, anarquista conservador

Emilio Martínez Cardona

Es conocida la autodefinición de Jorge Luis Borges como “anarquista conservador”, así como aquella frase donde refería: “Soy, como también lo fue mi padre, siguiendo la teoría de Herbert Spencer, un anarquista individualista que postula un mínimo de Estado y un máximo de individuo”.



Días atrás, invitado por el Club de la Libertad de Corrientes, Argentina, comenté algunos aspectos de la vida y obra de Spencer. En la investigación preliminar descubrí que la categoría de “anarquista conservador” había sido aplicada al filósofo inglés por el teórico marxista ruso Georgui Plejánov, en su libro de 1909 “Anarquismo y socialismo”.

Plejánov fue maestro de Lenin, pero al menos acabó siendo menchevique y no bolchevique. Estoy seguro de que el joven Borges, autor de los “Salmos rojos”, lo leyó y terminó aplicándose el calificativo a sí mismo, muchas décadas después.

Spencer fue llamado “el Aristóteles del siglo XIX” y procuró construir un gran sistema filosófico, quizás a la manera de Hegel pero, a diferencia del pensador alemán, eligió como base a las ciencias de vanguardia del momento en lugar de los artificios especulativos del idealismo.

Particularmente, se basó en la teoría evolucionista, lamarckista primero y darwinista después, que elevó de la biología a un campo más amplio, cosmológico o tal vez metafísico, si entendemos esto último como “ciencia de los primeros principios”.

En la hipótesis cosmológica de Spencer, la evolución universal consiste en el paso de formaciones homogéneas, indiferenciadas e inestables, a otras de carácter heterogéneo, diferenciado y estable. Por ejemplo, en la formación planetaria tendríamos el paso del magma primordial a las formas de vida.

La metafísica o cosmología evolucionista del filósofo británico desemboca en una teoría sociológica, donde lo homogéneo indiferenciado podría identificarse con la tribu o con el comunismo primitivo, mientras que la evolución conduciría hacia lo heterogéneo diferenciado a través de mecanismos como la división del trabajo y la especialización de los individuos.

En esta visión, la autoridad tendería a decrecer y la libertad personal a aumentar, ascendiendo desde lo que llamó “sociedades militantes” (guerreras y/o teocráticas) a las “sociedades industriales”.

Siguiendo el pensamiento spenceriano, podríamos agregar que fenómenos como los mononolitismos ideológicos, los partidos únicos y las economías monopolizadas por el Estado, los totalitarismos y los populismos, serían recaídas en lo homogéneo indiferenciado, involuciones hacia una formación social imposible de recrear (además de indeseable).

En 1923, Bertrand Russell quiso mofarse de la hipótesis cosmológica de Spencer, señalando que contradecía los principios de la termodinámica, en particular a la entropía entendida como un aumento universal del desorden. Sin embargo, en 1977 el Premio Nobel de Química, Ilya Prigogine, precisó que “la producción de entropía contiene siempre dos elementos dialécticos: un elemento creador de desorden, pero también un elemento creador de orden. Y los dos están siempre ligados”.

El “anarquista conservador” Herbert Spencer es también un precursor de las ideas de Hayek sobre el orden espontáneo y la información distribuida en la sociedad. Parecería que, en su núcleo fundamental, la teoría spenceriana está mucho más vigente y es mucho más contemporánea de lo que podría suponerse con ligereza.