Intimidad

 

La facilidad con la que ahora se pueden registrar fotografías, audiovisuales o recabar información personal para mal utilizarla representa uno de los grandes temores que ha traído este planeta hiperconectado. En un par de maratónicas noches de Netflix pude ver los ocho capítulos de la primera temporada de la serie española Intimidad, que muestra cómo la carrera de una política vasca en alza se ve amenazada cuando un video sexual, grabado sin su conocimiento, se hace viral en las redes sociales.



 

En paralelo, una segunda historia, presenta el caso de una trabajadora de una fábrica a la que también violan su privacidad al difundir fotografías y videos íntimos entre sus compañeros de trabajo y esta humillación y vergüenza pública tiene tal impacto emocional que le provoca tomar una medida extrema.

 

El contrapunteo entre ambas historias es ilustrativo para mostrar que esta amenaza le puede ocurrir a cualquiera, ya sea a una figura política de alto nivel y con mucho poder o a una simple trabajadora fabril, sin ninguna visibilidad social. Aunque en la serie los ataques están dirigidos hacia dos mujeres, se pueden dar también contra otros géneros. Sin decirlo en la trama, queda claro que en sociedades machistas, las embestidas hacia las mujeres son más encarnizadas.

 

Más allá de los detalles y pormenores de esta serie televisiva que aborda una temática tan actual, el espectador se queda reflexionando sobre la filtración de información confidencial e íntima —a la que todos tenemos derecho—; la violación a la privacidad; el linchamiento mediático que revictimiza y sobreexpone, no solo a quien se le ha violado su intimidad, sino a su entorno más inmediato; el menoscabo al que se someten las víctimas, que se las juzga sin ninguna consideración; la disyuntiva de denunciar al agresor, plantar cara a lo sucedido y luchar por hacer justicia, en lugar de callarse y sufrir en silencio; el chantaje emocional o económico de quien posee información o imágenes que la víctima no quisiera que se hagan públicas; la irresponsabilidad con la que los medios de comunicación manejan estos delicados temas para alimentar el morbo de la gente y mejorar su audiencia, sin importarles la angustia que provocan en las víctimas y sus familias.

 

Una de las fuentes de contenidos que pueden ser mal utilizados proviene del sexting. Este anglicismo que se refiere al intercambio de contenidos —sexualmente explícitos o sugerentes—, que se dan de manera natural y consentida en las parejas es un término moderno, pero la práctica es consustancial a la naturaleza humana y hay innumerables ejemplos en todas las culturas y tiempos. Lo reprochable, ilegal y censurable es la violación de ese acto de comunicación personal, la ruptura de los límites de lo privado que puede tener consecuencias devastadoras para quien la sufre.

 

A nivel local, hemos tenido algunos casos de este tipo de violaciones a la privacidad, de delitos informáticos y viralización de contenidos que se filtraron sin ninguna autorización ni consentimiento de los involucrados. Hay todavía algunos vacíos legales que deben ser resueltos. Lo que tiene que quedar claro es que la responsabilidad de la agresión es del agresor y de quienes difunden materiales audiovisuales indiscriminadamente, y nunca de la víctima que tiene el derecho de vivir y tener una sexualidad plena, dentro de los límites que ella misma quiera y establezca.

 

Alfonso Cortez

Comunicador Social