Los jóvenes pueden volver a derrotar al poder populista VIII

 

En este mes de octubre muchos han recordado que hace 40 años los viejos retomamos el camino que nos estaba llevando hacia la Democracia Institucional. Pocos han señalado cómo podemos fraguar los próximos 40 años de una verdadera democracia.



Nuestro proyecto democrático original está bajo ataque hace 16 años. Su atacante es el poder populista. Sus tácticas se llaman proceso de cambio. Su estrategia consiste en la radicalización de la democracia.

Es un ataque más sistemático, persistente y radical que el de los militares. Sus planes se formularon justamente cuando recuperábamos la democracia hace 40 años. Los elaboraron el académico argentino Ernesto Laclau y la filósofa belga Chantal Mouffe.

Pocos opositores conocen los detalles de esos planes, que están en ejecución desde hace cuatro décadas. Sus rasgos ocultos fueron revelados hace pocos días en la Cátedra Nelson Mandela de la UMSA. Los develó la presentación “La democracia radicalizada,” a la que se puede acceder mediante el enlace https://bit.ly/3CqU2Ai.

En esa presentación se demuestra que la defensa de la Democracia Institucional encara un dilema inescapable. Si la oposición se limita a denunciar los abusos y los ataques del poder populista, se vuelve débil e inefectiva.

Si, por el contrario, aplica las tácticas del poder populista, entonces abandona los principios y valores de la democracia que pretende defender. En semejante cancha ninguna oposición la tiene fácil. Menos todavía si no conoce los planes del atacante.

No basta con copiar las trampas del MAS. Hay que derrotar su juego sucio con los recursos limpios de la Democracia Institucional.

Como lo señala esa presentación, los medios para dar esta pelea no se han agotado. Contamos en mayor o menor grado con los siguientes recursos institucionales:

1) los partidos políticos y las agrupaciones ciudadanas que aspiran a ganar elecciones; 2) las consultas populares que se realizan mediante cabildos locales sin ser vinculantes; 3) los referéndums consultivos y revocatorios, sujetos a los retoques del organismo electoral; 4) las regiones y alcaldías con gobiernos opositores perseguidos y amedrentados por el gobierno central; 4) las universidades que se atreven a explicar y defender la verdadera democracia tal como lo hace la Cátedra Nelson Mandela.

A esos recursos institucionales se añaden los sociales:

1) una sociedad que se torna cada vez más civil y menos inclinada a vivir bajo una autocracia, 2) una población que se aleja poco a poco del hábito de seguir sumisamente al pastor de un rebaño y se aproxima gradualmente a la condición de una ciudadanía autónoma, 3) una prensa libre e independiente que se defiende como puede de los chantajes que recibe constantemente, 4) una juventud indómita, dueña de una experiencia exitosa en las redes sociales y en las calles.

Es fácil señalar estos recursos desde la comodidad de un escritorio. Ponerlos en práctica y coordinarlos entre sí requiere un arduo trabajo de campo. Además de saber cómo aprovechar esos recursos, la oposición necesita varias otras cosas importantes.

Lo que más le hace falta es una narrativa comparable a la alianza de clases. Esa tesis cautivó a todos los sectores sociales por estar enraizada en la realidad de su tiempo. Hoy se necesita una propuesta similar que sea capaz de captar un apoyo masivo.

La oposición no tiene una organización nacional. No cuenta con amplios recursos económicos. No está claro cuál es su cabeza. No se percibe si tiene cuadros bien formados, ni si cuenta con una masa de seguidores comprometidos con su lucha.

Una oposición seria tiene que articular de manera pacífica, legal y legítima una correlación de fuerzas superior a la que sustenta el proyecto populista. Lo debe hacer aplicando una narrativa que le permita insertarse con naturalidad en todos los frentes.

Debe introducirse en los frentes copados por el poder populista, como son el sindical, el rural, el occidental, el judicial, el militar y el policial.

Debe reforzar la presencia que ha logrado conquistar en el legislativo, en las principales ciudades, en las regiones opositoras, en el sector universitario, en el religioso y en el cultural.

Hace cuarenta años la recuperación de la democracia costó sangre, sudor y lágrimas. Derrotar a las dictaduras militares fue la parte fácil. Lo difícil es lidiar en todos los frentes con los múltiples trucos del poder populista.

El populismo se ha insertado como un parásito en las entrañas de nuestra incipiente democracia. Hay que arrancarlo del interior de las instituciones que ha infectado. Si la oposición formal no da la talla, la tarea pasará a la sociedad civil.

Los jóvenes son su punta de lanza. En 2019 confiaron en la fuerza de la resistencia civil. Arrinconaron a los responsables del fraude electoral. Los hicieron fugar del país. Lograron un cambio de gobierno. Lo hicieron de una manera espontánea.

No fue poca cosa. Superaron de lejos una meta que los opositores formales no pudieron conquistar durante 16 años de intentos electorales. Poco después se desencantaron con los lamentables errores del gobierno que ayudaron a instaurar.

Las bases de su accionar se describen en el manual “La resistencia civil: lo que todos deberían saber,” de Erica Chenoweth, Directora del Laboratorio de Acción No Violenta de la Universidad de Harvard, publicado por la Universidad de Oxford en 2021.

Nadie tiene una bala de plata que pueda derrotar al poder populista de un solo tiro. No existe una estrategia que garantice su derrota. Lo primero que hay que hacer es conocer sus planes estratégicos en detalle.

Los nacidos en democracia han cumplido 40 años. No conocen dictaduras militares. Lo que conocen y no les gusta es el abuso de poder. Para que den fin con esta lacra es suficiente que perfeccionen y apliquen la resistencia civil que conocen tan bien.