Olor a pólvora y letargo presidencial

Esperamos hasta el final del mensaje presidencial para escribir esta nota y lo cierto es que acabamos bostezando luego de dos horas y media de escuchar lo que cualquier director de área de un ministerio habría podido decir. No correspondió en todo caso a un Informe a la Nación de un primer mandatario. Fuera de que el presidente nos quiso hacer creer que éramos lo mejor de Sudamérica, manejando cifras dudosas, no se lo notó muy convencido de lo que afirmaba, obviamente porque él sabe que estamos al borde de la quiebra. Serán economistas y juristas quiénes mañana opinen mejor que nosotros sobre la materia en todo caso.

El acto parecía ser distraído desde el momento en que se montó un escenario faraónico-incaico, como hacía Evo Morales, que recibió con banderas y colorido ropaje indígena al presidente. Todo, naturalmente, andino. Pero luego el vicepresidente Choquehuanca se lanzó con sus ya habituales reflexiones cósmicas, mencionando reiteradamente al “décimo Pachacuti” (Garcilaso de la Vega) sin que explicara a la gente de qué se trataba aquello o quiénes habían sido los nueve anteriores. Y luego se desfogó pegándoles palo a los medios, como algo habitual entre los masistas. Cuando intervino el presidente con un tono monótono plagado de cifras, la modorra y el sueño hubieran cundido en la Asamblea y en quienes miraban la televisión, a no ser por la barra que oportunamente se instaló en el palco alto del recinto y que ovacionaba como los ¡olé! Que se oyen en las plazas de toros cuando el torero se luce con cada muletazo. En este caso eran simplezas sin riesgo para el matador.



Si en el país hay olor a pólvora, no es posible adormecer a la población yéndose por la tangente y eludiendo los temas graves. Y en Bolivia – principalmente en Santa Cruz – hay olor a pólvora; afortunadamente, no a pólvora de balas todavía, sino de petardos. Y retumban luces que iluminan las noches, que no son como las bombas rusas sobre la heroica Ucrania, sino fuegos artificiales aún. Pero no se sabe lo que pueda venir en adelante si el Gobierno ignora lo que es serio y el presidente Arce se regocija con numeritos mágicos y con logros inexistentes, en vez, repetimos, de ocuparse de lo importante, de lo real.

Santa Cruz transita hoy martes (cuando escribo) por su décimo octavo día de paro, lo que es mucho decir. Y no es que nos guste frenar nuestra actividad a los cruceños, de ninguna manera; sino que, a los cambas, para realizar algo verdaderamente importante, jamás nos ha quedado otra alternativa que el paro, la desobediencia al poder, la imposición surgida del cabildo. Así fue siempre, porque ha bastado con oír lo que dijo el presidente Arce, para darnos cuenta que nos resultó extraño, que nos sorprendió; un informe salido de la Plaza Murillo, con una visión de pueblo y no de nación, parida con esfuerzo entre las paredes del horrible edificio que se montó abusivamente, sin pedirle permiso, encima del viejo Palacio Quemado.

Cuando a estas horas no sabemos qué sucede en Trinidad respecto de la fecha del censo, y el paro cruceño se puede prolongar mucho más tiempo provocando graves daños a la región y al país, el presidente nos vino a contar fantasías, nos trató de hacer magia, de irse por las ramas, y no se atrevió a referirse a lo que más importaba, a la gran encuesta nacional que Santa Cruz la exige pronto y a la que Gobierno le da largas.

Como de costumbre, el primer mandatario afirmó que rondan peligros que pretender atentar contra su alta investidura (quiso decir que existe una conspiración para tumbarlo seguramente) pero, si es cierto, eso no se está generando en Santa Cruz. Eso está agazapado en otra parte. Son sus viejos amigos los que están descontentos con él. Aquí nosotros estamos defraudados, eso es todo. Queremos lo que a cada boliviano le corresponde en cuanto a recursos económicos, pero, además, a lo que más parece temerle el Gobierno y el oficialismo, y es que queremos saber cuántos bolivianos somos realmente, cuántos y por qué hemos votado en las últimas tres elecciones generales. No sea que seamos un millón y medio más de habitantes y algunos no nos hayamos dado cuenta.

Manfredo Kempff Suárez