
La Paz, 1 de noviembre de 2023 (ANF).- Han pasado tres años desde que don Roberto Flores partió “a la otra vida”; por eso, su familia prepara este año la llegada de su alma como parte de la celebración de Todos Santos “con un motivo especial”. Además de preparar una mesa de pan, alistan una fiesta donde no puede faltar la música que le gustaba al difunto y la pinkillada, para “despacharle” contento.
En Bolivia, cada 1 y 2 de noviembre se celebra la fiesta de Todos Santos, un encuentro “entre los del más allá con los de acá”, contó el historiador y antropólogo andino Guiniol Quilla, quien resaltó que “esta fecha es especial para los bolivianos”, porque se celebra la llegada de “los ajayus (almas) de los seres queridos” con mesas de pan y hasta con fiestas.
Estas mesas de pan están preparadas en tres niveles, en la parte superior se coloca, como parte de la costumbre, una hilera de pasankallas que simboliza el “alaxpacha”, donde están las nubes; en el centro, las t’antawawas, el t’antacaballo, la escalera y la fotografía del difunto, y en la parte inferior, los productos que se relacionan con la tierra, como la comida, las flores y la cebolla con su tocoro.
La decoración de fondo se realiza con telas negras y moradas, para un adulto, aunque para un niño esto cambia a blanco.
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“En el caso de que el difunto sea un bebé, la mesa se arma con dulces y frutas”, agregó el experto.
Asimismo, precisó que toda esta preparación debe estar lista para las 12.00 del 1 de noviembre, momento en que se encienden las velas para darles la luz a los ajayus y así hallen su lugar en sus casas. “Es ese momento en que se da el encuentro entre los ajayus con los de acá, luego ellos se quedan hasta las 12.00 del 2 de noviembre”.
Quilla indicó que en el primer día se debe dar la bienvenida con rezos, por eso es que “ese día las familias abren las puertas para recibir a la gente, para que ellos recen por las almas”.
Doña Candelaria, viuda de Flores, sabe bien esas tradiciones, por eso contó que hizo diferentes tipos de masitas con más de dos quintales de harina.
“Son varias canastas de pan, pero eso es lo de menos; lo que quiero es que mi esposo llegue contento, porque le estamos esperando con todas las cosas que le gustan”, dijo y adelantó que en la mesa colocará un ají de arveja y un chicharrón, “lo que más le gustaba”, además de su cervecita.
“Se dice que mientras más alimentos se coloque a la mesa para el ajayu, este traerá mayor producción y economía en las familias. Es una bendición”, contó el antropólogo tras indicar que, en el caso de los bebés, se coloca incluso leche para el “angelito”.
Después, el 2 de noviembre a las 12.00 se despacha a las almas con música, baile y pinkilladas. “Esto por lo general se realiza en el tercer año del armado de las mesas”.
Mauro Núñez, músico y docente del Instituto de Formación Artística, Folklórico y Musical Félix Arturo Rodríguez, relató que por lo general se toca música del agrado del difunto al tercer año de armar la mesa de Todos Santos y “puede ser de cualquier tipo, eso no está cerrado en las tradiciones; pero según la cosmovisión andina, en esta época se toca instrumentos de pico, como los pinkillos y tarkas”.
No obstante, aclaró que lo que más se toca es el moc’oni (nudo) o almapinkillo “es un pinkillo que está construido en una caña que tiene un hueco al medio”.
Respecto a las melodías, precisó que por lo general se toca el huayño, “el cual está en tonalidades menores, porque hay una ambivalencia entre la alegría y un poco de tristeza. Es decir, al despachar a las almas tenemos ambos sentimientos; tristeza, porque nuestro ser querido ya no está con nosotros, pero alegres, porque está viniendo a visitarnos y sabemos que está con nosotros”.
Con esta tradición se le dice al alma “que si bien estamos tristes por su partida, pero queremos que le vaya bien en el cruce del umbral y que se vaya feliz”.
Para Quilla, esta tradición es similar en Bolivia, Ecuador y México y en cada uno de ellos se coloca “la simbolización del cuerpo del ajayu (alma)”. “En Bolivia, por ejemplo, se arma con pan y se lo denomina T’antawawa, en Ecuador se le nombra wawas de pan y en México se pone las calaveras”.
El antropólogo sostuvo que el arribo de los ajayus está relacionado con la llegada de la lluvia y eso está codificado en la letra de los cánticos y rezos en aymara. Por eso, su presencia cumple una función en la comunidad, espacio de campo económico y agrícola, ahí radica la importancia de recibirlos. “Es una reciprocidad entre los que están en la tierra y el wiñay pacha y wiñay marka, es decir, el espacio eterno”.