Francisco continúa ingresado en el Hospital Gemelli de Roma y su pronóstico sigue siendo “reservado”
Una mujer reza por el papa Francisco frente a la estuta de San Juan Pablo II, a la entrada del hospital Agostino Gemelli de Roma, donde el pontífice argentino está ingresado desde el 14 de febrero, el 26 de febrero de 2025. (AP Foto/Andrew Medichini)
Fuente: infobae.com
A la espera de que el TAC de pulmones revele cómo evoluciona su pulmonía bilateral, el papa Francisco sigue crítico, pero con carácter “estacionario”, es decir, estable dentro de la gravedad. Según el parte médico de esta mañana, el pontífice argentino ha pasado una noche tranquila y sigue descansando y con el tratamiento de oxígeno.
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Esta mañana está sentando en el sillón, ha informado el Vaticano.
Sin embargo, aunque nadie se arriesga a vaticinar qué pasará en los próximos días, parece que el pontífice argentino ha recuperado una cierta estabilidad desde que sufriera esa crisis respiratoria aguda y la insuficiencia renal el pasado fin de semana, y ha retomado una leve “actividad laboral”, tal y como anunció el Vaticano a última hora de la tarde del martes.
Fuentes vaticanas apuntan a que el papa come normalmente, está consciente y sigue son su tratamiento de oxigenación por cánulas nasales. Puede ser, según adelantan fuentes vaticanas, que al final de semana los médicos del Hospital Gemelli hagan un briefing sobre el estado de salud del pontífice.
Peregrinos en San Pedro. REUTERS/Claudia Greco
La catequesis del Papa
La catequesis que se ha publicado hoy del papa Francisco llevaba tiempo preparada para la audiencia general de este 26 de febrero, ha explicado el portavoz vaticano, Matteo Bruni.
El papa, en una audiencia general del año pasado.
La escena de Simeón en el Templo, relatada en el Evangelio de Lucas (2,22-35), tiene un profundo significado para los católicos, ya que simboliza el cumplimiento de las promesas de Dios, la revelación de Cristo como luz de las naciones y la aceptación de la voluntad divina.
Reproducimos aquí el texto con una traducción del texto original en italiano:
Jesucristo, nuestra esperanza
I. La infancia de Jesús
7. «Mis ojos han visto tu salvación» (Lc 2,30). La presentación de Jesús en el Templo
Lectura: Lc 2,27-29
Guiado por el Espíritu, [Simeón] fue al templo y, cuando los padres llevaron al niño Jesús para cumplir con lo que la Ley ordenaba respecto a él, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, según tu palabra».
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy contemplamos la belleza de “Jesucristo, nuestra esperanza” (1Tm 1,1) en el misterio de su presentación en el Templo.
En los relatos de la infancia de Jesús, el evangelista Lucas nos muestra la obediencia de María y José a la Ley del Señor y a todas sus disposiciones. En realidad, en Israel no existía la obligación de presentar al niño en el Templo, pero aquellos que vivían en la escucha de la Palabra de Dios y deseaban conformar su vida a ella lo consideraban una práctica valiosa. Así lo hizo Ana, madre del profeta Samuel, quien, tras haber sido estéril y recibir de Dios el don de un hijo, lo llevó al templo y lo ofreció al Señor para siempre (cf. 1Sam 1,24-28).
Lucas, por tanto, narra el primer acto de culto de Jesús, celebrado en la ciudad santa de Jerusalén, que será la meta de toda su misión itinerante desde el momento en que tome la decisión firme de dirigirse allí (cf. Lc 9,51), encaminándose hacia el cumplimiento de su misión.
María y José no solo insertan a Jesús en una historia familiar, en un pueblo y en una alianza con Dios, sino que también se preocupan por su protección y crecimiento, introduciéndolo en un ambiente de fe y culto. A la vez, ellos mismos crecen gradualmente en la comprensión de una vocación que los supera enormemente.
En el Templo, que es una “casa de oración” (Lc 19,46), el Espíritu Santo habla al corazón de un anciano: Simeón, un miembro del pueblo santo de Dios, preparado para la espera y la esperanza, que anhela el cumplimiento de las promesas que Dios hizo a Israel por medio de los profetas. Simeón reconoce en el Templo la presencia del Ungido del Señor, ve la luz que brilla en medio de los pueblos sumidos en “las tinieblas” (cf. Is 9,1) y se acerca a ese niño que, como profetiza Isaías, “ha nacido para nosotros”, es el hijo que “nos ha sido dado”, el “Príncipe de la paz” (Is 9,5).
Simeón toma en sus brazos a ese niño pequeño e indefenso, pero en realidad es él quien encuentra la consolación y la plenitud de su existencia al sostenerlo. Expresa esta experiencia en un cántico lleno de gratitud conmovedora, que la Iglesia ha convertido en una oración para el final del día:
«Ahora puedes dejar, Señor, que tu siervose vaya en paz, según tu palabra,porque mis ojos han visto tu salvación,preparada por ti ante todos los pueblos:luz para iluminar a las nacionesy gloria de tu pueblo, Israel» (Lc 2,29-32).
Simeón canta la alegría de quien ha visto y reconocido la salvación y puede transmitir a los demás el encuentro con el Salvador de Israel y de las naciones. Es testigo de la fe, que recibe como un don y comunica a los demás; testigo de la esperanza, que no decepciona; testigo del amor de Dios, que llena de alegría y paz el corazón humano. Lleno de esta consolación espiritual, el anciano Simeón no ve la muerte como un final, sino como un cumplimiento, como plenitud; la espera como una “hermana” que no aniquila, sino que introduce en la vida verdadera, aquella que él ya ha anticipado y en la que cree.
Ese día, Simeón no es el único que ve la salvación hecha carne en el niño Jesús. Lo mismo sucede con Ana, una mujer de más de ochenta años, viuda, totalmente dedicada al servicio del Templo y consagrada a la oración. Al ver al niño, Ana alaba al Dios de Israel, que en ese pequeño ha redimido a su pueblo, y lo anuncia a los demás, difundiendo con generosidad la palabra profética.
El canto de redención de estos dos ancianos se convierte así en un anuncio del Jubileo para todo el pueblo y para el mundo. En el Templo de Jerusalén, la esperanza renace en los corazones, porque en él ha entrado Cristo, nuestra esperanza.
Queridos hermanos y hermanas, imitemos también nosotros a Simeón y Ana, estos “peregrinos de la esperanza”, que tienen los ojos limpios para ver más allá de las apariencias, que saben “percibir” la presencia de Dios en la pequeñez, que saben acoger con alegría la visita de Dios y reavivar la esperanza en el corazón de los hermanos y hermanas.