Sin identidad ni renta dignidad: el drama cotidiano de un boliviano lustrabotas de 75 años


En su vejez no hay descanso ni derechos, solo trabajo mal pagado y la esperanza, cada vez más tenue, de que algún día alguien lo escuche.

eju.tv

En plena Ceja de El Alto, entre el bullicio de vendedores, minibuses y compradores apurados, trabaja don Santiago Callisaya Flores, un hombre de 75 años que lleva más de dos décadas lustrando zapatos. Sentado en su banquito bajo el sol o el frío, con la mirada cansada pero firme, don Santiago es un boliviano que legalmente, no existe. No tiene cédula de identidad y tampoco acceso a la Renta Dignidad ni a ningún otro derecho básico que le correspondería por su edad.



“Mi mamá se ha muerto y mi papá se ha perdido”, cuenta con voz entrecortada a Cadena A. Fue criado por su abuela, y nunca supo cómo tramitar sus documentos.

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“No sabía con qué sacar documentos”, dice con una mirada confundida, la misma con la que menciona que nunca cobró la Renta Dignidad. Mientras habla, no hay resentimiento, solo resignación. Vive en un cuarto de alquiler por el que paga 150 bolivianos mensuales, una suma que muchas veces no puede cubrir. “No alcanza, no alcanza para la familia”, repite.

Don Santiago no solo lustra zapatos. Ayuda a las caseritas de la zona a montar y desmontar sus puestos de venta, hace mandados, a veces lava platos en los comedores populares.

“Así nomás se gana, 50, 30… lo que se puede. Diez pesitos, cinco pesitos… así nomás lo regalamos”, dice una de las vendedoras que lo conoce desde hace años. Todos lo llaman con cariño, lo respetan, lo valoran, pero ninguno puede hacer más que eso.

En la cotidianidad de la pobreza extrema, don Santiago sobrevive como puede. Su hijo, cuando puede, le paga el pasaje o la comida. “A veces estoy sin comer”, admite sin dramatismo, como si el hambre fuera parte de su rutina diaria.

En su vejez no hay descanso ni derechos, solo trabajo mal pagado y la esperanza, cada vez más tenue, de que algún día alguien lo escuche.

Esta no es solo la historia de don Santiago, sino de miles de ancianos que viven precariamente en el país, al historia de un ciudadano sin papeles en un país con autoridades que se alaban de haber eliminado la indocumentación.

Don Santiago no exige nada imposible, solo que se le reconozca y que por fin, a sus 75 años, se le permita vivir con un mínimo de justicia y dignidad.