(Marcelo Terceros y Mariano Baptista)
La semana pasada recordé a dos grandes amigos (uno, además, mi tío) que tuvieron mucha influencia en mí y con quienes compartí momentos de esparcimiento y de trabajo, disfrutando de su sabiduría y amor por su oficio. Uno fue mi tío Marcelo Terceros Banzer y el otro mi gran amigo Mariano Baptista Gumucio, el “Mago”, biznieto del presidente Baptista.
Marcelo Terceros, casado con Anita Suárez, hermana de mi madre, fue un hombre público que recorrió los caminos del derecho, el civismo, la docencia, el periodismo, la diplomacia, la política y los estudios históricos y religiosos de Santa Cruz y de la hispanidad. Hombre de profunda fe, enjundioso en la lectura, no podía defraudar a quienes lo conocían o a quienes contaron con él para grandes emprendimientos.
El viernes pasado, los descendientes de Marcelo y de su querido padre, el patricio don Adalberto Terceros Mendívil, donaron a la Universidad Privada Santa Cruz de la Sierra (UPSA) sus respectivas bibliotecas y archivos. Nada más importante que dejar para la posteridad, para los jóvenes que vengan, textos valiosos que los harán mejores.
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Marcelo Terceros Banzer, el hombre amiguero y de la buena mesa, el consumado hispanista, falleció súbitamente a los 62 años. Fue una muerte traicionera, mezquina, antes de tiempo. Don Adalberto Terceros, su padre, padeció de una muerte inesperada también, pero esta vez trágica; fue víctima del accidente del Junker “Juan del Valle” en el que sucumbieron las máximas autoridades cruceñas, en 1940.
Este reciente acto en la UPSA fue motivo para que recordara a tío Marcelo, desde sus inicios jóvenes en el Comité Cívico, pasando por las aulas de la UGRM, por su militancia en FSB y por la infamia de los campos de concentración movimientistas. Pero, luego, por sus escritos y por su participación en la diplomacia, como delegado en Naciones Unidas, embajador en Madrid, y, esencialmente en Brasilia y en el Viceministerio de RR.EE., desde donde tuvo una destacada actuación en los contratos del gas con Brasil en 1974, trabajo complejo que llegó a buen término y que ha sido uno de los mayores logros diplomáticos de Bolivia en el siglo pasado.
De mi entrañable amigo Mariano Baptista, sabía, por Beatriz su mujer, que pasaba por momentos de enfermedad, hablé alguna vez por teléfono con él, y luego supe del brusco decaimiento que lo arrastraría al final y que Mariano sobrellevó dominándolo hasta el último día, sin perder la consciencia. Recordé nuestros almuerzos de los jueves en casa de Miriam, su hermana, donde asistían sus hermanos Fernando y Bernardo, además de Oscar Bonifaz, Salvador Romero, Luis Ramiro Beltrán, Alfredo Laplaca y yo. Jorge Siles Salinas, el “chino” Soriano, Carlos Serrate Reich, Ramiro Prudencio, Enrique Fernández García y otros intelectuales, eran convidados, mensualmente, a esa mesa fina, donde la única mujer era Miriam, tan interesada y amante de la política y la cultura.
Cuando asumí el cargo de ministro de Informaciones durante el Gobierno del general Banzer, invité a Mariano como gerente del Canal 7, donde, con más deudas que recursos, realizó una esforzada y lúcida tarea. Era épocas de escasa competencia televisiva, por lo que se podía disimular, de alguna manera, las falencias de la TV del Estado. Mariano, desde entonces, y hasta poco antes del final de sus días, no dejó de hacer valiosos programas culturales de televisión, por su propia cuenta.
Fuimos colegas en el primer gabinete ministerial de Jaime Paz Zamora en 1989 y ahí empezó nuestra amistad que fue creciendo con el tiempo. Desde la dirección de Última Hora, donde estuvo algunos años, recibía mis artículos y me llamaba a pasar por la dirección cuando le anunciaba visita don Augusto Céspedes, el “Chueco”, con quien bebíamos café y reíamos a costa de sus ocurrencias. Desde ahí mismo, con el respaldo de Mauro Bertero, Mariano publicó la segunda edición de mi novela Luna de Locos, lo que fue importante para que, luego, el libro saltara a casas editoriales importantes.
Me presentó como candidato a ocupar una silla en la Academia Boliviana de la Legua y me hizo el honor de responder a mi trabajo de ingreso, el año 2001, que versaba sobre la literatura cruceña. Escribió, además, algunos comentarios sobre mi obra en el campo de la novela, que me enaltecieron por su generosidad.
Mucho tendría que escribir sobre tío Marcelo y mi amigo Mariano, personajes tan conocidos en el país, pero las columnas en la prensa escrita deben ser breves por consideración a sus directores y mucha tinta debe quedarse en los tinteros, como es el caso.
