Detrás de una historia de más de 250 años de vida constitucional, en Estados Unidos cuatro presidentes fueron asesinados y dieciséis sufrieron intentos de magnicidios o debieron enfrentar complots en contra de sus gestiones presidenciales, lo que se traduce que más de un tercio – es decir, un 35% de los que han ocupado la Casa Blanca – fueron apuntados por un arma de fuego.
Lo curioso – y ya más de un analista norteamericano enarbola teorías de conspiración, otros hablan abiertamente de un montaje burdo para sepultar la crisis de la guerra con Irán y la consabida lista de Epstein, con el objetivo de “ganar oxígeno” político a meses de unas elecciones intermedias, que claramente, el partido republicano perderá – es que Trump vuelve a romper récords que deben leerse con mucho cuidado, y no sólo por las tres veces que se atentaron contra su vida, sino porque cuando un mandatario es víctima en sólo dos años de tres intentos de acabar con su vida, quiere decir algo está completamente roto en una democracia donde sus ciudadanos quieren acortar el mandato democrático mediante la violencia o están dispuestos a apoyar que un desquiciado, para que violente la democracia. Trump, en esto de los magnicidios, le ganó incluso al mandatario americano Gerald Ford que en 1975 sufrió dos intentos de asesinato en menos de diecisiete días de diferencia.
Para varios sociólogos y académicos, Estados Unidos es un enorme experimento social de distintas razas, clases sociales, culturas dispares y diametralmente opuestas que, curiosamente, lograron construir un imperio durante más de 200 años, pero que a la postre se está derrumbando. Esa cohesión social norteamericana se habría perdido. Hoy en los pasillos de las universidades que resisten los embates de un bucólico Trump junto a unos enfurecidos extremistas, se habla de un imperio decadente, sin principios, ni valores, ni propósitos. Un país sin identidad, plagado de grupos extremistas blancos cristianos y nacionalistas, y ahora manipulados por una nueva casta de poder que quiere reordenar al mundo entero bajo una lógica de sumisión y cuyos lideres son los tecnócratas.
Mucho antes de que la palabra tecnocracia aparezca en el contexto de la Gran Depresión estadounidense, el filósofo francés Saint-Simon inventó la tecnocracia, que asociaba a una especie de reinvención de la autoridad en las pujantes sociedades industriales de la época. Su rasgo más peligroso fue refundar la autoridad e impulsar la construcción del futuro basada en competencias exclusivamente tecnocientíficas para afianzar un orden político meritocrático, eficaz y justo.
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Más de doscientos años después, en medio de un caótico y desbordado Trump, surgen nuevas versiones de esta parábola, pero muchísimo más extremistas. Para ellos la democracia es incompatible con la libertad y no sólo eso, sino que además, construyen una mirada ofensiva y de ataque frontal en busca de un nuevo orden mundial, bajo una mirada supremacista.
Y no hay nadie mejor que este hombre anaranjado, abismalmente ignorante y miserable, para encarnar este movimiento altamente preocupante y al que un desmedido Milei, se entregó de cuerpo entero.
Pero volvamos al tercer intento de magnicidio en contra de Trump que, estoy casi seguro podría eclipsar al magnicidio más bullado del país del norte: el asesinato de John F. Kennedy cuando un 22 de noviembre de 1963, fue baleado a tiros mientras viajaba en una caravana de autos abiertos en Dallas, Texas – incidente que obligó a posteriori a que todos los mandatarios se trasladen en autos blindados y cerrados -, ejecutado supuestamente por el ya legendario Lee Harvey Oswal y que se convirtió en uno de los asesinatos con la mayor cantidad de producciones cinematográficas, de historias de ficción, de complot y de teorías de la conspiración para todos los gustos. Fueron tres tiros que acabaron con la vida de un político que simbolizaba la anhelada realeza norteamericana. Años más tarde, su hermano menor, Robert Kennedy, también sería abatido a tiros en plena campaña electoral. Y, ahora, Trump será éxito de taquillas.
Lo que es evidente es que muy pocos acontecimientos políticos cambian tan drástica y profundamente el curso de la historia de un país y su sociedad como un magnicidio. Incluso aquellos que fracasaron. Estos actos violentos han alterado el destino de naciones y han dejado una marca indeleble en la memoria colectiva.
En los últimos 120 años (es decir, desde el inicio del siglo XX hasta la fecha), en América Latina 12 presidentes fueron asesinados. Algunos eran mandatarios de gobiernos de facto o militares, mientras que otros llegaron al cargo por medio de procesos democráticos. En México ya se asesinaron a más de En México, sólo en las Elecciones 2024 se reportaron al menos 63 actores políticos asesinados, de los cuales 37 eran candidatos. En 2021, se registraron 102 políticos asesinados (36 aspirantes a cargos públicos). Entre 2003 y finales de 2025, se documentaron más de 115 homicidios de presidentes municipales, siendo los sexenios de Enrique Peña Nieto (38) y Felipe Calderón (36) los de mayor violencia.
En Bolivia fueron doce presidentes bolivianos quienes fueron muertos de forma violenta, y sus vidas terminaron en circunstancias marcadas por el conflicto, la traición y la ambición de poder.
Otra clase de asesinato político – no magnicida – pero que nace de las entrañas del poder mismo y también marcan huella y cambian el rumbo de la historia, son los crímenes liderados por políticos, dictadores y tiranos desde las entrañas mismas del poder.
Uno de los más emblemáticos fue el homicidio liderado por un dictador que urdió desde más de mil kilómetros de distancia un asesinato: Stalin y su enfermiza envidia en contra de León Trotsky quien fue brutalmente liquidado en su residencia en Coyoacán, México, durante un cálido verano de 1940 con un piolet a manos de un enigmático español de nombre Ramón Mercader, un joven comunista ciegamente leal a Stalin y a su policía secreta.
Putin no se queda atrás en esta larguísima lista de asesinatos comandados por líderes rusos. Este mafioso ya se ganó un espacio muy importante en la historia como un matón cuyo método de asesinato preferido es el envenenamiento de todos sus enemigos. Es su sello personal.
Los hermanos Castro – Fidel y Raúl – fueron asesinos seriales que ejecutaron a cientos de miles de cubanos por solo pensar diferente. Desde fusilamiento ordenados y suscritos por el propio Che Guevara, a quien no le temblaba el pulso para firmar las órdenes de fusilamientos del día, a nombre de la revolución. Y así, podríamos seguir…
El poder es una forma de enfermedad mental.
