En el Día del Libro: Una mirada a la educación secuestrada


 

La última de mis hijas terminó el colegio en 2025 y este año ha comenzado la universidad. Como acto final de su vida escolar, tomé sus textos para darles una última miradita antes de donarlos, pero, al hacerlo, encontré con estupor que en vez de educación lo que recibió en sus páginas fue propaganda. Los suyos no fueron libros para formar ciudadanos libres, sino materiales diseñados —con mayor o menor disimulo— para orientar el pensamiento de los estudiantes en una sola dirección y durante casi dos décadas.



Uno de ellos, Cosmovisiones: Filosofía y Psicología, de Editorial Don Bosco, resulta particularmente revelador. Bajo un título ambicioso, el contenido incurre en una mezcla peligrosa de conceptos académicos con construcciones ideológicas que se presentan sin el debido rigor. Desde sus primeras páginas, se introduce el término “Homo abyayalaense”, deslizado con tal ligereza que podría confundirse con una categoría científica. No lo es. “Abya Yala” es un concepto político-cultural contemporáneo, empleado por ciertas ideologías desde los años noventa para reivindicar la identidad indígena frente a la colonización europea, pero su uso exige precisión. Cuando se omite esa explicación, lo que se siembra no es conocimiento, sino confusión deliberada.

El problema se agrava en la unidad dedicada a los “mitos modernos”. Allí aparecen personajes de la cultura pop —como Súperman, Batman, Flash, la Mujer Maravilla y otros superhéroes de DC Comics— junto a la figura de Ernesto “Che” Guevara, elevado a la categoría de “héroe moderno”, como si también tuviera superpoderes, en una página completa dedicada a su supuesta dimensión legendaria. ¿El resto? Silencio. Ningún análisis crítico, ninguna contextualización histórica, ninguna invitación a contrastar visiones. No se trata de enseñar: se trata de sugerir qué admirar. Eso no es pedagogía; es adoctrinamiento.

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Tampoco pasa desapercibido el tratamiento de los rituales asociados a la cosmovisión andina. Conceptos como la ética, la reciprocidad o la complementariedad son presentados sin contraste, sin diálogo con otras tradiciones, sin una mirada plural. Lo más grave, sin embargo, no es lo que se incluye, sino lo que se excluye. No hay rastro de las cosmovisiones del oriente boliviano, ni de las extraordinarias obras hidráulicas de Moxos, ni de la “tierra sin mal” guaraní. El mestizaje, piedra angular de nuestra identidad, no aparece ni por asomo. La omisión también es una forma de discurso. Y en este caso, es uno que fragmenta, que selecciona, que borra.

Además, al ver las ilustraciones que hacen referencia a dichos rituales, lo primero que uno recuerda es a Valentín Mejillones Acarapi, el amauta que ungió a Evo Morales como líder de los indígenas de Bolivia en 2006, y que cayó preso poco tiempo después por tener 240 kilogramos de cocaína en estado líquido en su casa de El Alto. La conexión resulta inevitable.

No estamos ante errores u omisiones aisladas, sino ante un patrón. Una narrativa que privilegia ciertos enfoques y silencia otros, configurando una visión parcial del mundo que se ofrece como si fuera completa. Así se forman generaciones: no con preguntas abiertas, sino con respuestas sugeridas.

Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que un texto con estas características haya sido publicado por una editorial de tradición católica como Don Bosco? ¿En qué punto la necesidad de competir en el mercado de textos escolares termina subordinando principios académicos a exigencias ideológicas? La pregunta no es menor, porque toca el corazón mismo de la credibilidad institucional. Quizás por la necesidad de competir y meter sus libros al sistema educativo nacional, algunas empresas se ven presionadas a prestarse a la panfletería oficialista.

Muchos padres creen —o queremos creer— ingenuamente que la educación privada ofrece algún grado de protección frente a este tipo de sesgos. La realidad demuestra lo contrario. No hay inmunidad cuando el problema está en la base del sistema.

No he revisado todos los textos, pero es sabido que, en áreas como Ciencias Naturales, particularmente en temas relacionados a educación sexual, existen materiales que generan resistencia incluso entre los propios docentes, algunos de los cuales optan por omitirlos o reinterpretarlos. Cuando los profesores se ven obligados a filtrar el contenido oficial, algo está fallando de manera estructural.

Este 23 de abril celebramos el Día Mundial del Libro, instaurado por la UNESCO para fomentar la lectura, la producción editorial y el respeto al derecho de autor. Esta fecha debería, no obstante, servir también para algo tan o más urgente: preguntarnos qué tipo de libros estamos poniendo en manos de nuestros jóvenes porque no basta con leer; importa —y mucho— qué se lee.

Frente a este panorama, resulta apremiante reivindicar el papel de la lectura como ejercicio de libertad. En ese sentido, los autores independientes bolivianos venimos impulsando una labor silenciosa, pero firme: llevar libros a colegios, ferias y espacios públicos, proponiendo contenidos diversos, abiertos, alejados de consignas. No buscamos imponer otra ideología, sino devolverle al lector su derecho a pensar.

Además, en un momento en que se plantea la regionalización del currículo educativo, se abre una oportunidad que no debería desperdiciarse. Si se hace con seriedad, podría corregir muchos de estos desequilibrios. Si se hace con los mismos vicios, solo multiplicará el problema.

Las nuevas autoridades nacionales tienen hoy múltiples frentes de conflicto abiertos; pero la educación no puede seguir siendo uno más de tantos. ¡Es el frente decisivo! Y en ese terreno, quienes trabajamos en literatura tenemos no solo el derecho, sino la obligación de alzar la voz porque cuando los libros dejan de enseñar a pensar, comienzan a dictar qué pensar. Y ese es el más claro síntoma de una sociedad secuestrada y sometida.

Alfredo Rodríguez Peña

Presidente Sociedad Cruceña de Escritores Germán Coimbra Sanz