MS.c Hugo Salvatierra Rivero
Periodista y docente universitario
La transición en la Gobernación de Santa Cruz ha entrado en su cuenta regresiva. Con los resultados oficiales consolidados, el departamento se alista para un cambio de mando el próximo 3 de mayo, bajo un clima de alta expectativa política y una realidad financiera asfixiante.
La administración entrante recibirá una institución bajo presión extrema, condicionada por dos factores críticos: la agonía del modelo rentista (dependencia de regalías e IDH) y el peso muerto de la deuda heredada. Los ingresos, históricamente ligados a una renta petrolera hoy en declive por la caída en la producción de gas, han mermado la liquidez para inversión pública. A esto se suma un «techo presupuestario» rígido, donde los compromisos previos en infraestructura y salud limitan cualquier margen de maniobra para el primer semestre.
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El desafío es titánico: optimizar gastos de funcionamiento para rescatar recursos destinados a la inversión productiva. Desde nuestro análisis, la nueva gestión deberá sortear cuatro retos ineludibles:
- Pacto Fiscal y Autonomía Financiera: La única vía para dejar de depender de las migajas del nivel central.
- Gestión Metropolitana: Coordinar un crecimiento que ya desbordó los límites municipales.
- Crisis Energética y Productiva: Proteger el motor económico cruceño frente al desabastecimiento nacional.
- Fortalecimiento Hospitalario: Atender la demanda de salud sin que el presupuesto se diluya en burocracia.
Dado que el efectivo es escaso, la administración de Juan Pablo Velasco está obligada a cambiar el modelo. Debe mutar de una entidad «pagadora de cheques» a una gestora de recursos globales, buscando financiamiento en organismos como el BID o la CAF, y promoviendo alianzas público-privadas.
El panorama 2026-2031 se perfila como el más complejo de las últimas décadas. No será un periodo de bonanza, sino de supervivencia creativa. El éxito de la nueva administración dependerá exclusivamente de su capacidad para negociar una nueva estructura de ingresos y atraer capital privado que supla la ausencia de fondos públicos.
Lo más peligroso está en el costo del fracaso: si no se concreta el Pacto Fiscal ni se atrae inversión externa, la Gobernación corre el riesgo de reducirse a una oficina puramente burocrática. En ese escenario, el modelo de «Santa Cruz Líder» o la «locomotora del país» quedaría frenado, condenando a las provincias a la autogestión o, peor aún, a la total dependencia de la voluntad política del centralismo en La Paz.
