A fines de 1945, concluida la guerra en Europa con la caída de Berlín y el suicidio de Hitler, y Japón rendido, presa todavía de los estragos de las dos bombas atómicas, los norteamericanos, soviéticos, ingleses y franceses, coincidieron en que era necesario sentarles la mano, primero a los nazis derrotados, y que luego los americanos se encargarían de los nipones. La mejor forma en Europa, la más civilizada antes de matarlos en ejecuciones sumarias, como en algún momento sugirió el fiscal inglés, era montarles un juicio internacional de acuerdo a derecho. Había que mostrarse ante la comunidad mundial como justicieros frente a los genocidas. Claro que el genocida de Stalin que mató más personas que Hitler se sentía un angelito y se reía irónicamente detrás de su bigote. Y tampoco era menos expresiva la cara de sastre satisfecho de Harry Truman luego de haber hecho desaparecer a Hiroshima y Nagasaky inaugurando la era atómica.
Para eso, para dar una imagen que no fuera de venganza, fiscales y jueces de las potencias vencedoras, estuvieron trabajando, vigilados por el ojo desconfiado de Stalin, en busca de la manera más civilizada de ajusticiar a quienes habían cometido los crímenes más horrendos hasta entonces conocidos, porque se ignoraba las masacres del Ejército Rojo, cuando lo de las fosas de Katyn se culpaba todavía a los germanos.
Se eligió una de las ciudades alemanas más emblemáticas del Tercer Reich, donde se realizaban los festejos multitudinarios del nazismo y todavía resonaba la voz colérica de Hitler: Nuremberg. Destruida en su mayor parte, como casi todas las ciudades alemanas, conservaba, casualmente en pie, su sólido Tribunal de Justicia. Luego de retirar escombros se decidió que allí se procesaría a los arrogantes criminales teutones.
Muchos nazis prominentes, empezando por Hitler, ya se habían suicidado, otros se entregaron a los yanquis o ingleses (no a los soviéticos) y una buena parte se escabulleron, varios con la ayuda cómplice del Vaticano, y pudieron escapar a la Argentina peronista.
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Para que los asesinatos de la II Guerra Mundial no volvieran a producirse y para que las Naciones Unidas se estrenaran como garantes de la paz mundial, los juristas de las potencias vencedoras llegaron a la conclusión que a los retorcidos alemanes había que acusarlos de “crímenes de guerra”, “crímenes contra la paz” y “crímenes contra la humanidad”. Ahí cabían todos los delitos. Ningún nazi responsable de cometer fechorías podía eludir su destino con esas nuevas normas.
Ya sabemos que a la mayoría de los acusados los colgaron, porque era imposible para los procesados negar que conocían el Holocausto judío, los trabajos forzados de los prisioneros, los campos de concentración y el despiadado trato a la población civil propia y de los territorios ocupados. Algunos pocos fueron condenados a largos años de prisión. Tribunales menores se realizaron en toda Europa del Este principalmente, y los autores, miembros de las SS por lo general, fueron fusilados o ahorcados. Era la venganza que los nazis más violentos tenían que pagar merecidamente si se perdía la guerra.
¿Y ahora qué va a suceder con esto que muchos ya llaman la Tercera Guerra Mundial? Primero habrá que saber quién ganará la lucha, aunque como en las carreras de caballos existe un claro favorito. El que gana juzga al que pierde; así fue y así será en el futuro. Luego veremos si el nuevo Nuremberg se instala en Washington o en Teherán. Si Trump es degollado frente a las cámaras de televisión o el ayatolá, baila mambo en la silla eléctrica o para no mostrar crueldad es despachado con una inyección letal.
Porque no podemos ser tan desinformados ni tan cobardes como para decir que ignoramos lo que está pasando en el mundo. Los palestinos han provocado este apocalipsis estúpidamente, y los judíos no están para soportar provocaciones ni intenciones de que los vuelvan a exterminar, como sucedió con Hitler. Ya no más crematorios siniestros. Los de Hamás debieron saber a lo que se metían, pero lo hicieron, además, con una infinita crueldad.
Sin embargo, extraña la extrema ferocidad de los israelitas, que están actuando con un comportamiento que no difiere mucho con lo que hacían sus verdugos nazis. El ejército alemán fusilaba al azar a diez vecinos en el lugar donde hubieran matado a uno de sus soldados. Eso nos parecía terrible, diez por uno. Hoy, si sacamos cuentas, los judíos están matando a quinientos o más palestinos por cada uno de los suyos. Pero, además, el ejemplo de Gaza conmueve. Si vemos fotos o documentales de Berlín, Dresden, Colonia, Hamburgo, y cien más, vemos que Gaza está tan destruida o peor que las urbes alemanas bombardeadas, donde sus habitantes fueron, de toda edad o sexo, “cocinados”.
Tanto esfuerzo de los EE.UU., Rusia, Inglaterra y Francia para justificar ante el mundo su venganza por los crímenes de los nazis, y ahora la matanza sigue, en Israel, Líbano, Irán, como en la heroica Kiev. Kiev estará pronto como Berlín si no hay ayuda inmediata de Europa. Los rusos también están “cocinando” a los ucranianos que todavía se defienden y que combaten en territorios que ya habían sido ensangrentados, hace más de 80 años, por combates entre germanos y soviéticos.
¿Quién ganará en esta guerra que nos sorprende porque las brillantes mentes de Harvard, y del pensamiento europeo, no entendieron la Historia? ¿Si murieron 50 millones de personas en la II Guerra Mundial, ahora, con la maravillosa IA, con los drones y las bombas que penetran hasta el centro del planeta, morirán mil o dos mil millones? ¿Y qué va a suceder entonces? ¿Cómo se va a juzgar a los vencidos? ¿A los ayatolás, a Hamás o la Yihad Islámica o a Trump, Putin, Netanyahu y sus generales? Tiene que ser con los mismos argumentos que se aplicaron a los criminales nazis. Sancionar con la muerte a quienes cometieron”crímenes contra la guerra”, “crímenes contra la paz”, “crímenes contra la humanidad”. Porque eso es lo que se está cometiendo hoy. De lo contrario, ¿de qué sirve toda esa cháchara jurídica que exprimió los sesos de los jueces y fiscales de 1945 en Nuremberg? ¿Solo para mencionar con fingida pasión sobre el amor por la paz y la justicia y machacar con eso que nadie cree, desde las cómodas butacas del Consejo de Seguridad de la ONU?
