El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de publicar la última versión del World Economic Outlook y nos deja varios elementos para el análisis de la economía internacional, regional y, más especialmente, la boliviana.
El dato que ha capturado los titulares es, sin dudas, el de la contracción de la actividad económica. Debemos recordar que, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la gestión 2024 cerró con un crecimiento positivo del 0,73%. Este dato es, a pesar de ser positivo, bastante preocupante. Que una economía crezca menos del 1% supone rozar el estancamiento, especialmente cuando esa tasa se ve sobrepasada por el crecimiento, todavía mayor, de otras variables como el crecimiento población (más personas para una misma torta) o la de deuda (mayor presión sobre la misma producción), por mencionar algunas.
En este respecto, el FMI proyecta que el 2025 Bolivia cerraría con una contracción de la economía de 1.2% del PIB. A ello se le suma una contracción todavía mayor para 2026 del 3.3% del PIB, el dato que ahora todos comentan. No menos importante resulta la proyección para 2027, misma que es inexistente. Es decir, el FMI no proyecta una tasa de crecimiento (o decrecimiento) para Bolivia en el próximo año. Esto es una señal de la incertidumbre que existe entorno a la economía boliviana y los posibles caminos que pueda tomar la actual administración.
El discurso del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas (MEFP) es de reducir el déficit fiscal en un 30%, lo que supondría un shock contractivo en el muy corto plazo. El razonamiento es el siguiente: El sector público es uno de los principales generadores de empleo formal. Al reducir su nivel de gasto, se deja de financiar empleo público, y de demandar bienes y servicios, lo que golpea de manera directa a la economía. Ojo, estos ajustes, aunque dolorosos, son necesarios para corregir los desequilibrios macroeconómicos que se vienen arrastrando hace ya más de una década. Ajustar tiene un costo social elevado; no ajustar supone pagar un precio todavía mayor.
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Retomando las decisiones que podría tomar el gobierno al reformular el Presupuesto General del Estado (PGE), se puede entender que los organismos internacionales no se aventuren a lanzar proyecciones para el futuro inmediato de Bolivia. El discurso puede no coincidir con las acciones, lo que eleva esa incertidumbre sobre la orientación de la política económica. Bolivia continúa siendo el único país sin proyecciones de crecimiento de su PIB a 2027 en todo el continente americano.
El WEO contiene, además, otros datos de gran relevancia para profundizar el análisis de la economía boliviana. Por ejemplo, el FMI proyecta una inflación anualizada del 20.7% para 2026. En este sentido, se repetiría el proceso de destrucción del poder adquisitivo de los bolivianos, como viene sucediendo con tasas de dos dígitos en 2024 y 2025. Debe destacarse que, nuevamente, no existen proyecciones para 2027.
Pasando a las perspectivas de la cuenta corriente, se nota una proyección positiva. Mientras en 2025 se cerró con un dato negativo del 1.9%, para 2026 se proyecta una cuenta corriente positiva del 1.2% del PIB. Sin embargo, este dato, aparentemente positivo, esconde otros elementos que dan cuenta de lo golpeada que se encuentra la economía boliviana. Pensemos, por ejemplo, en la mejora reciente de la balanza comercial, es decir, la diferencia entre importaciones y exportaciones, tal y como se ha podido constatar con los datos disponibles para enero y febrero. Este dato positivo esconde la caída de la importación de combustibles por parte de YPFB, lo que, a falta de una normativa que facilite la importación privada de diésel y gasolina, puede comprometer el normal abastecimiento de la economía en su conjunto. Otro elemento tiene que ver con la escasez de dólares y la propia crisis económica, que se refleja en una caída de las importaciones.
Por último, el FMI prevé que el desempleo pase del 3,3% al 4,5%. Este dato negativo va de la mano con la proyección de contracción: El gobierno entra en un proceso de consolidación fiscal, deja de contratar a numerosas empresas que le proveían bienes y servicios, esas unidades productivas cierran y el desempleo aumenta. Esto pone de manifiesto la imperiosa necesidad de una nueva normativa laboral que flexibilice el mercado de trabajo y genere facilidades para la reubicación del empleo en el país.
El WEO vuelve a recordarnos que la economía boliviana sigue en un proceso profundo de recesión y que la tan ansiada recuperación puede estar todavía distante en el horizonte. Cierto, este informe del FMI no nos dice nada que con anterioridad no se hubiera podido comprobar mirando los datos del INE, el MEFP o el propio Banco Central de Bolivia. Empero, esperemos que sirva como un llamado de atención para las nuevas autoridades sobre la necesidad de impulsar medidas que nos alejen del camino que, durante las últimas dos décadas, nos colocaron en esta situación. Es hora de hacer algo distinto con nuestra economía.
