La historia política de las naciones, y particularmente la boliviana, nos ha enseñado que los periodos de transición no son meros intervalos cronológicos, sino verdaderos vórtices donde convergen las tensiones acumuladas de ciclos que se resisten a fenecer.
La premisa de que la transición desencadena todas las fuerzas negativas que dos décadas de autoritarismo cubrieron con un manto de niebla no es solo una observación empírica, sino una constatación de la naturaleza dialéctica del Poder.
Cuando un régimen de corte vertical y caudillista comienza a fisurarse, como pasó con el de Evo Morales y el MAS, lo que emerge es la penumbra de las asignaturas pendientes, los rencores postergados y la fragmentación de una sociedad que fue obligada a mimetizarse bajo un discurso único.
En el caso boliviano, el agotamiento del ciclo iniciado bajo la égida del nacionalismo revolucionario, en su fase final masista, dejó al descubierto una estructura estatal cuya fragilidad institucional fue compensada por el peso del carisma, la coacción simbólica, la corrupción instrumentalizada y la prebenda.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Al disiparse la “niebla” autoritaria, nos enfrentamos a una cruda realidad: la ausencia de mecanismos de mediación social que no pasen por la negociación o el enfrentamiento directo. Es aquí donde la transición se vuelve peligrosa, pues las fuerzas negativas encuentran el caldo de cultivo ideal para desestabilizar cualquier intento de consolidación del orden democrático.
La necesidad de organizar un gobierno de unidad nacional o, en su defecto, una alianza política de amplio espectro deja de ser una opción estratégica para convertirse en un imperativo de supervivencia estatal. La gobernabilidad, en contextos de alta fragmentación, debe ser el producto de un pacto que garantice la pacificación real, aquella que trasciende el silencio de las armas para instalarse en el respeto a las reglas del juego democrático.
Sin este consenso mínimo, la transición corre el riesgo de transformarse en una crisis perpetua, donde los actores políticos, en lugar de construir un proyecto de Estado para el siglo XXI, se limitan a administrar los escombros del ciclo anterior, o intentar (como hacen hoy los cobistas del MAS) sacar tajada residual del proceso; sobrevivir en su naufragio.
La arquitectura de consensos que intenta armar el gobierno se ve severamente erosionada por el comportamiento de sectores sociales y políticos ligados al pasado, cuya errática trayectoria pone en evidencia su filiación autoritaria.
En lugar de erigirse como el contrapeso necesario para equilibrar las pulsiones del Ejecutivo, la oposición ha transitado por una zona gris donde sus acciones no son más que una repetición tardía del masismo que, lejos de fortalecer los mecanismos sociales de fiscalización, se transforman en mecanismos orientados a desestabilizar el gobierno al mejor estilo de Evo Morales.
En otros sectores menos ligados al pasado autoritario, se observa una suerte de inercia funcional que sugiere una forma de hacer política al mejor estilo del siglo XX. Más que un apoyo crítico al gobierno, una vocación por debilitarlo con la ilusión del recambio. Esta claudicación del rol opositor no solo debilita el equilibrio de poderes, sino que profundiza la desconfianza ciudadana. La oposición, en su forma actual, ha dejado de ser el espejo crítico de la gestión para convertirse en un apéndice de las fuerzas autoritarias aún encriptadas en la estructura de gobierno.
Bajo estas condiciones coyunturales, el desafío estriba en comprender que la democracia no es un estado natural de las sociedades, sino una construcción cotidiana que requiere, ante todo, de una arquitectura política capaz de contener la diversidad de intereses sin que estos deriven en el caos. La unidad nacional no implica la uniformidad del pensamiento, sino la capacidad de articular un proyecto común donde la inclusión sea real.
Solo a través de una alianza que privilegie la institucionalidad podremos despejar definitivamente esa niebla que aún amenaza con ocultar el horizonte de nuestra libertad.
Renzo Abruzzese es sociólogo.
