Fernando Untoja
Bolivia atraviesa una hora delicada. La escasez de diésel afecta al transporte y a la producción, la falta de divisas genera incertidumbre en mercados y hogares, los precios presionan el bolsillo ciudadano, crecen las marchas sectoriales y aparecen nuevas demandas de incremento salarial del 20%. En cada región se percibe preocupación. La gente siente que la economía no encuentra rumbo y que la política no cumple su deber de orientar, ordenar y ofrecer esperanza.
En medio de esta tormenta nacional, tres figuras concentran una parte importante de la expectativa democrática: Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina y Rodrigo Paz. No porque sean perfectos, ni porque tengan soluciones milagrosas, sino porque representan para muchos ciudadanos la posibilidad de una alternativa frente al agotamiento del modelo actual y frente a cualquier tentación autoritaria.
Sin embargo, la percepción que crece en la ciudadanía es otra: cada uno parece caminar por separado, midiendo fuerzas propias, calculando candidaturas futuras y observando al otro más como rival que como aliado circunstancial. Así, la energía que debería dirigirse a construir una opción nacional termina consumida por la competencia interna.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Es aquí donde surge una frase dura, pero necesaria: abandonen el hábito del caos.
Porque el caos no siempre nace de grandes explosiones políticas. Muchas veces comienza en pequeñas mezquindades: incapacidad de coordinar, egos sobredimensionados, vetos cruzados, cálculos de corto plazo y silencios oportunistas. Cuando una sociedad vive crisis económica, la fragmentación de quienes dicen defender la democracia se convierte en un lujo irresponsable.
Conviene decirlo con claridad: nadie tiene una varita mágica para resolver en semanas la escasez de combustibles, recomponer reservas, recuperar confianza inversionista, estabilizar precios y responder simultáneamente a todas las demandas sociales. No existen milagros administrativos ni salvadores instantáneos. Quien prometa eso, engaña.
Pero una cosa es no tener magia, y otra muy distinta es no tener madurez.
Bolivia no necesita hoy mesías políticos. Necesita dirigentes capaces de sentarse, acordar mínimos comunes, construir confianza pública y ofrecer un horizonte compartido. Necesita señales de serenidad, no competencia infantil. Necesita liderazgo responsable, no vanidad electoral.
Tuto, Samuel y Paz deben comprender que la ciudadanía observa. Cada gesto de división fortalece a quienes viven de la polarización. Cada pelea menor alimenta el desencanto social. Cada cálculo personal debilita la posibilidad de cambio. Cuando la oposición democrática se fragmenta, el autoritarismo respira tranquilo.
La historia enseña que muchas naciones no fracasan solo por la fuerza de malos gobiernos, sino por la incapacidad de sus alternativas para estar a la altura del momento. El país ya conoce demasiado bien esa tragedia: líderes que llegan tarde, alianzas que no nacen, oportunidades que se pierden.
Este no es un llamado a uniformidad ciega ni a renunciar a identidades propias. Es un llamado a la jerarquía de prioridades. Primero Bolivia, después las candidaturas. Primero la estabilidad nacional, después las encuestas. Primero el ciudadano que hace fila por combustible o teme por su empleo, después los intereses personales.
Abandonar el hábito del caos significa entender que la política democrática no consiste en destruir al cercano para heredar ruinas. Consiste en construir acuerdos para gobernar un país real.
Todavía están a tiempo. La ciudadanía no exige perfección; exige grandeza. No pide milagros; pide responsabilidad. No espera héroes; espera adultos.
Si Tuto, Samuel y Paz comprenden la gravedad de la hora, podrán abrir una esperanza. Si persisten en la dispersión, solo confirmarán una vieja costumbre boliviana: perder oportunidades históricas por exceso de ego y escasez de visión.
