Codicia y agravios


​Les voy a contar una historia que ocurre en un lugar muy muy lejano. Este tipo de historias, tan distantes, suelen ayudarnos a tomar distancia de nuestros problemas y hacernos verlos mejor. Vamos a trasladarnos al bellísimo pero conflictivo continente africano, que posee ciertas cosas en común con nosotros que me vienen inquietando. Como es sabido, África posee enormes riquezas naturales (petróleo, diamantes, oro, coltán, agua y tierras agrícolas), pero en muchos casos estos recursos han generado conflictos violentos y problemas de gobernanza, en lugar de prosperidad y desarrollo. Así es, es el viejo fenómeno de la maldición de los recursos.

​Para entenderlo vamos a recurrir a Paul Collier y Anke Hoeffler, quienes se preguntaron acerca de las causas de las guerras civiles que tenían lugar en el mundo y en África, en particular, e identificaron que la mayoría de las rebeliones aparentemente persiguen una causa, respaldada por un discurso de agravios o injusticias vinculadas a la captura y control de recursos: los diamantes, en Angola y Sierra Leona, las drogas en Colombia y la madera en Camboya, etcétera.



Una segunda regularidad empírica es que algunos países son propensos a repetir conflictos. Esto puede deberse a que sus características estructurales los hacen especialmente vulnerables al conflicto o a un efecto de retroalimentación, en el que el conflicto genera agravios y éstos, a su vez, generan nuevos conflictos.

​Como el modelo se repite, pronto aparecen líderes capaces de capitalizar el ciclo descrito, de tal suerte que los actores (combatientes, milicias y señores étnicos) inician conflictos amparados en discursos sobre agravios del pasado, cuestiones culturales o religiosas, etcétera, que son usados como tapadera ideológica capaz de encender fácilmente la indignación de la población para que se lance a la lucha, y así controlar la extracción de recursos, enriquecerse personalmente y poseer cierto grado de poder dentro del Estado. Siempre es mucho más efectivo (y romántico) decir que se lucha por la justicia social, que decir que se lucha por el control de la explotación de diamantes.

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​¿Te suena un poco la situación, caro lector? ¿Te has preguntado quién gana cuando hay conflicto? ¡Oh! Los mineros cooperativistas no tendrán que pagar una deuda con la Caja Nacional de Salud.

Pero volvamos, estamos hablando de África. Ahora bien, debemos ser cuidadosos con este planteamiento, pues expertos han hecho notar que la teoría de la codicia y  agravios, más la consecuente criminalización de insurgentes y rebeldes, puede conducir a la prolongación de los conflictos. Se necesitan argumentos más constructivos para comprender el comportamiento de los insurgentes.

Uno de los factores que se halló para esto es la alta corrupción de los gobernantes, quienes, en lugar de invertir adecuadamente los ingresos –ya sea por impuestos o por explotación de los recursos– los despilfarran o los llevan a sus fortunas personales, generando desigualdad.

​Otro elemento que vale la pena mencionar en este cóctel de insurgencias son los problemas de gobernanza debido a la debilidad o falta de legitimidad de los gobernantes, muy relacionado con lo mencionado anteriormente.

En ese punto, ¿recuerdan la primera parte en la que hablamos de los agravios? Precisamente, un gobierno corrupto y segregador es capaz de generar muchísimos agravios que calan hondamente en una población, que no ve los frutos de la riqueza de la extracción, haciendo de estas personas sujetos bastante dispuestos a entregarse al conflicto bajo la idea de que están haciendo lo correcto por ellos y por su comunidad.

​El peligro de una guerra civil en un país con muchos recursos naturales, con señores étnicos, combatientes o warlords capaces de financiar revueltas a su conveniencia, con gobiernos corruptos y ciegos ante la necesidad del pueblo y con un pueblo agobiado por la pobreza, la escasez y la desigualdad, es muy alto.

En Bolivia se lo ha visto con la salida de población civil a bloquear y también a desbloquear. En África los problemas suelen tener ese tipo de matices. Recuerda mi buen amigo a los niños pobres del África que no tienen qué comer, de los que nos hablaban nuestros padres cuando no queríamos tomar sopa; no son pobres ni tienen nada que comer porque no hay producción ni comida donde viven, sino debido a la guerra, una guerra que se ha convertido en el negocio perfecto para actores extractivos que se enriquecen en medio del enfrentamiento entre ciudadanos.

​Sayuri Loza es historiadora.