Augusto Díaz Villanueva
“Con 4000 Bs me alcanza y con eso deberían vivir todos”. Algo así escuché de algún político que declaraba a la prensa en Plaza Murillo. Semanas después, células sindicales de “campesinos” del occidente del país deciden impedir el ingreso de alimentos provenientes de otras regiones. Bajo la excusa de una ley que, precisamente, es apoyada por gran parte de los sectores productivos del país, secuestran turistas, instalan pasos clandestinos en los que se pagan sumas exorbitantes de dinero y provocan que pequeños y medianos productores quiebren, no solo económicamente, al ver su mercadería podrida en plena carretera.
En consonancia, dirigentes de la COB que ganan hasta 45.000 Bs al mes deciden exigir “hasta las últimas consecuencias” aquello que no exigieron durante los últimos 20 años: para empezar, un aumento del 20% a los salarios —entre los que, obviamente, están los suyos— y otras demandas “históricas”, por no decir posibles solo en la imaginación de sindicalistas que no pudieron realizarlas mientras estuvieron atrincherados en el “peguerío” de la función pública, irónicamente, durante 20 años.
En la misma carretera, dirigentes del magisterio, quienes dicen no ganar ni el salario mínimo, también encuentran en la mayor crisis económica que vio el país desde la hiperinflación la oportunidad de conquistar las demandas sociales que no pudieron realizar en los últimos años, al encontrarse obnubilados por la repartija de ítems y pegas cuando dirigían el Ministerio de Educación.
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Creo que la mayoría del país, esa que no tiene tiempo para estar haciendo paros porque día que no trabaja, día que no gana, ve en todos estos grupos lo que son. No encarnaciones puras del pueblo. No sujetos inmunes a la crítica por invocar una identidad social. Son sindicatos que, bajo una lógica corporativa, aprendieron a convertir la presión sectorial en poder político. Durante años no solo negociaron con el Estado: lo habitaron, lo administraron y lo usaron como extensión de sus intereses. Hoy, al quedar fuera de esa estructura de protección, sus privilegios se ven afectados y sus responsabilidades comienzan a quedar expuestas.
Y esta obviedad —la de lo que son estos grupos que secuestran un país cuando así se lo proponen— a veces oculta cosas más profundas. Me refiero a que entender lo que son no es suficiente. También es necesario exponer las lógicas perversas que permiten articular grupos cuyo accionar roza lo criminal con aparentes discursos de lucha por “derechos”. Porque no solo son los empresarios de la movilización —sus dirigentes— quienes articulan estos movimientos, sino también argumentos, ideas y discursos instalados en lo más profundo del imaginario colectivo, a los que hay que identificar.
Hoy no vengo, ni aspiro, a realizar un catálogo extenso de esas lógicas, de su composición y de sus mecanismos. Simplemente, quiero compartir, a modo de contribución a la discusión, una noción que las ejemplifica.
El indígena de postal. En un brillante ensayo, Jorge Barrueto discurre sobre las representaciones que se tienen de lo indígena y sobre cómo estas representaciones están cargadas de prejuicios que ven en lo indígena rasgos de primitivismo. El indígena de postal es esa mirada “colonizadora” que ve en el indígena a un ser anclado a un estado de naturaleza primitiva. En otras palabras, no existe, para esa mirada, un indígena viajando a China para importar telas destinadas a las entradas folklóricas. El indígena es, más bien, ese ser primitivo, en paños menores o en trajes folclóricos, que aparece en las postales.
La noción de colonialismo interno permite entender que estas miradas colonizadoras sobre lo indígena no solo vienen de afuera, sino que también se reproducen desde adentro. La declaración de que “todos deberían poder vivir con 4000 Bs” es una expresión de esa lógica: una forma de paternalismo que decide desde arriba cuánto necesita el otro para vivir y con qué condiciones debe conformarse. Esa misma mirada aparece cuando se afirma que el campesino no tiene capacidad para administrar su tierra. Frente a una ley que habla expresamente de voluntariedad, el discurso elude la discusión de fondo y convierte al campesino en un sujeto tutelado, al que habría que proteger incluso de sus propias decisiones. Es la lógica de cierta ONG que, en nombre de defenderlo, termina negándole plena agencia.
No se trata, entonces, de irracionalidad. Estos dirigentes no actúan así porque no entiendan la realidad del país, sino porque se alimentan de dirigir la pobreza. Quienes cobran en un mes lo que un trabajador promedio gana en un año necesitan que el campesino siga siendo leído como un sujeto tutelado, vulnerable, incapaz de decidir por sí mismo. Necesitan del indígena de postal, del campesino de los 4000 Bs, del sujeto al que supuestamente hay que defender incluso contra su propia voluntad. Esa narrativa los protege, los justifica y les permite seguir hablando en nombre de sectores a los que convierten en masa de presión, mientras ellos administran sus beneficios desde arriba. Exponerlos no es solo denunciar cuánto ganan o qué bloquean; es también mostrar cómo piensan, qué discursos los sostienen y de qué imaginarios se alimentan.
Parte de la batalla por los significados consiste, entonces, en reconocer a estos grupos por lo que son. Pero esa batalla también exige oponerse a las ideas, expresiones y reflejos coloniales que los protegen de la crítica. Porque, muchas veces, en nombre de defender al indígena, al campesino o a los sectores populares, se termina reproduciendo una mirada paternalista que los infantiliza, les niega agencia y, finalmente, los exime de responsabilidad.
Aunque esta lógica busque imponerse mediante ONG’s, campañas y grupos corporativos, la realidad está lejos de obedecerla. El campesino quiere producir, arriesgar y crecer. El indígena viaja a China, vuelve con mercadería y rompe la postal en la que algunos necesitan encerrarlo. El trabajador emprende, exporta, invierte lo poco que tiene, se endeuda, cae y vuelve a intentarlo. Esa realidad no cabe en el molde del sujeto tutelado. Y precisamente por eso amenaza a la élite sindical: porque cada persona que decide por sí misma le quita autoridad al dirigente que vive de hablar en su nombre.
No quiero acabar este artículo únicamente lanzando la piedra que nos viene molestando en el zapato. También quiero plantear, y de algún modo defender, ideas que deben formar parte de esa discusión. Una sociedad no puede vivir secuestrada por una minoría. Los bloqueos y paros dejaron de ser, en muchos casos, una medida de protesta y han adquirido características similares a las de grupos irregulares. Las vacunas por cruzar determinados territorios, las retenciones indebidas y las extorsiones son mecanismos que proliferan en estos grupos. Pero develar sus formas de acción no basta.
También es necesario develar los argumentos que las sostienen, las narrativas que las justifican y los imaginarios que les permiten presentarse como sujetos moralmente intocables. Solo cuando se expone esa maquinaria discursiva —esa falsa sacralidad construida alrededor de la pobreza, lo indígena, lo campesino y lo popular— se les quita el manto que los protege de la crítica. Y tal vez ese sea el primer paso para discutirlos como lo que son: actores políticos con intereses, responsabilidades y privilegios, no santos sociales a los que la sociedad debe obedecer en silencio.
