Fausto es una obra de Wolfgang von Goethe, calificada como uno de los textos más importantes de la literatura alemana. Cuenta la historia del sabio Heinrich Fausto, un hombre muy culto, pero, desesperado por no encontrar el sentido de la existencia, hace un pacto con Mefistófeles, el demonio, que consiste en entregarle su alma a cambio del placer, la juventud, y todo el poder en la Tierra que Satán le brinde. De llegar Fausto a sentirse plenamente satisfecho y deseando que ese momento dure para siempre, su alma le pertenecerá al diablo.
Echamos mano a esta célebre obra, por su enorme similitud con los sucesos que caracterizaron nuestra vida política durante los pasados veinte años, donde primó la enorme riqueza de nuestros recursos naturales, ávidamente saqueada por el latrocino y el despilfarro de una caterva de bribones, hábilmente mimetizados bajo el disfraz de un pachamamismo socialista que, al igual que Fausto, no sólo entregaron su alma al diablo, sino el futuro y la riqueza de todos los bolivianos.
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Al igual que en la demonología clásica y una parodia del cielo, en la profundidad del infierno verde del Chapare, a donde fue expulsado el ángel rebelde por querer ser como Dios, Lucifer organizó su Corte con príncipes como: Belfegor— Príncipe de la pereza, encargado de tentar a la gente con bloqueos, inventos fáciles y atajos, Mammon— Príncipe de la Avaricia, Demonio del dinero y la riqueza mal habida; Asmodeo- Príncipe de la lujuria, hábil en pedofilia y siembra de deseos obscenos; Satanás— Príncipe de la Ira, la envidia y la venganza y, finalmente: Belcebú— Príncipe de la Coca “Señor de los Narcos” Segundo en mando después de Lucifer.
Impulsado por su ira reprimida y su inagotable sed de venganza hacia el supremo, Lucifer convierte la corte infernal en un parlamento y encarga a Belcebú la redacción de una constitución que, desde su promulgación, sacuda las bases del paraíso de donde fue arrojado. La generalidad de los gastos que subvengan dicho emprendimiento serán cubiertos, en su totalidad, por la empresa agroquímica.
Belfegor: el Príncipe de la pereza, quedará encargado de reclutar a los demonios que maneja la Central Obrera, a quienes premiará con salarios similares a los de Lucifer, previa venta de sus almas, por toda la eternidad.
A Belcebú se le encomienda la selección de demonios menores que cayeron del cielo con el ángel rebelde, para que ingresen en la administración central del paraíso perdido, a objeto de preparar la remoción del presidente, al estilo peruano, como el de aprobar leyes, para ser abrogadas posteriormente o dictando órdenes de aprehensión que nunca se cumplan. (El caso del epónimo Lucifer).
A la luz de lo expuesto, el ilustre consejo de príncipes que integran la corte de Lucifer, a tiempo de reafirmar su eterna lealtad, repudian cualquier ofensa contra él, como aquella expresada por el exembajador de los Estados Unidos y espía cubano Manuel Rocha, antes de las elecciones de 2002: “Quiero recordar al electorado boliviano que si votan por aquellos que quieren que Bolivia vuelva a exportar cocaína, eso pondrá seriamente en peligro cualquier ayuda futura a Bolivia por parte de Estados Unidos”. Declaración que terminó favoreciendo política y económicamente a Lucifer, para ganar la presidencia en 2005. El mismo afirmó varias veces que el diablillo cubano mereció ser declarado “su jefe de campaña”, pues su respaldo electoral fue determinante para lograr la presidencia del Estado y así cumplir su deseo, como en El Drama de Fausto.
