Partiendo de lo general, para luego aterrizar en lo particular ya anunciado en el título, recojo una caracterización básica del Síndrome de Abstinencia: se trata de un conjunto de reacciones físicas y mentales que sufre una persona con adicción a una sustancia cuando deja de consumirla o reduce significativamente la cantidad habitual.
En lo que respecta al caso que nos ocupa, esa sustancia se llama “poder” y su dependencia y posterior SAP afecta a sujetos que lo pierden y se manifiesta en perversas maneras para volver a conseguirlo a como dé lugar dada la adicción al mismo.
Sus síntomas son inconfundibles: micrófonos compulsivos, nostalgia autoritaria, marchas “espontáneas” financiadas por la espontaneidad ajena y una extraña incapacidad para aceptar que el calendario avanza.
Lo llamativo es que, en reiteradas ocasiones, el adicto, a quien llamaremos “el estuprador”, la población lo repudió dejando en claro que no puede acceder, bajo circunstancia alguna, a la sustancia en cuestión.
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Los hechos, muchos de ellos decididamente delictivos, que la minoría que lo respalda en su demencial delirio tienen a una parte de Bolivia en ascuas, dada la virulencia de sus manifestaciones, el vandalismo y la ridiculez de sus consignas —más allá de las mismas, los “movilizados” no tiene idea de por qué cometen semejantes estropicios—.
El estuprador vive convencido de que Bolivia no puede sobrevivir sin él en la silla presidencial. Lo surrealista del asunto es que la Constitución, los tribunales, el referéndum y hasta la aritmética política le dicen “no”.
El SAP se le presenta como cualquier adicción dura. El estuprador extraña mandar. No añora la responsabilidad que conlleva el cargo, sino el placer químico de que las quinceañeras le sean ofrecidas como “agradecimiento” a las prebendas que reparte a dirigentes de “organizaciones sociales”, las mismas que ahora bloquean a discreción causando estragos a la economía y cometiendo delitos de lesa humanidad.
El estuprador no busca volver porque Bolivia lo necesite; quiere volver porque el poder es la única droga que lo satisface. En su enajenación, habla de conspiraciones cósmicas, traiciones internas y enemigos imperiales con la desesperación de quien perdió las llaves del reino.
Y así seguimos, atrapados entre discursos incendiarios y amenazas de convulsión social, mientras el país intenta resolver problemas delicados como la economía, el empleo o el combustible. Pero el SAP no entiende de prioridades nacionales. El síndrome sólo conoce una receta: volver, aunque sea arrastrando al abismo a toda la sociedad.
El estuprador no soporta más tiempo entre cocales —así sean su razón política— y sabe que el tiempo es su, pero enemigo—pensar que en cinco años su salud mental y física sufrirá el deterioro producto del “asilo” al que él mismo se ha sometido—. Es ahora o nunca, —piensa— y está dispuesto a sacrificar, no la suya, sino las vidas de sus seguidores, para encaramarse en el poder. Ahí es donde el SAP y la bipolaridad confluyen.
El estuprador debe aceptar que sus delirios no tienen cabida en un país que ha decidido avanzar y sacudirse de la iniquidad que dejó a su paso por el poder.
Puka Reyesvilla es docente universitario.
