El trabajo de las mujeres se consolida como pilar económico en un país con empleo frágil


Las mujeres sostienen la economía boliviana en medio de la crisis, con alta participación laboral pero en condiciones precarias. La mayoría trabaja en la informalidad, sin derechos ni protección, y enfrenta además la carga del cuidado del hogar en un contexto de bajos ingresos.

Fuente: Brújula Digital



Mirna Quezada Siles

Cada 1 de mayo vuelve una pregunta incómoda en el país ¿quién sostiene la economía cuando el empleo es frágil y la crisis se prolonga? La respuesta, en gran medida, apunta a las mujeres que cargan con la parte más constante y menos visible del trabajo diario. La fecha, ligada a las luchas obreras que dieron origen a derechos laborales básicos, no solo recuerda conquistas históricas, también expone las deudas que siguen pendientes.

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Este año encuentra a un país todavía golpeado por una crisis económica y social resultado de años de mala gestión, distorsiones acumuladas y decisiones que debilitaron el empleo formal. El MAS ya no gobierna y desde noviembre de 2025 hay una nueva administración, pero la herencia sigue pesando con fuerza sobre la vida cotidiana. Informes y análisis recientes sobre Bolivia describen un escenario de bajo crecimiento y alta informalidad, factores que afectan directamente la calidad del empleo y los ingresos de los hogares.

En ese escenario, las mujeres bolivianas son uno de los principales pilares. Según datos recientes del Censo 2024 difundidos por el INE, la participación femenina en el mercado laboral alcanzó el 64 %, frente al 44,4 % registrado en 2001. Este incremento sostenido refleja una transformación estructural ya que millones de mujeres pasaron de la exclusión económica a un rol central en la generación de ingresos.

Ese protagonismo no es abstracto, tiene rostro, voz e historias concretas de mujeres que, desde la informalidad o el emprendimiento, tuvieron que abrirse camino ante la falta de oportunidades en espacios públicos o empresas privadas. Para esta nota se entrevistó a tres mujeres trabajadoras informales –Justina, Ignacia y Guillerma– y a tres profesionales emprendedoras –Edny, Gabriela y Pamela– quienes coinciden en que tuvieron que generar sus propios espacios ante la exclusión laboral.

Gabriela Carreón, copropietaria de la microempresa de diseño Arte Sano Mutante, imagina un futuro donde más mujeres puedan desarrollarse en el campo creativo con independencia económica. “Espero que más mujeres puedan conocerse en el campo creativo y trabajar de manera independiente, ser sus propias jefas. El futuro es romper reglas y animarse a salir de la zona de confort”, señala. Sin embargo, advierte una limitación concreta y es la falta de protección en derechos de autor. “Estamos totalmente desprotegidos en artes visuales, cualquiera puede adueñarse de tu trabajo y no hay consecuencias”, dice, al tiempo de plantear la necesidad de reformar las leyes y ampliar el apoyo a los emprendimientos creativos.

Desde el ámbito productivo, Edny Rivera, gerente de producción de la microempresa de aceites naturales Rayo Verde, coincide en que el avance de las mujeres fue fruto del esfuerzo propio. “A futuro creo que tendremos mayores oportunidades laborales gracias al espacio que nos hemos abierto”, afirma. Pero también identifica una barrera persistente que consiste en la sobrecarga de tareas domésticas y de cuidado. “La principal dificultad es dividir el tiempo entre el trabajo y la casa, que mayormente recae sobre nosotras”. Para crecer, agrega, no basta con esfuerzo individual “necesitamos que la economía del país mejore para que los clientes tengan mayor poder adquisitivo y podamos reinvertir en nuestros emprendimientos”.

A este grupo se suma Pamela Monje Viscarra, propietaria de tejidos Sawuña, quien refuerza la idea de que emprender en el país implica una exigencia constante. “Las mujeres de Bolivia tenemos que reinventarnos más rápido que la crisis todos los días y más aún si tienes tu propio emprendimiento”, afirma. Desde su experiencia, identifica múltiples obstáculos porque “no solo generamos ingresos, también nos hacemos cargo del hogar y los hijos; trabajamos hasta 18 horas al día. A eso se suman las trabas para acceder a créditos y la brecha salarial”. Pamela también plantea necesidades concretas: “se requiere estabilidad, acceso real a financiamiento y capacitaciones actualizadas. Dejemos de romantizar que la mujer todo lo puede, sí puede; pero es agotador sin apoyo”.

En los márgenes más precarios del mercado laboral, la incertidumbre es aún más cruda. Ignacia Laura, cuidadora de autos, no ve cambios en el horizonte. “Va a seguir igual nomás, cada vez hay más gente sin recursos y cuesta ganar. Hay días que saco máximo unos 100 bolivianos, otros menos y otros casi nada. Yo quisiera algo más seguro, aunque sea para no estar preocupada todos los días”. Su testimonio resume la inestabilidad cotidiana de miles de trabajadoras que dependen del ingreso diario.

Algo similar ocurre con doña Justina, recolectora de materiales reciclables, cuyo sustento depende de lo que encuentre en la jornada. “A veces hay harto, a veces no hay nada. Es pesado este trabajo y muy peligroso por el hecho de buscar en la basura. Yo quisiera ganar un poco mejor o tener algo más fijo, porque así no alcanza”, explica. Su realidad está atravesada además por la responsabilidad de sostener a hijos y nietos, lo que amplía la presión económica.

Guillerma Cachi, vendedora ambulante de verduras, trabaja cerca de diez horas al día y gana aproximadamente 70 bolivianos diarios. Con ese ingreso contribuye al hogar junto a su esposo y sostiene la educación de sus tres hijos, dos de ellos universitarios. Su rutina refleja la extensión de la jornada laboral femenina y el peso de las responsabilidades familiares que no se reducen al terminar el día de trabajo. “Es muy duro, a veces hace frío o llueve y tengo que recoger todo para volver a instalar después”, concluye.

Estas seis historias no son excepciones, sino parte de un modelo estructural donde las mujeres, ante la falta de espacios formales, tuvieron que generar sus propias alternativas de ingreso. Están en los mercados y ferias, en el comercio ambulante, en talleres, hogares, pequeños negocios y emprendimientos. La OIT y otros organismos del sistema internacional han advertido que, en contextos de alta informalidad, el autoempleo y las microactividades se convierten en una vía frecuente de subsistencia para muchas mujeres.

Sin embargo, ese protagonismo convive con condiciones profundamente precarias. Más del 70% de las mujeres trabaja en la informalidad, y estimaciones recientes sitúan esa cifra en torno al 86,1% en 2024; otras lecturas del país elevan incluso más la proporción de ocupación informal femenina. Esa realidad implica carecer de contrato, seguro de salud, aportes para la jubilación y protección frente a riesgos laborales.

A esa precariedad se suma la doble carga. ONU Mujeres y otros actores especializados insisten en que el trabajo de cuidados no remunerado sigue recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres, lo que limita su tiempo disponible para empleo formal, capacitación o descanso. Cocinar, limpiar, cuidar niños o atender a personas mayores son tareas esenciales que sostienen la vida cotidiana, pero siguen sin reconocimiento económico.

La crisis actual vuelve ese esfuerzo aún más pesado. El aumento del costo de vida y la pérdida de poder adquisitivo fueron señalados por el Banco Mundial como factores que incrementan la vulnerabilidad de los hogares. La CEPAL advierte que, en contextos de desaceleración, las mujeres tienden a concentrarse aún más en empleos precarios, ampliando las brechas de ingreso.

Convertir esta capacidad de resistencia en una solución permanente sería un error. Bolivia no puede seguir descansando sobre el esfuerzo desproporcionado de sus mujeres mientras les ofrece empleos precarios, bajos ingresos y escasa protección.

El 1 de mayo debe ser una oportunidad para exigir empleo formal, acceso efectivo a salud y jubilación, sistemas de cuidado que liberen tiempo, crédito para emprendimientos y políticas que garanticen igualdad salarial. Sin estas medidas, cualquier recuperación económica será incompleta y seguirá apoyándose en una base desigual.

Las mujeres bolivianas demuestran que pueden sostener la economía incluso en los momentos más difíciles; lo hacen todos los días, en mercados, calles, hogares, microempresas y espacios creativos. Pero lo que falta ahora es una respuesta estatal a la altura de ese esfuerzo. Si eso no ocurre, el país seguirá pidiéndoles demasiado a quienes ya lo han dado casi todo.

Mirna Quezada es comunicadora social y periodista.

Fuente: Brújula Digital