En Bolivia ya resulta evidente el intento coordinado de debilitar al actual gobierno desde los dos sectores que más golpeados se han visto por las recientes acciones estatales.
Por un lado, el narcotráfico, que sufrió importantes bajas en su estructura. El golpe más simbólico fue la caída de Sebastián Marset, cuya extradición a Estados Unidos marcó un antes y un después en la lucha contra estas redes criminales. Durante años, el narcotráfico logró infiltrarse en distintas estructuras de poder, operar con comodidad y construir redes de protección política y económica. Hoy, parte de ese esquema empieza a resquebrajarse.
Por otro lado, aparece el denominado “clan de la impunidad”, afectado por procesos judiciales que terminaron con la detención de dos de sus principales figuras: el expresidente Luis Arce y su hijo. Más allá de las posiciones políticas, estos hechos alteraron profundamente antiguos mecanismos de poder que durante años parecían intocables.
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Es en este contexto donde reaparece Evo Morales, quien desde su auto detención domiciliaria en el Chapare intenta encontrar una oportunidad política. Morales, cuyo principal talento siempre fue detectar momentos de crisis y convertirlos en escenarios de confrontación, parece haber visto la posibilidad de unir distintos focos de malestar bajo un mismo objetivo: generar caos y debilitar al gobierno.
La estrategia sería clara: canalizar protestas sociales legítimas, sumar el interés desestabilizador de sectores vinculados al narcotráfico y agregar el resentimiento de quienes perdieron espacios de poder y protección durante el anterior esquema político. Todo esto, con un propósito central: presionar para escapar o debilitar los procesos legales que hoy avanzan sobre distintas figuras políticas y económicas.
Sin embargo, el Evo Morales de hoy ya no es el mismo de hace veinte años. Aquel líder con capacidad de movilización nacional, respaldo sindical compacto y control absoluto de la narrativa política parece haberse reducido a una figura cada vez más aislada. Hoy vive prácticamente recluido, con una estructura nacional fragmentada, antiguos aliados distanciados y un liderazgo que ya no logra generar el mismo nivel de adhesión.
Lo que antes era una maquinaria política disciplinada, hoy muestra señales de agotamiento. Y lo que antes podía convertirse en una crisis nacional de gran magnitud, hoy se asemeja más a los últimos intentos desesperados de conservar relevancia política.
La “tormenta perfecta” que algunos intentan construir todavía necesita un elemento fundamental: una sociedad dispuesta a seguirlos. Y Bolivia, después de años de confrontación permanente, parece cada vez menos interesada en volver al caos como mecanismo de disputa política.
Mauricio Taboada
Diputado Nacional
