La Paz tiene una energía difícil de explicar: te exige moverte incluso cuando quisieras detenerte un momento. Aquí uno siente que, si baja el ritmo demasiado tiempo, algo lo alcanzará primero: el tráfico, una marcha, un bloqueo, una calle cerrada, una entrada folclórica o un desfile, algo de todo eso, seguro, y antes del mediodía. A toda hora se ve a la gente caminar rápido, no precisamente por gusto, sino porque aprendió que en esta ciudad quedarse quieto puede costarle caro. Algo interesante es ver como hasta el rostro parece adaptarse a esa tensión diaria: el ceño fruncido, la mirada alerta, las respuestas rápidas y cierta desconfianza al interactuar.
Lo extraño es que el caos ya dejó de sorprendernos, se volvió paisaje, incluso forma parte del atractivo turístico. Uno desayuna escuchando que hay conflicto en algún lado y sigue igual, calculando rutas, horarios y probabilidades de llegar a tiempo. El estudiante sube apurado una calle empinada mientras revisa si habrá paro, la caserita abre su quiosco aunque no se perciban muchas ventas ese día y el oficinista sale media hora antes “por si acaso”. Vivimos improvisando sobre problemas permanentes, tal vez por eso en La Paz hasta descansar provoca culpa, como si quedarse quieto fuera una irresponsabilidad.
Pero hay algo más profundo detrás de todo eso. Las ciudades también moldean la forma en que piensa su gente y esta ciudad comunica tensión incluso cuando está en silencio. Aquí cualquier conversación cotidiana termina rozando la política, la economía o el cansancio colectivo. ¿Se dieron cuenta de que hablamos de bloqueos como si fueran pronóstico meteorológico? “¿Cómo estará el centro, no?” “¿Por dónde estará la marcha?”, ya no son pregunta de tránsito, es una evaluación de supervivencia.
Mientras tanto, en Bolivia empieza a sentirse un contraste cada vez más evidente entre ciudades que discuten cómo crecer y otras que siguen atrapadas administrando conflictos. Santa Cruz, por ejemplo, instaló hace tiempo una narrativa más enfocada en expansión, inversión y productividad, mientras La Paz, siendo la sede de gobierno, muchas veces parece condicionada por la tensión política permanente. Ahí aparece una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto el bloqueo dejó de ser protesta para convertirse también en abuso? Porque cuando minorías paralizan una ciudad entera y afectan el trabajo, la salud, la libre circulación y la economía del resto, el conflicto deja de ser solo una medida de presión y empieza a rozar la vulneración de derechos básicos.
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Aun así, uno mira afuera y entiende que no todas las sociedades funcionan desde la urgencia permanente. En muchas ciudades desarrolladas la gente también trabaja duro y tiene problemas, pero existe algo que aquí parece un lujo lejano: estabilidad. Las personas pueden planificar, pues saben que el lunes probablemente será parecido al martes y que el país no cambiará de humor cada tres días.
Ahí aparece uno de los grandes problemas del boliviano: romantizamos demasiado el aguante, admiramos al que duerme poco, al que trabaja enfermo y al que “se la banca”, como si vivir agotados fuera prueba automática de dignidad. Pero una sociedad sana no debería sentirse orgullosa de sobrevivir cansada. La resiliencia sirve para levantarse de una caída, no para construir una vida entera sobre el desgaste.
Ojo que tampoco es justo convertir a La Paz en una tragedia eterna, porque debajo del caos hay algo admirable. La ciudad todavía funciona. La gente todavía ayuda, trabaja, estudia, emprende y se ríe. El paceño tiene un humor raro: puede estar atrapado dos horas en el tráfico y aun así saca un chiste. Tal vez esa sea una de las pocas formas que encontramos para no volvernos locos.
La Paz no necesita hacerse más dura, ya lo es y demasiado. Lo que necesita es dejar de convertir el conflicto en costumbre y empezar a construir estabilidad de verdad. Porque un país no avanza cuando su gente aprende a soportar más caos, sino cuando puede trabajar, producir y vivir sin sentir que todo depende de la próxima crisis. Tal vez el verdadero progreso no sea resistir eternamente, sino lograr que toda esa energía que hoy usamos para sobrevivir, por fin sirva para crecer.
Rocío Jurado B.
Comunicadora Social. Consultora en Imagen Integral, Etiqueta y Protocolo.
