La reciente abrogación de la Ley 1720 en la Cámara de Diputados marca un punto de inflexión. Esta ley buscaba permitir que la pequeña propiedad rural se convirtiera en mediana para acceder a créditos; sin embargo, es vulnerable de inconstitucionalidad debido al artículo 394 de la CPE vigente, que categoriza a la pequeña propiedad como un patrimonio familiar indivisible e inembargable. Este conflicto revela cuatro fallas estructurales que hoy mantienen a Bolivia en un limbo económico:
- La “trampa de la hegemonía rural”
El sistema electoral actual (Ley 421 de Distribución de escaños entre Departamentos) otorga una representación desproporcionada al área rural, concediendo a los sindicatos agrarios un poder de veto que la mayoría urbana no tiene. El MAS construyó su hegemonía política sobre este diseño: mientras la economía es eminentemente urbana y productiva, las decisiones se toman bajo la presión de sectores rurales que ven cualquier modernización como una amenaza a su control territorial.
- Capitalismo de Estado y control social
El modelo económico boliviano funciona como un capitalismo de Estado donde el Gobierno central es el principal distribuidor de recursos, favores y títulos de tierra.
- El dilema de la Ley 1720: si se permite que un campesino acceda a crédito privado y prospere de forma autónoma, el Estado pierde su herramienta de control social.
- El resultado: A través de las movilizaciones que hemos visto, se prefiere mantener al productor en la subsistencia para asegurar su lealtad electoral, sacrificando la eficiencia económica del país.
- La inseguridad jurídica como freno al crecimiento
La inversión requiere reglas claras, pero en Bolivia la ley se somete a la “presión de la calle”. El caso de la Ley 1720 demuestra que ni siquiera una norma promulgada por el propio Ejecutivo tiene validez frente a una marcha o un bloqueo. Sin seguridad jurídica sobre la propiedad y los contratos, el capital extranjero no vendrá a resolver la escasez de dólares, y el capital nacional seguirá refugiándose en la informalidad.
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- La contradicción: el país que produce frente al que decide
Existe una ruptura total entre el sector que sostiene la economía (agronegocio, servicios, tecnología) y el aparato que dicta las leyes.
- El productor: necesita tecnología, biotecnología y capital.
- El legislador: prioriza la retórica de la “Pachamama” y el blindaje de la pequeña parcela ineficiente para evitar conflictos sociales.
Esta contradicción hace que las soluciones técnicas a la crisis (como la captación de divisas) sean políticamente inviables bajo las reglas actuales del juego.
Está claro entonces que Bolivia no podrá reformar su economía si no reforma primero su arquitectura de poder. Intentar sanear las finanzas o atraer inversión manteniendo el actual sistema de representación y el capitalismo de Estado es como intentar navegar un barco anclado al pasado. La crisis de la Ley 1720 no fue un error de “socialización”, fue el choque inevitable entre una realidad económica que pide auxilio y un diseño de poder que se niega a soltar el control.
