Magnifica Humanitas: La primera encíclica papal que habla de la IA


Casi horas después – cuando aún salía humo blanco de una de las chimeneas más importantes del mundo religioso y anunciaba la elección de un nuevo Pontífice -, varios religiosos, la comunidad intelectual y la propia Iglesia en su conjunto debatían en voz baja cuál sería la postura del flamante Papa León XIV sobre la guerra en los Balcanes, sobre la crisis de liderazgos mundiales, pero, muy particularmente, sobre la IA y el futuro de la religión y de la propia humanidad.

Muchos analistas italianos, de hecho, encumbraron la Inteligencia Artificial como el principal desafío y amenaza de la religión católica en la agenda novísima del Santo Padre. Y las alertas provenían de que la irrupción de la tecnocracia no eran simples movimientos de desarrollo tecnológico, sino de la llegada de un nuevo ecosistema dispuesto a modificar la vida cotidiana, las condiciones laborales, el pensamiento y la propia historia de la humanidad, tal y como la conocemos hasta ahora.



La lectura que hacen los especialistas es que la IA no está tocando el timbre de la puerta, anunciando su llegada, sino que ya está instalada en toda la casa disponiendo la nueva ubicación de los muebles, de los cuadros, de las habitaciones, de los recuerdos de la familia y de todo el hábitat dentro de la vivienda. Y, claro, está bajando de la pared el crucifijo ubicado en el lugar más sagrado de la casa y, además, está archivando la Biblia en una compleja cajonería.

Es ahí donde la flamante encíclica Papal subraya los textos, al advertir que hoy la humanidad se encuentra en la encrucijada sobre el enorme poder que tiene sobre la propia humanidad y su futuro. Yuval Noah Harari, catedrático israelí, en su último libro Nexus, ya nos alerta que será la IA la encargada de escribir la historia de la humanidad; que será esa inteligencia artificial la que narrará nuestros logros, nuestras derrotas y nuestros desvaríos como humanidad desde una óptica no humana, no reflexiva, no intuitiva, no meditada, no discutida, no consensuada. Será una historia, simple y llanamente, impuesta.

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El temor del clérigo, sin embargo, va mucho más allá, al sostener que la inteligencia artificial, no sólo podría banalizar la fe, sino, además, producir cambios significativos en aquello que es propio de la humanidad. No sería una discusión sobre lo que la tecnología provoca en el hombre, sino en aquello que es “innato” al hombre. A su esencia como ser humano: su capacidad de pensar por sí solo. El debate estaría situado en sí la inteligencia artificial podrá llegar a emular o, incluso, reemplazar a la inteligencia humana. Esta es una pregunta que pondría en juego la propia gnosis que tenemos de la antropología y, por tanto, de la propia teología.

Las novedades doctrinales más relevantes son al menos cinco. La primera que establece que la IA no es moralmente neutra, ya que conlleva elecciones y prioridades en favor o en contra de la propia humanidad. Segundo, la subsidiariedad que ubica a las grandes plataformas tecnológicas como los nuevos reguladores de las condiciones de acceso a la vida pública, social y económica, donde el máximo fiscalizador ya no es el Estado sino la IA. Tercero, una alarma mundial que establece que los datos personales, las patentes, los algoritmos y las infraestructuras digitales son bienes que no pueden permanecer concentrados en manos de unos pocos. Cuarto, un tema muy discutible: la introducción del concepto de que, de alguna manera, se debería “desarmar la IA” quitándole su cargado rol belicista y quinto, prevenir que el colonialismo digital se identifique como la nueva forma de explotación, ya que no sólo son recursos naturales, sino datos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y un larguísimo etcétera.

Otro dato importante es el simbólico y, además, doctrinal. La encíclica fue firmada el 15 de mayo de 2026, exactamente 135 años después de la encíclica Papal Rerum novarum de León XIII, que reflexionaba sobre la irrupción de la primera revolución industrial; lo que ahora es la mentada revolución digital.

El paralelismo es metodológico. Lo que León XIII hizo por el salario, la jornada laboral y el derecho de asociación de los trabajadores, León XIV lo hace por la dignidad de la persona en la era del algoritmo. Así como la Rerum novarum respondió a la cuestión obrera de la primera revolución industrial, la Magnifica Humanitas responde a la res novae (cosa nueva) de la revolución digital.

Es una toma de toma posición sobre el futuro de la humanidad en la era de la inteligencia artificial, con una encíclica que aborda el transhumanismo, la dominación digital y la nueva religión poderosísima liderada por Silicon Valley y la tecnocracia.