La violencia política hizo que junto a su familia busque refugio en Brasil. Ahora vive una nueva realidad y quiere ayudar a los demás. Recuerda lo duro que fue la pérdida de su padre.
“¿Sabes dónde cabe tu vida? ¿En una maleta?”. Maricruz Ribera lanza la frase a sin dramatismo. La dice con la calma de quien ya atravesó el miedo, la incertidumbre y el desarraigo. Lo dice sentada en su casa en La Paz, en una etapa distinta de su vida, más serena y más madura, después de años que la obligaron a empezar de nuevo.
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Durante cuatro años, Maricruz, Revilla y sus hijas vivieron fuera del país. Salieron de Bolivia dejando atrás la casa, los bienes, el trabajo y la rutina que habían construido. En Brasil aprendieron a vivir distinto.
“Aprendimos a vivir con lo básico”, cuenta y señala que el exilio los obligó a reinventarse. Él empezó a trabajar en proyectos de construcción. Ella se convirtió en madre de tiempo completo. Cocinar, limpiar, cuidar niñas pequeñas y organizar una casa lejos de todos se volvió parte de una vida completamente nueva.
“No había tiempo para encerrarse a llorar”, responde sin dudar ante la pregunta de cómo vivió esos momentos fuera del país, en medio de presiones y amenazas de juicio.
Las razones para avanzar sin detenerse, eran dos pequeñas, porque mientras todo cambiaba, había dos niñas que necesitaban estabilidad. Una tenía apenas dos años cuando dejaron Bolivia. La otra nació en Brasil. “Lo único importante era que estuviéramos juntos”, recalca la exreina de belleza y explica que cada noche rezaban. Pero no para pedir demasiado, rezaban para agradecer: tener un techo, comida, salud y libertad.
“Nuestros enemigos quisieron destruirnos, pero no lo lograron. Nos hicieron más fuertes”, afirma y asegura que la fortaleza la heredó de su padre, el ingeniero calculista Armando Ribera, que falleció en enero de 2011 cuando el edificio Málaga se derrumbó en plena etapa de construcción.
Maricruz habla de su papá con una mezcla de admiración y nostalgia. Lo recuerda acompañándola a ensayos, esperándola después de cada actividad, grabándola, siguiéndola de cerca en cada etapa de su vida. “Era mi mayor crítico, pero también mi mayor fan”, recuerda.
Su muerte marcó un antes y un después. Cuando ocurrió la tragedia del edificio Málaga en Santa Cruz, donde él perdió la vida, Maricruz sintió que su mundo se derrumbaba y afirmó: “Necesitaba reinventarme”.
Hasta entonces, Santa Cruz había sido todo para Maricruz: el modelaje, la televisión, el Carnaval, los amigos, la familia. Había sido reina carnavalera, en una elección histórica definida por voto popular. Recorrió barrios, pidió apoyo, habló con la gente y entendió temprano el valor de la cercanía. “Santa Cruz no son las logias”, recuerda haber dicho en aquella época.
Después de la muerte de su padre decidió aceptar una propuesta laboral para irse a La Paz. Allí trabajó en televisión, hizo un diplomado en Comunicación y comenzó una nueva vida sin imaginar que terminaría encontrándose con el hombre que cambiaría su historia, Luis Revilla en ese entonces alcalde paceño.
“Nos enamoramos conversando”, cuenta. Primero hubo respeto y admiración. Después llegaron las conversaciones largas, horas hablando de proyectos, de ideas, de futuro.
Se comprometieron antes de darse un beso, “ya sabíamos que queríamos una vida juntos”, afirma. La exmodelo cruceña recuerda que lo que más la atrajo de él fue la claridad con la que parecía caminar por la vida, “era un hombre serio, inteligente y sabía lo que quería”.
Acostumbrada a la exposición pública, Maricruz y el gobernador paceño, decidieron mantener la relación con cuidado en sus inicios, “fuimos cautelosos”.
Con el tiempo llegó el matrimonio y las hijas, también los tiempos difíciles que la política les entregó, momentos que afirma la primera dama departamental nunca los separaron, “en los momentos más duros nos unimos”.
Durante la campaña que llevó a Revilla a la Gobernación, Maricruz recorrió junto a él gran parte del departamento paceño. Sus hijas viajaban con ellos y fue en esos recorridos que ella descubrió una realidad que todavía la conmueve.
“Tenemos un departamento maravilloso, pero muy abandonado”, afirma y habla de carreteras peligrosas, hospitales colapsados, centros de salud precarios y baños en mal estado.
Ahora, desde este nuevo rol, quiere involucrarse especialmente en temas sociales. Uno de ellos es la situación de los hogares de acogida. Otro, la salud. “Me quita el sueño ver a gente haciendo fila desde las cuatro de la mañana para conseguir una ficha”, dice.
Santa Cruz sigue siendo su raíz. La Paz, dice, es el lugar que le abrió los brazos y le regaló una familia. “Nunca voy a dejar de ser cruceña”, afirma. Y enseguida sonríe: “Pero soy la camba más colla que existe”.