La desocupación juvenil alcanza el 4,27%, por encima del desempleo general. En medio de la crisis económica y la falta de oportunidades, muchos jóvenes combinan estudio y ven en la migración una alternativa para buscar mayor estabilidad y un mejor futuro, expertos recomiendan reformas laborales
Por Ernesto Estremadoiro Flores

Fuente: El Deber
Kerry se pone nerviosa cuando se le acerca el micrófono, pero después de aceptar hablar deja una reflexión dura y sorprendentemente madura para sus 19 años: “La economía está mal, no hay oportunidades de trabajo para los jóvenes”, dice con claridad. Luego remata con otra realidad que golpea a su generación: “Y si hay trabajo, se paga muy poco”. Mientras se acomoda la mochila para ir “de volada” a rendir un examen, mira el panorama del país con pesimismo. “La verdad, no le veo mucho futuro. Pienso viajar”, confiesa.
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Ahí, en el campus de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno (UAGRM), Jasef Terrazas comparte una percepción similar. A sus 21 años trabaja y estudia. “Hay oportunidades, lo malo es que no pagan lo justo por lo que uno trabaja”, asegura. Se está formando en Actividad Física y debe coordinar sus clases con su empleo como entrenador personal. Compatibilizar ambas responsabilidades no es sencillo: todo debe encajar entre ‘puentes’ y horas libres. “A veces tengo que salir corriendo de mi clase hacia mi trabajo”, cuenta.
Al igual, que Kerry, Jasef piensa salir del país, pero planea volver, aunque la posibilidad de quedarse y hacer vida en otro lugar no está descartada. “Es una posibilidad muy fuerte”, dice.
Añade que “la situación es crítica”, aunque todavía guarda cierta esperanza de que un plan económico pueda cambiar el panorama en Bolivia.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), analizados por el Centro de Estudios Populi, la tasa de desocupación juvenil se mantiene por encima de la tasa de desempleo general en Bolivia.
En 2016, el desempleo entre jóvenes de 15 a 24 años alcanzaba el 6,81%, casi el doble del 3,50% registrado en la población de 15 años o más. Aunque para 2024 ambos indicadores mostraron una reducción, la brecha persiste: la desocupación juvenil se situó en 4,27%, frente al 2,73% de la población general.
Bajos ingresos
Antoine habla rápido pero claro. De 18 años, cursa su segundo año en la carrera de Ingeniería Comercial. Alto y tez morena sus manos están marcadas por el trabajo de albañil. Entre mezcla, cemento y jornadas pesadas, el joven intenta sostener una rutina que combina esfuerzo físico con estudios universitarios. “Trabajo de todo, de lo que haya”, dice.
También debe ayudar a sus padres y buscar cualquier ingreso que le permita pagar fotocopias, libros y continuar estudiando. “Nada es gratis en la vida”, afirma.
Si bien la albañilería apaga el hambre y cubre parte de sus gastos, no tiene un empleo fijo ni horarios estables. Hace lo que aparezca. “Trabajo es trabajo”, repite. Y luego resume su filosofía de vida en una frase: “La única vergüenza debería ser robar”. Pero lamenta que la paga no sea buena desde hace mucho tiempo.
Se gana poco
Para Richard de 24 años, el problema no es únicamente conseguir trabajo, sino cuánto se gana cuando finalmente aparece una oportunidad. Mientras cursa Ingeniería Química y combina el estudio con algunos trabajos, observa cómo muchos jóvenes deben conformarse con salarios que apenas alcanzan para cubrir lo básico. “Para alguien que todavía vive con sus padres puede alcanzar”, dice, aunque inmediatamente marca el límite de esa realidad: “Para alguien independizado, alcanza con las justas”.
Kevin, de 22 años, aún no termina sus estudios, pero ya piensa en irse del país. La idea aparece varias veces durante la conversación, casi como una conclusión inevitable frente al panorama económico que vive Bolivia.
Estudia un área Redes y Telecomunicaciones, reconoce que su carrera puede ofrecer oportunidades, aunque siente que fuera de Bolivia tendría más opciones de crecer a nivel profesional.
“Viéndolo bien, quiero irme a otro país”, dice con sinceridad. No lo menciona como una aventura impulsada por su juventud, sino como una alternativa seria y concreta para encontrar estabilidad y mejores oportunidades laborales. Cuando le preguntan si realmente ha pensado emigrar, responde sin vueltas: “Si se da la oportunidad, me voy”.
Análisis
Para Mario Tomianovic, economista del Centro de Estudios Populi, los datos y testimonios reflejan una brecha entre desempleo juvenil y el resto de la población económicamente activa.
“Existe una diferencia de aproximadamente dos puntos porcentuales respecto al resto de la economía”, explica.
Para el analista, esto demuestra que los jóvenes enfrentan mayores dificultades para encontrar empleos sostenibles y con ingresos suficientes para subsistir.
El problema no solamente pasa por conseguir trabajo, sino también por cuánto se gana.
Según los datos analizados por Populi, alrededor del 70% de los jóvenes percibe ingresos inferiores a los Bs 2.500 mensuales, una cifra que incluso se encuentra por debajo del salario mínimo nacional. “Estamos hablando de ingresos muy bajos para una población que además enfrenta condiciones laborales bastante precarias”, sostiene.
Tomianovic atribuye esta situación a varios factores estructurales, aunque apunta principalmente al alto costo de la formalidad en Bolivia. “El costo de contratar formalmente es muy elevado y eso termina afectando sobre todo a los jóvenes que no tienen experiencia laboral”,dice.
Frente a ese escenario el economista considera que migrar termina siendo, para muchos, la alternativa menos riesgosa. “El mismo trabajo que una persona hace en Bolivia es remunerado hasta cinco veces más en otro país”, señala.
En cambio, emprender dentro del país implica enfrentarse a las mismas dificultades regulatorias y económicas. “Emprender supone arriesgar capital en un entorno donde también existe una alta probabilidad de fracaso”, explica.
René Salomón, director de la Fundación Trabajo Empresa, considera que el país tiene un desafío estructural: generar más empresas y preparar mejor a las nuevas generaciones para el mercado laboral.
“Bolivia es un país que todavía requiere construir muchas variables del empleo”, señala.
Para Salomón, uno de los principales retos está en formar jóvenes con capacidades laborales integrales. No solo conocimientos técnicos, sino también habilidades blandas, principios y valores que hoy son altamente demandados por el sector empresarial.
“A veces una empresa no requiere únicamente el conocimiento técnico, sino personas con disciplina, compromiso y capacidad de adaptarse”, explica.
En ese proceso, dice, intervienen universidades, institutos y organizaciones que trabajan en la formación de perfiles laborales.
Advierte que la formación por sí sola no es suficiente. También se necesita un ecosistema empresarial capaz de absorber a esos jóvenes y apostar por su talento.
Salomón cree que gran parte de la generación de empleo en Bolivia no pasa necesariamente por las grandes compañías, sino por las pequeñas y medianas empresas “que generan mayor empleo”.
En aulas, trabajos temporales y jornadas agotadoras, jóvenes como Kerry, Jasef, Antoine, Richard y Kevin comparten una misma preocupación: estudiar no garantiza buenos ingresos. Mientras algunos combinan clases con empleos precarios para pagar fotocopias o ayudar a sus familias, otros ya piensan en migrar ante la falta de oportunidades y los bajos salarios, sienten que el futuro fuera del país es más prometedor.
Las agencias de empleo
Vicky espera desde temprano afuera de una agencia de empleo. Tiene 20 años y lleva cerca de un mes buscando trabajo, sin encontrar una oferta que realmente le convenza. El problema, dice, no es solo la falta de oportunidades, sino también los salarios que ofrecen muchas empresas. “Están pagando dos mil, dos mil quinientos”, comenta. Luego resume lo que siente gran parte de los jóvenes que llegan hasta esos lugares: “No alcanza”.
Busca empleo por día o mensual, pero con una paga que le permita cubrir sus gastos. Sin embargo, asegura que las ofertas con mejores ingresos son cada vez más difíciles de encontrar.
A pocos metros está Nélida, de 18 años, quien coincide con el mismo diagnóstico. También recorre agencias y busca cualquier oportunidad laboral, aunque percibe que el mercado está prácticamente paralizado.
Para ella, incluso el salario mínimo de Bs 3.300 quedó lejos de lo que realmente están ofreciendo algunas empresas. “Ahora están pagando dos mil quinientos, dos mil cuatrocientos, así nomás”, explica.
Fuente: El Deber
